Anciana, hechicera y guachichila

Ilusa resulta la idea de creer que existe algo parecido a la paz absoluta y a los escenarios perfectamente controlados. El primer descalabro de un gobernante consiste en hacerse de oídos dulces cuando cualquiera le dice que el pueblo completito lo ama y que por tanto, habrá únicamente pétalos de rosa y algodones de azúcar en su reinado. Mucho más en un pueblo como el nuestro, que gusta de la vida en montañas rusas  y no de dar vueltas en aburridos caballitos de carrusel. 

Imaginen ustedes: corría el año de 1599 y estamos en lo que ahora conocemos como el barrio de Tlaxcala. Hemos sido testigos desde 1548 de un larguísimo proceso de guerra que emprendieron los españoles con tal de apaciguar a esa hueste roja que eran los chichimecas. Tras cuarenta años, y ante el desgaste de ambas partes, finalmente hemos logrado una paz consensada a través de la entrega de ganado, tierras y vestido a los nativos. Esa paz, por supuesto, dista de ser sólida. Está  más bien sostenida de hilos de seda muy pero muy delgados, aunque han pasado ya diez años en aparente calma. Los españoles piensan que ganaron. Los chichimecas también.

En ese contexto llegó a vivir a Tlaxcala una mujer guachichila que rebasaba los cincuenta años, es decir, ya una anciana para su época. Ahí la mujer comenzó a hacer vida. En el barrio la comenzaron a conocer por los menjurjes que preparaba para aliviar los males de cuerpo y alma y la veían con una mezcla de admiración y temor. La anciana era reacia a adoptar las costumbres de los españoles, pero era también sabedora de que lo mejor era tratar de llevar la fiesta en paz. 

Un buen día, no se sabe por qué motivos, la mujer envió emisarios a las poblaciones de Venado, Charcas, Bocas y San Miguel de Mexquitic, para convocar indígenas a mediados de julio a Tlaxcala para matar españoles y quemar iglesias. Uno podría pensar que aquella mujer, a la que le gustaba la bebida, sería escuchada por nadie; pero la sorpresa fue que al llamado acudieron unas ciento cincuenta personas dispuestas a seguirla. Pero cuando llegaron ya era tarde. El domingo 18 de julio de 1599 la mujer había entrado a las iglesias de Tlaxcala y había tumbado santos de pedestales  y realizado toda clase de desfiguros. La apresaron y con una rapidez digna de admirarse, al día siguiente se entabló el juicio en su contra, mismo que se resolvió también ese día. 

Seis personas declararon contra ella. Atestiguaron conocerla de tiempo atrás y refirieron saber que practicaba la hechicería, tanto que uno de ellos afirmó que lo había convertido en lobo y a su hijo en venado y luego los había regresado a su forma humana. Dijeron haberla visto entrar a los templos del barrio (que eran dos) y causar destrozos sin remordimiento alguno. Cuando tocó el turno a la acusada, ésta declaró que en visiones su hija muerta y enterrada en la iglesia de Tlaxcala se le había aparecido y que ella había intentado agarrarla y volverla a este mundo, pero que no había podido, y que entonces el enojo la hizo destrozar cosas:  "porque estava ayrada y enojada por no aver podido coxer a la hija se vengo en las yglesias".  No pudo explicar cómo es que previamente se las había podido ingeniar para enviar muy terrenales emisarios a por lo menos tres poblados distintos para organizar un levantamiento que, aunque fallido debido a la poca precisión de las comunicaciones de aquél entonces, juntó a más de un centenar de personas.

No sin razón los españoles se pusieron a temblar dado que la aparente paz bien podía romperse. Con urgencia se instruyó la causa, se llamaron testigos, se le nombró defensor a la mujer y se abrió el expediente correspondiente. El documento la responsabiliza de la muerte de un indígena de nombre Agustín, además de los destrozos de las iglesias. Los testigos declararon que la anciana había matado al hombre con solo tocarlo, que habían presenciado los destrozos y para cuando ella declaró, negando ser hechicera, pero hablando de resucitar a los muertos y maldecir a quien la persiguiera, la suerte estaba echada. Por más que el abogado, Juan López de Panyagua trató de desestimar las acusaciones alegando el alcoholismo de la mujer y una especie de demencia senil, nada pudo hacerse. Gabriel Ortíz de Fuenmayor, el alcalde,  la sentenció a ser ahorcada en el camino entre los pueblos de San Luis y Tlaxcala. 

Sin embargo, la verdadera causa la dio uno de los testigos, Pedro Torres, quien era el capitán de los chichimecas en San Miguel de Mexquitic: "este testigo y los demás indios chichimecos y trascaltecos estaban quietos pacíficos y sosegados y por causa de la yndia se an alborotado e ynquietado".

La mujer fue ejecutada conforme se sentenció y de ella quedaron dos cosas: el expediente de la causa penal y la enseñanza que nos da si entendemos que una paz frágil puede ser rota por cualquiera. 

En los documentos no se menciona el nombre de la anciana: no era católica y por tanto, no tenía un nombre digno de ser escrito; lo cual resulta poético, dado que así es el caos: viene sin nombre y de quien menos puede esperarse. Incluso de una anciana, hechicera y guachichila.