De salones y motivos
Los alumnos nunca me han dado miedo. Desde hace ya un montón de años que comencé en esto de la docencia, pararme frente a un grupo me causa, principalmente, un gozo inmenso. Lo disfruto muchísimo y me divierte aún más. Le he tenido a las aulas un respeto reverencial que en ningún modo está peleado con las carcajadas que me he aventado en clase. Ha sido uno de los pocos espacios donde me siento completamente libre.
Sin embargo, hace dos años, algo cambió. No me di cuenta de primera instancia. Empezaba la pandemia y de inmediato había que tomar medidas para que el semestre fuese salvado. Nos citaron a una reunión virtual a través de una plataforma que en la vida había escuchado, pero que se convertiría en el pan de todos los días para poder dar clase. Ahí comenzaron las explicaciones sobre la manera en que trabajaríamos, cómo nos enlazaríamos con el estudiantado y se ofrecieron capacitaciones sobre el manejo de la plataforma, que resultó ser bastante simple.
Yo creí que odiaría dar clases de esa manera: viendo puras pantallitas y sufriendo por tener una buena conexión a internet. Fuera de eso, nada: que vinera el reto. La cosa pasó poco después, cuando en chats y comentando con otros amigos y amigas profes, comenzamos a darnos cuenta que varios maestros de plano habían desertado antes de iniciar. Se trataba un tanto de la tecnología que sería ahora reina para dar clase; pero un antiguo maestro lo puso más claro: ahora los alumnos podrían grabarnos, y él ya se había metido en problemas por decir cosas que actualmente sonaban como políticamente incorrectas. Conozco al tipo. Era, en esencia, una persona decente, sabedor de la materia que impartía, profesional. Su pecado era haber nacido en una época naturalmente machista; sin conceptos y actitudes que ahora considerábamos correctos. Prefirió irse.
Las clases en línea comenzaron y me di cuenta que ahora había un nuevo elemento en mi clase: una incipiente autocensura. No era que nadie me estuviera diciendo que decir o que no decir, pero ahí estaba yo, buscando omitir incorrecciones políticas, disculpándome en silencio por haber nacido a mediados de los setentas y haber sido educada en escuelas religiosas y privadas, cosas de las cuales no tuve control alguno. Entonces me di cuenta de que si seguía así, acabaría muda. Temerosa de dar clases, esperando justificar lo injustificable.
Los siguientes dos años no odié dar clase. Encontré fascinante esa forzosa intimidad a que nos había obligado la pandemia: ahora daba clases desde la sala de mi casa y veía las cocinas, los comedores y las recámaras de mis alumnos. Poco a poco me sacudí ese miedo a ser políticamente incorrecta y que me grabaran. Afortunadamente me recordé a mi misma que ya estoy grandecita como para sostener lo que digo y disculparme si la riego. Sopesé, eso sí, cada palabra que pensaba, antes de sacarla al universo. Esos semestres di Lexicología y Argumentación ¡Imagínense! No me permití entrar en el mutismo, ni mucho menos dejar las palabras limpiecitas, sin haber pasado el fuego de los argumentos. Inservible hubiera sido la materia, inservible hubiera sido yo como maestra.
Ahora he vuelto a mi salón de la facultad, frente a alumnos de carne y hueso, sin pixeles de por medio. Volver a mi escritorio universitario me dio la certeza de saber que habría futuro para ser alumno, futuro para ser maestra. Pensé en todos los colegas que no sobrevivieron a la pandemia y les extrañé. Ocasionalmente yo misma tuve maestros que no toleraba por ignorantes, intransigentes, incumplidos o misóginos. Les debo haberme forjado carácter para aguantar lo que en el futuro fueron momento laborales difíciles. No he llegado al masoquista grado de agradecerles, pero ciertamente supe sacar provecho a sus inseguridades y me ayudaron a lidiar con un mundo que no es ideal, ni correcto, ni le importan las sensibilidades de los demás.
Sigo sintiendo al subir a la tarima del salón la misma ráfaga de hace tres lustros. Me sigue conmoviendo dar clase en la que fue mi primer aula como alumna en la facultad. Sigo viendo en las caras de chavos y chavas la ingenuidad que una vez fue mía y el potencial escondido de mucho de ellos. He decidido hablar de todo, incluso de lo incorrecto, para ver si juntos podemos madurar. Ya no espero cambiar el país a generaciones. Acabo el semestre yendo a clase por dos o tres, y se siente bien. Ahora sí soy libre.



