Discursos de la pobreza

Como veo que en las actuales campañas políticas no se ha discutido suficientemente el indignante problema de la desigualdad social que define económica y culturalmente nuestro país, me permito ahora ofrecer a usted, atento lector, el comentario de un libro que mucho enseña sobre el asunto y que lo hace con perspectiva histórica, aunque no acudiendo a sesudos estudios de economía o de sociología sino a la generosa representación de la pobreza en un género literario español: la novela picaresca. Se trata del magnífico estudio que hace algunos años publicó la profesora Anne J. Cruz, titulado Discourses of Poverty: Social Reform and the Picaresque in Early Modern (University of Toronto Press); un libro en el que, efectivamente, su autora estudia la huella literaria de una serie de discursos sobre la pobreza dados en el marco de los acalorados debates que al respecto se tuvieron en el Concilio de Trento, cuando al clero preocupaban grandemente la serie de enormes reformas religiosas, sociales y económicas que tuvieron lugar por esos años.
En el siglo XVI la estructura de la sociedad española sufrió un reacomodo significativo que transformó el sistema de valores en que se cimentaba la jerarquía medieval. Durante la Edad Media el cristianismo había alimentado una concepción de la pobreza en la que el pobre resultaba ser un símbolo de Cristo y, por tanto, ocasión de santidad para sí mismo y los otros. Esta doctrina operó en un sentido inmovilista, por un lado promovía la resignación de los pobres a su pobreza y por otro era un argumento útil para convencer a los ricos de donar dinero a las órdenes religiosas que se ocupaban de los pobres; ambos procedimientos colocaban al pobre y a la pobreza como elementos importantísimos del orden medieval, porque eran de muchas maneras justificación del rico y la riqueza.
Con el crecimiento de las ciudades y la emigración a ellas de los pobres del campo, se gestó un desequilibrio en la relación pobre-rico y pobre-estado que obligó al debate en las más altas esferas. Domingo de Soto, teólogo de Carlos V en el Concilio de Trento, sosteniendo la tesis tradicional (medieval) proponía la aceptación voluntaria de la pobreza, la libertad para ejercer la mendicidad y la conservación de la caridad como paliativo; frente a él Juan de Robles pugnaba por la eliminación de la pobreza mediante el trabajo asalariado, lo que no necesariamente obedecía a un fin humanista sino que la industrialización creciente requería de mano de obra barata. ¿No sorprende cómo hemos cambiado más bien poco?
Aquí la literatura puede ayudarnos a entender mejor estas calamidades históricas, no aportando una explicación general o sistemática sino hilachos de percepción, de representación, que pueden ayudarnos a reconstruir nuestro propio juicio sobre los asuntos del mundo. Y es que si el arte es imitación, como escribió Aristóteles, la novela picaresca española vendría a serlo de un modo paradigmático: una literatura ocupada en imitar a los pobres del mundo, a los desarraigados, a los marginales. Por ello es que su interpretación a la luz de la realidad imitada, como espejo de circunstancias histórico sociales, es no sólo pertinente sino también muy fértil; porque los personajes de las novelas picarescas pueden ser vistos como representación del desarrapado, del pícaro callejero que inundó las ciudades europeas en el siglo XVI. Por supuesto, la forma autobiográfica de algunas de estas novelas contribuyó a consolidar la percepción del pícaro literario como representación de un sujeto histórico nacido del empobrecimiento del campo y el crecimiento de las ciudades: un Milusos de hace cinco siglos.
Anne Cruz, al tomar como base las polémicas en torno a la pobreza del célebre Concilio, puso en diálogo las obras picarescas con documentos no literarios de la época en donde se argumenta con esos mismos discursos (cédulas reales, sermones o tratados) de manera que ofrece una nueva comprensión de la realidad histórico-social a partir de la novela picaresca. Es cierto que interpretar una obra literaria con base en los hechos sociales y políticos que circundan su nacimiento no es algo particularmente nuevo, pero sí lo es tomar la obra no como espejo sino como protagonista de aquellos hechos; es decir, pensar el texto como agente creador de significados respecto a los debates sobre las reformas sociales más que como mera representación de las condiciones de vida derivadas de estas reformas. A partir de este análisis Cruz puede concluir que el pícaro no sólo es un personaje literario, sino también un chivo expiatorio, un bufón destinado a la diversión y catarsis de la aristocracia.
Desde esta magnífica perspectiva la novela picaresca no se ve como una crítica a los estratos dominantes de la sociedad sino como un tablado donde tiene lugar el debate y la caricatura, sin peligros de revuelta; hay que recordar que en estas novelas al final los pícaros vuelven al redil, terminan con los buenos, como han dicho Blanco Aguinaga y Rodríguez Puértolas en su Historia social de la literatura española (1978). En un país y en un momento en que se deseaba la homogeneidad sobre cualquier cosa, los marginados fueron mirados como “lo otro” y, convertidos en personajes literarios, se les asimiló ideológicamente. En nuestro país, podríamos preguntarnos, ¿no ha sido el pobre convertido también en personaje de propaganda y retórica política? Un personaje súmamente útil, dicho sea de paso, estimulante de una política que se deleita en la ficción, en la peor de todas: aquella ficción etimológica que no significa otra cosa que mentir. Concurrimos así, querido lector, a la falsificación del pobre como moneda de cambio, como fue en su momento el indio, como ha sido siempre el “otro”.
Este libro enseña, pues, aunque deja una pregunta pendiente cuyo planteamiento podría enriquecer este estudio o por lo menos su lectura: ¿Porqué en el mundo hispánico prospera la picaresca más que en otros lugares, siendo que la pobreza no ha sido exclusiva de nuestros países?; es verdad que hubo un posterior desarrollo del género en Inglaterra o en los Estados Unidos, por ejemplo, aunque jamás alcanzó en aquellos lares las cumbres creativas de la tradición hispánica. ¿Será, acaso, porque nuestra vocación melancólica nos mantiene anclados en aquella concepción medieval desde la cual es bueno que el pobre exista, porque aporta un valioso argumento ideológico al que procura o detenta poder? ¡Dios no lo quiera! En cualquier caso, como siempre, pobre lector mío, usted tiene la última palabra.

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