El barrio

Siempre me han dado curiosidad los barrios instalados en pequeñas calles -adoquinadas o empedradas- en donde las casas se suceden unas a otras sin las famosas áreas verdes que se exigen en los fraccionamientos.

En otra época, cuando caminar era más natural que tomar el coche, me gustaba cambiar de ruta y explorar los barrios lejanos a las colonias más allá de Tequis y de los límites de la avenida Carranza.

Con cierta dosis de temor y aventura, indagaba los caminos que me llevaran a mi destino, generalmente empatado con las clases de inglés o de danza. Así, pasar por pequeñas puertas con marcos de cantera o fachadas de pura cal, se convertían en un tema que la imaginación utilizaba para tejer historias de lo que sucedía tras sus paredes.

 Merodear en colonias clasificadas de cierto riesgo o vulnerabilidad tienen un atractivo que no me abandona. Ahí, la estética es la de la supervivencia y el color de las fachadas o el material de las puertas define a sus habitantes pero encierra más que eso.

Quizá las ventanas enrejadas a flor del arroyo vehicular intentan capturar en sus macetas el verdor imposible de contener en un jardín interior. La ventana es el oasis y su verdor es el oxígeno gracias al cual, sus habitantes parecen continuar la vida.

Hay en ese rumbo en peligro de extinción, un rasgo que no se iguala en los nuevos fraccionamientos por más "pipirsnais" que estos sean.  Las viejas colonias emanan un sentido de pertenencia al que difícilmente sus vecinos podrían o desearían renunciar.

Entre baches de adoquines, banquetas levantadas, baldíos abandonados, ruinas de antiguas vecindades y fincas de añejos dueños,  el barrio se enaltece con papel picado cuando hay que festejar al patrono que los protege.

Cada encuadre ya sea en el centro de la ciudad o en sus periferias se luce de un encanto y una espontaneidad que hermana a los vecinos en tiempos de festividad y los enemista cuando las circunstancias los confrontan. 

Ahí se conocen y se desconocen a diferencia de lo que sucede en otras colonias. Se respira una vida que sobrevive a pesar del descuido municipal o de algún vecino irresponsable. Hay un borracho o una loca, un sacerdote, una partera, un licenciado, un sastre o un "maistro" al que se pueda acudir en caso necesario. Mientras en otros lados, el anonimato y la indiferencia son la ley, no del monte sino de una loma.