Cuando pase el temblor

Cuando mi abuelo se dio cuenta de que sus contemporáneos estaban dejando esta vida, dijo lo más sensato que se pudo decir: "-Se está muriendo gente que antes no se había muerto-".  Lo afirmaba con tono de sorna, así como felicitándose por haber burlado a la muerte. Creo que mi abuelo siempre pensó que sería eterno, y yo le creí a pie juntillas hasta que bueno, se murió como cualquiera. 

Este fin de semana me acordé de él. El domingo me llamó mi hermana para preguntarme si había sentido el temblor. Chico Ché preguntaría lo mismo: El temblor nos agarró con la familia en pleno en casa y nadie sintió nada. Entonces pensé en mi abuelo y emulándolo afirmé: "Están pasando cosas que antes no pasaban. -" Ahora, ya tiembla en San Luis.

Desde el bendito año y medio que llevamos sumergidos en un mundo pandémico, están pasando cosas extraordinarias. De esas que jamás pensamos vivir y que no estoy muy segura que hayamos querido vivir. Conozco negocios que  tronaron, parejas que no sobrevivieron, amores antiguos que que se reencontraron, aficiones que se abandonaron y hobbies que se iniciaron. Todo causado por meses de encierro y mundo parcialmente clausurado. Quizá muchas de estas cosas no se hubieran siquiera atrevido a aparecer, si no nos hubiesen encontrado dispuestos o quizá medio obligados a cambiar aquello que habíamos sido. El encierro es canijo. Newton descubrió la gravedad durante la pandemia de la peste bubónica  y yo aprendí a hacer roles de canela. 

Hace poco me encontré con una mujer a la que conozco tangencialmente. Su plática pre pandémica mucho tenía que ver con lo aburrido que era vivir en este pueblo quieto (así le decía ella), con una vida regular, lineal, normalita y sin sobresaltos. Tampoco era que yo la hubiera visto actuando en consecuencia con sus deseos y ¡qué se yo! verla gastar su quincena en aventarse desde un paracaídas. Me llamaba mucho la atención ese deseo que rayaba en queja sobre lo insulsa que era su vida, pero más me consternaba no verla hacer nada al respecto. Ahora que la encontré, me contó una serie de acontecimientos que habían vuelto su vida complicadísima, según sus propias palabras. En realidad, aquello no fue nada fuera de los avatares que gran parte de nosotros hemos tenido que enfrentar. Cambios de horario, de hábitos, de compañías. Se me ocurrió decirle que no era nada más ella, sino que una gran porción de la población había pasado por cosas similares. Ella, en tono indignado me dijo que no, que lo de ella no le pasaba a nadie. Decidí no refutarla. Sus ganas por tener una vida excepcional me frenaron y yo no soy nadie como para quitarle la ilusión. La recordé con el temblor del domingo. Me imaginé que quizá creyó que la tierra se sacudió para ella.  

En realidad, estas vidas simples que llevamos nos generan sentimientos ambivalentes. Queremos tranquilidad, pero dentro de una vida extraordinaria y aventurera. Quizá por eso el pueblo quieto se sacude. Nos ve sin intención  de decidirnos y de alguna manera, quiere empujarnos. Es eso o que simplemente la tierra se mueve, se ajusta, se acomoda. Si ella lo hace, no veo por qué nosotros no lo hagamos. Toda la tierra es campo sísmico, toda persona es susceptible de sacudidas al igual que la tierra. 

Mi abuelo tenía razón: se está muriendo gente que antes no se había muerto y están pasando cosas que antes no pasaban. Habrá que asumir ambas cosas, porque no hay manera que alguien nos exente ni de la muerte, ni de los temblores.