De pollos y huachicol

Hace algunos ayeres, en mi sexto artículo de esta temporada en Pulso publicado el tres de diciembre de 2016, daba una primera referencia a una “rivalidad” que se esforzaban en dejar acreditada dos ínclitos personajes, el exedil soledense –hoy capitalino– Ricardo Gallardo Juárez, y el diputado local priista por el cuarto distrito local con cabecera en Salinas, José Luis Romero Calzada.
En dicha colaboración periodística apunté que ambos personajes tienen mucho en común, señaladamente sus súbitas y enormes fortunas, y el sospechosismo en torno del origen de las mismas.
A los dos personajes les han apuntado con índice de fuego; el imaginario colectivo les endilga ser agentes de los malos, incluso sus personeros, y todo indica que no se equivoca.
Ambos son tan estrambóticos que si no nacen seguro los hubiese inventado la Warner Brothers; aunque de caracteres disímbolos, porque uno de ellos a las claras es taciturno, como personaje de Mario Puzo, grave hasta la afectación, de peinado y bigotillo al estilo de Jesús Malverde, taimado como pocos, amoroso de sí mismo, gusta hacerse llamar “Don Ricardo”, así, tal cual un personaje de novela negra; el otro es disparatado, circense, dramático, a cualquier observador que no le conozca le deja la certeza de que ha salido sin haberse tomado su medicación, aún andando sereno.
Ambos son caricaturescos, y como no podía ser de otro modo se han embarcado en un complejo esfuerzo de competir entre ellos, cada cual desde la lógica de sus propios personajes, pero como Usted puede imaginar, dado que son empleados públicos, todos sus actos tienen una implicación pública, vaya que si no lo fueran, serían una pareja divertida, como la del filme estadounidense de 1994, “Dumb and Dumber” que seguro recordará más por su título en nuestro país “Una pareja de idiotas”.
El punto central es que su reyerta ha ascendido hasta afectar los asuntos públicos y el desarrollo de la aún no comenzada campaña electoral, porque en forma irresponsable han pasado de las meras menciones hilarantes, hasta denunciarse mutuamente ante las autoridades penales, amén de dedicarse grandes espacios en los medios de comunicación en los que cada uno tiene mayor o menor influencia.
Escribí en 2016 que ese tipo de entes eran parodias humanas, resultado del grave deterioro de la política y de la vida pública, vaya, que no son casualidad, sino que son auténticos brotes de nuestras peores taras sociales, reflejo necesario de nuestras limitaciones políticas, y producto indispensable del vacío de poder tras la ausencia de un gobernador con responsabilidad de Estado, o al menos vergüenza.
Como si fuesen tiburón y rémora, o árbol y enredadera, uno persigue al otro, le hostiga y le defenestra, para posteriormente ser seguido, hostigado y defenestrado, en una danza grotesca, impropia de gente de bien, más como actuación de comedia de mala calidad, que de una batida genuina.
Ellos dos, el copropietario de eso que llaman “gallardía” y que ni Dios sabe qué sea, y el tránsfuga del psiquiátrico, actúan una mascarada pero no por puro gusto, sino con el perverso y entendido plan común de banalizar la vida pública, tornarla bufonada, pantomima, para hartar a la sociedad, y en particular a los electores.
Pero eso que protagonizan el atildado empresario pollero y el irracional criador de avestruces no es parte del debate público, se trata de una deformación de los verdaderos problemas de San Luis para trivializarlos, hacer que las personas odien a los actores cómicos que salen a escena, y se olviden de la médula de la trama, es decir de los asuntos públicos.
Son una versión tropicalizada, rudimentaria, naca, del circo romano creado por los estadistas del inicio de nuestra era, ideada para mantener taponadas las justas reclamaciones de una sociedad llena de ira por los excesos de los políticos de todos los signos, sobre todo, del signo al que pertenecen ese par de saltimbanquis.
Ellos, el Sumo Pontífice de la Plaga Pajiza –dudosa dignidad que comparte con su primogénito homónimo– y el chalado transportista de hidrocarburos –sin que podamos poner en tela de juicio la legal procedencia del carburante– pretenden hacer risibles, y por ello inatendibles, asuntos tan graves como la gigantesca corrupción en que están sumidos el Congreso del Estado y el Ayuntamiento de San Luis Potosí; ellos quieren, par de tunantes, que Usted, yo, todos, pensemos que en San Luis estamos al borde de un colapso por exceso de risa, y no por falta de transparencia, honradez, capacidad y decencia.
No pelean el par de bribones, sino que danzan al compás de una inaudible melodía surgida de sus raterías; están de acuerdo en lucir como adversarios sólo para centrar la discusión en los múltiples insultos y denuncias que se propinan uno al otro, cuando lo que verdaderamente importa es el futuro inmediato y de largo plazo de nuestra capital, un futuro donde la paz sea posible.
El duelo de marchas y congregaciones de los que hemos tenido noticia esta semana que termina, son una puesta en escena, la vulgar expresión de un par de rústicos perdidos en el medio de la gran ciudad.
¿Qué quieren ocultar tras esa falsa confrontación? Al responder deje Usted de lado los genuinos procesos penales que enfrentan cada uno de ambos zafios, tampoco haga caso, ni piense, en que sólo se trata de cheques girados a una desaparecida proveedora de medicinas, o que se trata de partidos políticos corruptos y de sus políticos impresentables sindicados en la ecuación corrupta.
Esos dantescos y bochornosos espectáculos no los imaginaron ellos solitos, sino sus dueños, los amos a los que verdaderamente sirven, y que sin lugar a dudas son los malos, los que tienen asolada y bañada en sangre a nuestra comunidad, y enlutados a miles de hogares.
Es un espectáculo para distraer del grave peligro que corremos en manos de resentidos sociales, inválidos morales, capaces de destruir a nuestra comunidad para hacerse de unos cuantos centavos –y no tan pocos, sino más bien muchos– de modo fácil, mendigando reconocimiento y aplauso, entregándonos como corderos a los malos.
Debemos iniciar por identificar a esos farsantes, catalogarlos, y enseguida, de modo inequívoco, a marginarlos, porque las grandes soluciones para San Luis pasan necesariamente por echarlos de nuestro entorno; con ellos en los espacios del poder público la nuestra no será una sociedad respetable, si acaso una tramoya vulgar.

Ingenuidades
¿Qué espera Mariano Niño para dejar el cargo?, quizás el muy cínico aguarda a que el número de denuncias sea mayor, o ¿acaso piensa que podrá pasar desapercibido en medio de tantos corruptos y desvergonzados? El Partido Acción Nacional, sumido en medio de su peor crisis de identidad desde que fue fundado, debe pasar de pedir que se investigue a su diputado, debe denunciarlo, sólo así se deslinda, que luego no digan que nadie les avisó.

leonelserrato@gmail.com