Aprendizaje de la decepción
Por definición, un régimen político representativo -como el que vivimos- se opone a los regímenes autoritarios o autocráticos que carecen de vínculos de control político por parte de los gobernados. Por otro lado, la representación política se opone a la democracia directa en el que, en teoría, desaparece la distinción entre gobernantes y gobernados.
Vivimos en una república. Entre iguales no se reconoce mayor superioridad que aquella que se relaciona con el cumplimiento de una responsabilidad pública por la que se recibe una investidura. Un representante no se encuentra por encima de los representados, sino que honra la única distinción aceptada en la medida en que cumple de forma sustantiva con su encomienda. De lo que se desprende que, si un funcionario o representante no cumple con su función, no debería estar en esa posición.
[Intermezzo cultural: recomiendo ampliamente la lectura del poema “Himno de la victoria -en ciertas circunstancias-” de Juan Gelman que puede leerse en el libro Colera Buey o en cualquier parte de internet, en este nos recuerda con ironía que el estado real de las cosas dista mucho de lo que debería de ser].
Permítame insistir un poco en la idea de la representación y el control político de los gobernados. Seguramente ha escuchado -o peor aún, experimentado- esta idea de la decepción por la democracia que según algunos autores se explica por la incapacidad de los gobiernos -democráticamente electos- por entregar resultados sustantivos que se encuentren a la altura de las expectativas del electorado. Algunas manifestaciones de este desencanto se expresan, por ejemplo, en el abstencionismo o en el voto nulo. ¡Que se vayan todos! rezaba el lema de las protestas populares en la Argentina de 1998 a 2001. Hemos leído expresiones similares en nuestras boletas electorales.
Soy más cercano a una idea que leí de Daniel Inerarity hace algunos años: “la política es fundamentalmente un aprendizaje de la decepción. La democracia es un sistema político que genera decepción… especialmente cuando se hace bien. Cuando la democracia funciona bien se convierte en un régimen de desocultación, en el que se vigila, descubre, critica, desconfía, protesta e impugna”. Más adelante advierte: “Si además tenemos en cuenta que la competición política crea incentivos para que los políticos inflen las expectativas públicas, un alto grado de decepción resulta inevitable”.
Siendo autocríticos, me parece que vamos tarde en la construcción de una narrativa que permita relacionar la representación con el control político por parte de los gobernados. La ciudadanía no puede permanecer pasiva frente a su propia decepción para esperar que dentro de tres o seis años tenga la posibilidad material de elegir a un nuevo representante que bien podría generar una nueva decepción. Por eso resulta tan importante -e incómodo para funcionarios y representantes- que exista el escrutinio público: ese que exhibe las falacias y vacíos de la soberbia ególatra, ese que presta tanta atención a los nombres de quienes han recibido el voto, como a quienes sin recibir el voto sí desempeñan una función y reciben un emolumento de origen público. Como republicanos que somos, tenemos claro que ellos también deben ser sujetos del escrutinio y la sanción pública.
Así como existe una diferencia abismal entre candidato y gobernante, también la hay entre la labor de ganar elecciones y gobernar. En términos de representación política, gobernar no tiene que ver con construir expectativas y percepciones, sino con entender que la representación significa ejecutar las instrucciones que imparten los representados, actuar en favor del interés de los representados y que también implica una reproducción de la voz de la base que dicen representar.
Cuando la democracia se hace bien, el estándar de exigencia suele que ser mayor. Ya depende de cada quien la manera en que honra la estatura de sus propias expectativas.
Twitter. @marcoivanvargas



