Cuarenta y cinco

Nacer es un acto que queda completamente fuera del alcance de su protagonista. Una combinación de factores puramente biológicos, hace que tras cuarenta semanas, la naturaleza presente un producto nuevo, con inevitable fecha de caducidad. El final, en la mayoría de los casos, tampoco queda bajo el alcance del interesado.

Lo que ocurra entre principio y fin, puede resumirse como la búsqueda incansable del control con el que no nacimos. "-Voluntarioso salió el niño-", dicen los adultos cuando  un bebé repatea para no ponerse la pijama e irse a dormir. A partir de ahí, vendrán luchas mayores y menores para asirnos de espacios en donde tengamos la ilusión de ser amos y señores indiscutibles de pequeños universos.

Quizá sea entonces donde comencemos a experimentar el instinto primitivo del explorador, aquél que hacía que los primeros homo sapiens recorrieran un lugar, para luego querer ir a otro; sí, buscando allegarse de agua y comida, pero también pretendiendo saciar ese hueco que forma la naturaleza insatisfecha del humano. Somos seres anhelantes.

El espíritu del explorador no siempre es bienvenido. Hay quienes encuentran en el metro cuadrado donde nacieron, todo lo que necesitan. Y eso, está bien. Dichosos ellos, siempre y cuando experimenten la extraña calma que se tiene cuando se está seguro de estar donde uno debe, y no la parálisis que causa vivir anclado por el miedo a ventilar  la casa y que entre el aire o  abril las puertas y salir hacia donde nunca se ha ido. 

En contraste, los anhelantes rompen rejas y hacen caminos donde no había. Son disruptivos, estruendosos. Pueden ser molestos, y eso  también está bien. La narrativa ha endilgado buenas dosis de romanticismo a los inconformes que no necesariamente es veraz. Los espíritus libres también sufren la desesperanza de no poder estarse quietos. Porque detrás de las aventuras, la comida exótica y los paisajes de película;  detrás de las multitudes y de los encuentros casuales que vive el espíritu del nómada, no hay nada, mas que uno mismo. 

Al final, es eso: uno acaba con uno mismo. Este intermezzo que vivimos entre inicio y caducidad definitiva, tiene una única compañía asegurada. Afortunadamente las soledades de otros nos han traído remedios fantásticos para nuestras propias incertidumbres. Ahí están los libros, el café, el whisky, los mangos con chile,  las caminatas, los bosques, las orquídeas, el mar, las pláticas inteligentes, algunas bobas, la risa, e incluso, la paz de la propia soledad, esa que sirva para sostener  monólogos ad nauseam en silencio y sonreír satisfechos al final. 

Hoy que escribo cumplo 45 años. He, como siempre, leído a El Otro, de Borges, en este ritual de búsqueda de certezas que conservo desde hace años. Me he mantenido todo el día en nutrido diálogo con las que fui y con las que soy. Creo que también se presentaron las que seré.  A diferencia de otros años, he tenido hoy la paz para entender que he hecho de mi vida, lo que he querido. Me resta, quizá como capricho personal, contemplar alguna vez la aurora boreal. El resto, ha sido el navegar continuo entre mi tranquilidad solitaria y la inquietante búsqueda a que lleva el espíritu de la exploradora. Ha sido una buena vida. Usted, lectora, lector querido, ha estado presente los últimos trece años. Y por eso, le envío 45 dosis de gratitud.