¿Debemos dar las gracias?
Una publicación en la red social Facebook dio paso a una serie de reacciones que incluyeron su referencia en medios de comunicación formales electrónicos e impresos; una persona manifestó su pesadumbre ya que alguien, otrora su amigo, había desviado, en su parecer, un camino ideológico y de congruencia a cambio de muy poco, contribuyendo con todo su empeño a la devastación nacional.
Como era de esperarse, el aludido se dio a la tarea a contestar mediante una carta que a su vez publica en el mismo espacio virtual.
No es una carta cualquiera. Va dirigida al autor de la mención primera así como a los “demás potosinos”.
Como yo soy potosino me sentí incluido e ese “demás” y me di a la tarea de leer la epístola. Sinceramente no puedo menos que sentirme culpable por no haber comprendido antes que la patria no sería la misma sin el autor de la epístola, hacedor de instituciones; benefactor de los oprimidos y azote de los neoliberales; que nuestra civilización estaría perdida y nuestro futuro agotado si no fuera por sus gracias y atributos.
Cuando el verdadero interés está en mantenerse relevante en el escenario político, donde la justicia y la moralidad son tan flexibles como la lealtad ya demostrada, la historia, su historia, se escribe sola.
De atender el contenido de la misiva, cabría la pregunta: si acaso se contribuyó a crear instituciones señeras y dignas de mención ¿qué le pasó? ¿ahora hay que destruirlas nada más porque sí? ¿un mea culpa?
No pienso dedicar más tiempo a este asunto, puesto que como parte de los “demás potosinos”, solo me toca de refilón la llamada de atención sobre nuestra ingratitud al no reconocer a las glorias patrias a quienes tanto (dicen ellos) les debemos.
Y así pienso seguir, sin dar las gracias a quienes se asumen como la cúspide del orgullo nacional, por acabar con México y su Estado de Derecho, puesto que, aunque en el pasado se hiciera el bien, el presente habla a gritos y acalla el recuerdo de épocas idas.
En cambio a quien sí doy las gracias es a cuatro personas que en la sesión de pasado viernes veintitrés de agosto del Consejo General del Instituto Nacional Electoral dieron una lectura de avanzada, clara y, sobre todo, estrictamente apegada a la letra del artículo cincuenta y cuatro constitucional para negar la sobrerrepresentación a la fuerza política de los héroes dolidos.
En la sesión los argumentos para favorecer al oficialismo fueron esencialmente que ya antes se habían emitido votaciones en determinado sentido y que ahora cambiarlas no era posible., Es decir, nada de argumentos de estos conservadores.
Por el contrario, se presentó una propuesta alterna de interpretación al texto de la Constitución y la mayoría la desdeñó señalando que ahora sería innovar y no se respetaría el pasado, ese mismo pasado por el que nos piden rendir veneración.
No recuerdo quien, en algún momento de la maratónica deliberación, dijo algo así como que, ¿y si antes habíamos votado de manera equivocada, no podemos rectificar?
Los conservadores dijeron que no, que no hay lugar para la reflexión ni para salvar a la democracia; que no hay espacio para pensar diferente. Por tener visión de Estado, por demostrar amor a México y, sobre todo, por plantar cara a quienes se anclan al ayer y se someten a su inexorable designio, gracias a Claudia Zavala, Dania Ravel, Jaime Rivera y a mi estimado Martín Faz Mora que a la mesa de debate llevaron la muestra de lo que debe ser un Consejero Electoral.
Gracias también a los trabajadores, oficiales judiciales, actuarios, secretarios, jueces y magistrados del Poder Judicial de la Federación, que están escribiendo su propia historia y a la vez la de todos nosotros.
Acompañamos la marcha dominical en contra de la reforma judicial y escuchamos voces fuertes y claras, valientes y decididas; tuvimos el privilegio de caminar rodeados de personas excelentes, que no se dejarán vencer.
A mi admirado y estimado amigo Daniel Pedroza, mi amistad y mi respeto.
@jchessal
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