El círculo

Mire usted, lectora, lector querido, que ya me estoy empezando a preocupar. Diría que por todos los miembros de esta nación, pero he decidido abarcar lo que puedo apretar, así que hoy, estoy consternada por nosotros, los potosinos.
Déjeme lo cuento una historia a manera de introducción. Tengo un par de amigos dedicados a las artes gráficas. Son ambos muy creativas. Su casa es reflejo de esa originalidad que únicamente los artistas poseen. Han recogido muebles del basurero y los hacen piezas no solamente útiles, sino originales y que de alguna manera van bien con otros objetos que por sí mismos podrían parecer excéntricos. Pues bien, no estoy muy segura de qué manera, pero hace algunos años consiguieron un auto de esos que aparece en cada lista como parte de los diseños más horribles del mundo vehicular. Y la verdad, es que el carro está rarísimo, por decirlo amablemente. Sin embargo, de alguna manera iba bien con mi par de amigos. Un día, Marcos, inundado de risa, le preguntó a uno de los dueños cuál era la causa para tener esa cosa extraña circulando, a lo que nuestro amigo respondió muy didácticamente: si tomáramos un lápiz y quisiéramos dibujar un círculo, el primer punto de partida para hacer tal cosa, sería la belleza pura. Luego, seguiríamos con la línea curveada y el último punto antes de cerrar el círculo, es la fealdad. Entonces, belleza y fealdad son vecinas y no hay línea que las separe. A veces, incluso se confunden. El carro es un recordatorio de ese círculo.
Con tal explicación, vuelvo a mi preocupación: ¿dónde está la línea entre la libertad de expresión y la intolerancia? ¿existe? ¿tenemos derecho a decir lo que queramos, aunque denoste a otros? ¿de verdad no hay argumentos y nos vemos obligados a usar puros adjetivos? ¿así de pobres de ideas nos hemos quedados?
Los meses anteriores hemos visto, como pocas veces, las pasiones desbordadas. Gente que defendió a sus respectivos candidatos como si se tratara de sus madrecitas, y otros atacado al candidato contrario como si se tratara del padre que los abandonó en la niñez y que fue la causa de múltiples desgracias. Creo que los procesos deben vivirse con pasión, pero ésta no debe de nublar la visión racional. Uno puede perfectamente apasionarse por una causa sin perder el suelo que permite caminar hacia el encuentro del contrario y dialogar como adversarios y no como enemigos.
El uso, por ejemplo, de la palabra “chairos” para referirse a los seguidores de López Obrador, me parece agresivo y a la vez tremendamente fácil. Si uno no tiene mucho que decir en contra, muy posiblemente sea tentado a caer en el insulto fácil y acabar la discusión sin siquiera iniciarla. Pero por otro lado, me cimbró escuchar a opinadores que en lugar de argumentar, predicaban como si en ellos viviera la verdad bíblica y demandaran creer en el ahora presidente electo como si fuera dogma de fe. Así tampoco se logra el diálogo democrático maduro.
Ahora que las campañas han terminado me preocupa mucho la ruptura, que sigue sin trazos de recuperación. Los perdedores han optado (no todos, por supuesto) por dolerse en la derrota y hacer comentarios clasistas que demeritan a ciertos representantes electos que por condiciones sociales y apariencia física (el caso del Mijis no es el único) salen del esquema “tradicional”, como a continuar atacando a los ganadores con frases que si no fueran tan trágicas darían risa: “ahora el himno nacional será en ritmo reguetón,” “quisiera hablar en chairo, para responderles como se merecen”, “los nacos que gobiernan ahora son los de los codos mugrosos”. Posturas que un verdadero demócrata no se permitiría. Comprendo que la derrota duele (he vivido varias), pero duele mas no llegar a la madurez ciudadana que muchos pensábamos que ya gozábamos.
Por otro lado, los ganadores tampoco están comportándose con la dignidad que deben de tener quienes saben que ahora nos representan a todos nosotros y no solo a los que votaron por ellos. He leído (se lo juro) desde un infantil “lero, lero” hasta comentarios francamente agresivos que van más en la línea de Torquemada que la de cualquier demócrata promedio. Parece que la intención no es gobernar, sino pasar por guillotina sin juicio a todo mundo, comenzando por los que no apoyaron a su líder. Es decepcionante tanto de un lado, como del otro. Y sí, vergüenza es lo que debería darnos.
Es, sin duda, un momento importante. Estamos todos tomando el lápiz que habrá de dibujar el círculo dentro del cual viviremos los siguientes seis años. El primer trazo es la democracia plural; sin esto, no hay círculo que valga. El punto final es la intolerancia irracional disfrazada de libertad de expresión. No las confundamos. Una cosa es manejar un carro bello de una manera horrorosa y otra es pasarse seis años disfrazado de demócrata. Ambos acaban desvielando el círculo. Se los aseguro.