Ana María

Último miércoles de enero de 2019. Siglo XXI. Casi dos décadas de un siglo que algunos pensábamos que existiría en un futuro de ciencia ficción. Para muchos más, aquellos de generaciones más recientes, menos ochenteras, 2019 se concebía como una época en donde muchos alcanzarían la madurez a la par que criaban hijos adolescentes que pronto bautizarían como milenials o alguna otra categoría de humanos.
Hace un miércoles no entregaba esta columna por causas de fuerza mayor. Perdía a una gran amiga y compañera. Su nombre fue Ana María y por cariño, y no obstante su estatura que rebasaba la media, la llamaban Anita. A ella le gustaba la fuerza de su nombre compuesto que desdoblaba en juegos de palabras para hacer mofa de sí misma.
Su sentido del humor y la agilidad de su mente la distinguían por el contraste con la seriedad y firmeza con que encaraba los problemas diarios de su rutina personal y laboral.
Fuimos compañeras de posgrado, coincidimos en la docencia y en otros proyectos permitiendose así que nos reconocieramos en nuestras coincidencias y disfrutaramos nuestras diferencias.
Las amigas se escogen, hemos escuchado decir una y otra vez y ésta no fue una excepción. Su talento, el orden, la disciplina además de la seriedad para las responsabilidades, ya fuera en el aula o dentro de la oficina, fueron los rasgos por los que los demás la respetaban y la admiraban. Su risa siempre era como una mùsica de fondo en todo este escenario tan serio y formal.
La ví dejar el alma en su familia, en sus hijos y sus amigos. El sonido de su voz era sinónimo de presencia, confianza y apoyo y su voz reflejaba y trasmitía confianza, consejo y acompañamiento. El cuidado y el detalle por los asuntos a su cargo nunca tuvo retraso ni una respuesta ambigua.
Ana María impactó con su depedida que nadie pudo imaginar. Provocó que decenas se volcaran en el hospital y más tarde en sus funerales. El cariño de todos ahí se constantaba en los rostros tristes con que nos mirabamos y nos saludabamos durantes los días de esa semana en la que todos esperabamos un milagro.
Ana María fue mi amiga y hoy quise dedicarle esta columna como parte de mi agradecimiento a la vida por haberme llevado a encontrarla. Ante su ausencia me quedo como en un compas sordo, sin sonido, sin movimiento. La muerte nos da con la puerta en las narices. Nos deja con el plato servido, las palabras en la punta de la lengua, el saludo por la mañana inconcluso y con unos hábitos de convivencia huecos y sin resonancia.
No dejó un teléfono o una dirección electrónica a los cuales enviarle éste u otros mensajes. No dejo señas o indicaciones para poder consultarla o simplemente constatar que todo marcha bien. En mí dejó ese hueco pero también me regaló su marca.
Es este momento en donde quiero creer todo aquello sobre el cielo, el creador y el Todopoderoso que habrá de reunirnos al final de los tiempos. Ella así lo creía y por ello aunque sea por hoy, también quiero creerlo. Que al igual que el siglo XXI no es una ficción, la vida eterna par ti, tampoco lo sea.
Gracias Ana María por todo y hasta siempre.