Clima, ¿cuál clima? Aquí todo arde y a nadie le importa
Mientras en buena parte del mundo el 15 de mayo se conmemoró el Día Mundial de la Acción Global por el Clima, en San Luis Potosí —como es costumbre— pasó desapercibido. La efeméride ni siquiera provocó un suspiro institucional, menos aún alguna acción concreta. Quizá en Palacio de Gobierno sí hablaron del clima... pero para ver si podían prender el aire acondicionado o si ya se les había acabado el presupuesto para pilas del control remoto.
Aquí, la acción climática no llega ni a meme de medio pelo. Y no es exageración: estamos hablando de una de las crisis más graves de nuestra era, una emergencia global que exige conciencia, responsabilidad y liderazgo… pero lo que recibimos es silencio oficial, indiferencia burocrática y una ciudadanía apenas despertando de décadas de adormecimiento ambiental.
El Día de la Acción por el Clima tiene como propósito sensibilizar sobre el impacto de nuestras acciones cotidianas en la variación climática y promover el cambio de hábitos, tanto individuales como colectivos. Pero ¿cómo generar conciencia si el gobierno no invierte un solo peso en educación ambiental, ni siquiera en una triste infografía para redes sociales?
El problema no es solo de ignorancia: es de omisión criminal. Los datos no mienten. En los últimos 150 años, el ritmo del cambio climático se ha acelerado a niveles sin precedentes. Las emisiones de gases de efecto invernadero, derivadas del desarrollo industrial y del insaciable modelo económico basado en el extractivismo y el consumo sin freno, han deteriorado los ciclos naturales que permiten la vida en el planeta. Pero aquí, en lugar de replantear el modelo de desarrollo, seguimos aplaudiendo la construcción de más carreteras sin árboles, más urbanizaciones sin drenaje pluvial y más ocurrencias disfrazadas de progreso.
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¿Nos sorprende que ya no sepamos cuándo empieza la primavera o si algún día volveremos a tener inviernos de verdad? Hace apenas 40 años, el calendario climático era algo casi sagrado: invierno era invierno, las lluvias caían cuando debían caer y la canícula no se extendía como maldición bíblica. Hoy, esa estabilidad desapareció. Nuestros hijos crecerán en un clima errático, desordenado y potencialmente invivible.
No estamos frente a un problema del futuro. El cambio climático ya está aquí, y afecta desde el precio del jitomate hasta la salud de nuestros pulmones. La floración se adelanta, las migraciones de especies se alteran, los polinizadores llegan fuera de tiempo y la cadena alimentaria se trastoca. Todo esto incide directamente en la seguridad alimentaria de millones. Pero, claro, en la lógica del funcionario promedio, esto “no es urgente”, porque no genera votos, ni dádivas, ni titulares fáciles.
Frente al caos climático, el desafío es doble: mitigar lo inevitable y adaptarnos a lo irreversible. Eso implica dejar de depender de combustibles fósiles, incentivar el transporte público, promover la agricultura sustentable y proteger nuestros ecosistemas. Pero también, exige reeducar la conciencia colectiva para que sepamos leer los signos del planeta y actuar con inteligencia, no con ocurrencias.
Mientras tanto, en algún rincón del Palacio de Gobierno, seguramente alguien estará preparando una “estrategia integral de desarrollo sustentable”… que no se aplicará, que no tendrá presupuesto, y que se archivará como tantas otras. Porque aquí la sustentabilidad es palabra dominguera, no política pública.
La motivación de Cambio de Ruta sigue siendo la misma: “Cambiar el presente… para reverdecer el futuro”. No nos mueve la moda ni el discurso; nos mueve la urgencia. Nos mueve la conciencia de que el tiempo se nos acaba y el gobierno no tiene prisa. Por eso insistimos. Por eso alzamos la voz.
Y la próxima vez que sienta un calor fuera de estación o que el aguacero inunde su calle, haga una pausa. Pregúntese: ¿qué estoy haciendo yo? ¿Qué está haciendo mi gobierno? ¿Y por qué seguimos actuando como si esto no fuera el incendio más grande de nuestra historia?
Delírium trémens.- Es urgente que los gobiernos respeten los acuerdos internacionales que ellos mismos han suscrito y ratificado —como el caso flagrante de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, cuyo gobierno viola abiertamente el Acuerdo de París de diciembre de 2015— y que pasen del discurso a la acción. Se requiere impulsar incentivos reales para el desarrollo sostenible, reducir drásticamente el uso de combustibles fósiles, invertir en tecnologías de captura de CO2, armonizar la legislación ambiental y emprender campañas de reforestación y educación ambiental que, lejos de ser simbólicas, realmente transformen la conciencia colectiva.
@luisglozano



