Del pasado clásico
En el siglo VII antes de nuestra Era Solón, gobernante de Atenas, la más famosa de las ciudades-estado de la Grecia clásica, escribió un poema, llamado Eunomía, palabra que significa “buen gobierno” o “buenas leyes”. De su lectura se desprenden profundas reflexiones, ya que está redactado de tal maneras que pareciera que apenas viera la luz hoy en día.
Voy a compartir unos cuantos fragmentos del texto de Solón con algún breve comentario, quedando en el lector la tarea de profundizar en los alcances de su enseñanza.
“No va a perecer jamás nuestra ciudad por designio / de Zeus ni a instancias de los dioses felices. / Tan magnífica es Palas Atenea nuestra protectora, / hija del más fuerte, que extiende sus manos sobre ella. / Pero sus propios ciudadanos, con actos de locura, / quieren destruir esta gran ciudad por buscar sus provechos, / y la injusta codicia de los jefes del pueblo, a los que aguardan / numerosos dolores que sufrir por sus grandes abusos”.
No hay destino divino ni calamidad externa que pueda destruir más un Estado que sus propios ciudadanos, cuando pierden el camino de la razón y del sentido comunitario que debe imperar en un grupo humano con consonancia de fines. Los habitantes y sus gobernantes privilegian lo propio por encima del conjunto y, de esa forma, se cometen los peores actos que se pueden dar en sociedad.
“Porque no saben dominar el hartazgo ni orden poner / a sus actuales triunfos en una fiesta en paz. / Se hacen ricos cediendo a manejos injustos. / Ni de los tesoros sagrados ni de los bienes públicos / se abstienen en sus hurtos, cada uno por un lado al pillaje, / ni siquiera respetan los augustos cimientos de Díke, / quien, silenciosa, conoce lo presente y el pasado, / y al cabo del tiempo en cualquier forma viene a vengarse”.
El pueblo se harta de los desvíos del Poder, quedando los políticos a la zaga en la conducción del pueblo, pues recurren a defraudar el mandato que les fue concedido, metiendo mano en las arcas públicas. Ni siquiera se respeta a la Justicia (Díke), la cual siempre podrá sortear los obstáculos y disimulos, para aplicar su dureza. Aunque a veces es tal su lentitud, que deja de ser justicia.
“Entonces alcanza a toda la ciudad esa herida inevitable, / y pronto la arrastra a una pésima esclavitud, / que despierta la lucha civil y la guerra dormida, / lo que arruina de muchos la amable virtud. / Porque no tarda en agostarse una espléndida ciudad / formada de enemigos, en bandas que sólo los malos aprecian. / Mientras esos males van rodando en el pueblo, hay muchos / de los pobres que emigran a tierra extranjera, / vendidos y encadenados con crueles argollas y lazos / Así la pública desgracia invade el hogar de cada uno, / y las puertas del atrio no logran entonces frenarla, / sino que salta el muro del patio y encuentra siempre / incluso a quien se esconde huyendo en el cuarto más remoto”.
Las divisiones sociales, las enemistades fraternas que surgen de la corrupción provocan injusticias, migración, desplazamientos, verdaderas huidas y escapes no solo en sentido literal, sino también de ciudadanos que se aíslan de lo público, mediante mecanismos de evasión en los que se arropan para no prestar atención a los problemas que, finalmente, hacen víctima de todo y de todos.
Por eso, cierro esta columna citando la última parte de Eunomía, sin agregar nada más que las palabras de Solón y su consejo:
“Mi corazón me impulsa a enseñarles a los atenienses esto: / que muchísimas desdichas procura a la ciudad el mal gobierno, / y que el bueno lo deja todo en buen orden y equilibrio, / y a menudo apresa a los injustos con cepos y grillos; / alisa asperezas, detiene el exceso, y borra el abuso, / y agosta los brotes de un progresivo desastre, / endereza sentencias torcidas, suaviza los actos soberbios, / y hace que cesen los ánimos de discordia civil, / y calma la ira de la funesta disputa, y con Buen Gobierno / todos los asuntos humanos son rectos y ecuánimes”.
@jchessal




