Coludos y rabones
El cambio es en las formas pero no en el fondo; del cortesanismo palaciego (aunque iracundo, de Juan Manuel Carreras), se pasa a la patanería autoritaria; del pillaje gubernamental de cuello blanco, elegante, matizado, llegamos (al perder la doctora Rangel la patente de exclusividad) al descaro total del apropiamiento de los recursos públicos. El rito de la forma se acorrienta, adaptándose al anémico, arbitrario, y violento lenguaje del gobernante en turno.
Entre antaño y ogaño el retroceso es más evidente que la evolución; hay costumbres que cobran mayor vigencia, entre ellas las porras, los acarreos, los ensordecedores reconocimientos ditirámbicos que hoy constituyen una obsesiva necesidad para la clase gobernante. Mi madre fue burócrata federal, año con año –desde los cinco– junto con mi hermano la acompañamos a cuanta manifestación cívica y laboral estuviera obligada a asistir; “si no voy me descuentan el día” decía, y pues ni modo que las colegiaturas se pagaran solas y la despensa se llenara por obra y gracia de algún ente celestial. Transité entre escuelas pública y privada y, salvo el Juramento a la Bandera que se realizaba en la plaza Los Fundadores, no recuerdo algún otro evento al que se me hubiera obligado a asistir; no obstante, mi madre si lo era (su lustrosa jefatura de departamento sirvió para dos cosas). Pese a las insolaciones me volví asiduo asistente (obligado) de desfiles, en atento escucha de discursos cívicos, en conocedor del acto, en observador del rito; me gustaba.
Supuse hasta hace unos días que estos acarreos eran cosa del pasado, pero un imperativo y desencajado audio me demostró que no es así. La recientemente instaurada en la ciudad festividad de Xantolo requirió asistentes obligados, entre ellos los estudiantes de la Benemérita y centenaria escuela Normal del Estado, quienes mediante un mensaje de voz eran amenazados por la profesora Gladys Priscila Gallegos Reyna, “y ya saben: el que no se presente, pues mejor ya vaya pensando en venir a sacar sus papeles; ¿estamos?” Se me explica –como pretendiendo justificar a la Robespierre magisterial– en la mentalidad del profesorado actual, que en un futuro ese tipo de méritos sumarán puntos a los egresados cuando busquen una plaza docente, que es un compromiso de la institución con el gobernador Gallardo para enviar estudiantes a la festividad mortuoria importada. ¿Sabrá el doctor Francisco Hernández Ortiz director de la Normal, de la amenaza sobre sus alumnos o será participe del terrorismo psicológico? La maravilla de decidir sobre los otros, de criar borregos y no pedagogos críticos.
Es que la festividad ajena a este entorno, traída por ocurrencia gubernamental, dicen generó muchas expectativas. Aunque podría ser considerada un fracaso, por su improvisación y desorden, hay quienes salieron a decir –fieles a su costumbre– que gracias a la festividad se salvó el desplome hotelero; adulaciones y loas para regocijo del mandamás, del salvador del turismo y el estado potosino. El Xantolo, por cierto, se aprecia y se valora en el entorno huasteco, fuera de él se convierte en descontextualizada mercadotecnia populista, capilla Sixtina en la plaza La Constitución, ángel de la Independencia en el río Santiago.
Nadie, por el contrario dice algo del día de muertos, que en realidad fue el que acaparó –como siempre– la mayor concurrencia; el silencio es evidente ya que el descuido sanitario que provocó la imprudencia de declararlos espacios francos, pronto pasará factura. Responsabilidad compartida entre las instancias estatal y municipal; amigos, aliados cómplices.
Aprovechando sus muy cercanos vínculos, el alcalde de la capital debería solicitarle al gobernador que, o le diera una llamada de atención a su ignorante secretaria de Cultura, o le pasara la estafeta de la organización del Festival de Música Antigua y Barroca “Los Fundadores”, al gobierno municipal, ya que la funcionaria ha expresado que desaparecerá el referido festival. Lo que es asumir un encargo con comprobada inexperiencia; maderas que nunca adhieren el barniz.
Otro ejemplo similar es el de quien hoy se desempeña como contralora interna en la Secretaría de Finanzas. La omnipresencia y ubicuidad son lo suyo al parecer, no así experiencia y capacidad; Patricia Mendoza Cuellar estuvo presente, gracias a esos valiosos dones, en todas y cada una de las entregas-recepciones que se realizaron luego del cambio de administración. Lo mismo dio fe de los actos en Aquismón, Axtla, Ciudad Valles, Ébano, El Naranjo, San Vicente Tancuayalab, Tamasopo, Tamazunchale, y Tancanhuitz, que en las delegaciones Fiscales del Estado, y en las oficinas centrales de Madero número 100. Todas las actas fueron levantadas a la misma hora el día 15 de octubre (fecha en que se vencía su término para cumplir con la obligación).
Todo un caso el de la contadora que ha destacado por su prepotencia y soberbia; patologías tan propias de quienes llegan al cargo no por capacidad sino por patrocinio, quien ha denostado a cuanto servidor entrante o saliente desfila frente a ella. Este tipo de actitudes no han pasado desapercibidas al interior de la dependencia, sobre todo por la altanería con que se conduce ante quienes le aconsejan aprender sus funciones antes que gritonear. ¿Serán el sello de esta administración?
Aunque camino recorrido en el servicio público tampoco es garantía de experiencia y lustre mental. Eloy Franklin, quien de jefe de comunicación social (y testaferro) del ayuntamiento gallardista, pasó a regidor, y ahora a diputado local, fustiga rabiosamente a la auditora superior por su indulgente actuar frente a la cuenta pública del ex alcalde Xavier Nava. Parece ser, sin embargo, olvida que fue la misma que blanqueó y maquilló las de Ricardo Gallardo Juárez, en su tránsito por la alcaldía de la capital, y de Gilberto Hernández Villafuerte en la soledense.
Por el contrario, la experiencia del diputado federal Juan Ramiro Robledo dio lugar a una distinción por parte del Tribunal de Justicia Administrativa de la Ciudad de México al nombrarlo miembro honorario del organismo. Ni dudar que por su trayectoria merece el reconocimiento (aquí no cabe pensar en autohomenajes tipo Socorrito Blanc, o en teofílicos doctorados honorarios comprados), aunque en justa atención al homenaje, es pertinente preguntarle ¿cuántos funcionarios públicos fueron sancionados por el tribunal potosino durante su presidencia?
Sentencias y sanciones negociadas en mesas de restaurantes, conveniente miopía sobre expedientes, o la protección gubernamental, permitieron que mediocres burócratas continuaran enquistados en la administración pública. Así, por ejemplo, henchidos de solvencia moral por un falso discurso de renovación en el Ayuntamiento, se encuentran enquistados algunos que dejaron convertidas en un asco las instancias estatales por las que transitaron durante la administración carrerista. Despachos fiscales contratados a contentillo, a los que jamás se les requirieron resultados; es sabido que lo eran, son y serán: ineficientes vividores del erario.
Quizá (aunque lo dudo) por ineficiente fue destituida la directora de los centro recreativos Tangamanga y otros, pero frente a las aguas agitadas (y enlamadas) que generaron su destitución, comentó el secretario general de Gobierno, el licenciado José Guadalupe Torres, que el cese de la directora no será el único, será interesante saber ¿para cuándo el del director del Archivo Histórico? o ¿para cuándo le dan una catequizada a la secretaria de Cultura?
Gracias por la lectura; abríguese bien y vacúnese contra la influenza.



