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Guatemala.- Desde el alba hasta el ocaso de este viernes, día de Todos los Santos Difuntos en Guatemala, los habitantes del pueblo de San Antonio Palopó, en el occidente del país y a la orilla del lago de Atitlán, visitan el cementerio local para colocar velas y ofrendas en las tumbas de sus seres queridos.
Es una de las múltiples celebraciones en honor a los que ya no están en el país centroamericano y una de las más coloridas: el manto de agua, los volcanes Tolimán y Atitlán detrás, el cementerio que termina cuando comienza el lago, todo coloreado por la luz de las velas y la tradición de la población y turistas.
Como en otras localidades del país, la población de Santa Catarina Palopó (a unos 106 kilómetros de la capital), en su mayoría indígenas kaqchikeles, mantienen la tradición de entregar ofrendas en el cementerio, en donde limpian las tumbas, colocan flores y hojas de pino en el suelo.
Los ancianos y abuelos de la comunidad llegan con inciensos que balancean mientras rezan para pedir por las almas de seres queridos e inundan con el humo purificador las tumbas que antes fueron pintadas de azul, amarillo y morado, entre otros.
También hay músicos, en especial mariachis, quienes cantan las melodías favoritas de los seres queridos que ya partieron.
María, una mujer de 50 años mercader en San Antonio Palopó, visita la tumba de su hermano todos los años. Pinta la cruz de madera sembrada en el suelo y coloca pétalos de “flor de muerto” alrededor, pues “uno nunca se debe olvidar de los que quiso en vida; hay que venir a darle su ofrenda y rezar a Dios por él”.
El día se trata de celebrar, así que muchos beben cerveza o aguardiente para pasar la tarde dejando caer pequeños chorros de aguardiente en la tierra si el fallecido tenía predilección por ese tipo de alcohol. Al caer el atardecer, las velas colocadas en los nichos intensifican los colores de las tumbas mientras oscurece. Es la hora más concurrida del día, justo cuando los rayos del sol pintan el lago de chispas naranjas.








