El ciudadano ante la crisis democrática: pobreza y desigualdad
América Latina tiene un gran reto por resolver en materia de confianza, credibilidad y legitimidad para resolver los principales problemas que aquejan a la región: pobreza y desigualdad. ¿Por qué cada día desconfiamos más de nuestras instituciones y de las decisiones que toman los gobernantes? ¿Por qué enfrentamos una crisis de gobernabilidad?
Desde la percepción ciudadana, la democracia falla pues muchos de los procedimientos a través de los cuales se toman las decisiones desde el gobierno y la administración pública suelen ser cerrados, confusos y opacos, pero sobre todo carentes de regulación y suficiente información que permita elegir las mejores soluciones a los problemas públicos. Aunado a ello, los distintos actores políticos no logran llegar a los acuerdos necesarios pues las disputas por el poder político, hoy más que nunca en la región, están pesando más que el interés público y el bienestar social.
Se percibe, pues, desde la sociedad, que en la arena de lo público todo se trata de “procesos discrecionales” y del interés de unos pocos. Es decir, que las decisiones no obedecen a una normativa concreta ni a una hoja de ruta, sino que se basan en el criterio individual de “alguien” o colectivo “de sólo unos cuántos”, que, si bien fueron elegidos “democráticamente”, una vez que tuvieron que tomar decisiones desde el gobierno y lograr consensos, olvidaron acercarse a sus electores e incluso a sus detractores para respaldar y validar sus sugerencias y opiniones, y más allá, atender sus legítimas demandas y reclamos.
Si bien es una realidad que los decisores en el gobierno deben trabajar en contextos complejos que implican poco tiempo para analizar cuál puede ser la mejor alternativa para resolver un problema público, con poco presupuesto y muchas veces con mínima información, lo anterior da pauta a generar prácticas no democráticas y la percepción de corrupción hacia adentro y hacia afuera del gobierno. Como consecuencia, observamos un escepticismo social hacia las autoridades y una indiferencia abierta para participar activa y proactivamente con los representantes gubernamentales, de quienes no se tiene una buena percepción y a quienes por cierto ya se les ha perdido toda la confianza y esperanza.
Lo anterior ha quedado plasmado en los datos que arrojó la versión más reciente del Informe de Latinobarómetro (2021), encuesta de opinión pública que supone 25 años de mediciones en 18 países de América Latina y el Caribe y, que en conjunto es considerada la mayor base de datos regional sobre actitudes ciudadanas ante la democracia en castellano. En dicho informe se midió el ánimo de la ciudadanía latinoamericana después de la primera ola de la pandemia, y en el preludio de la segunda.
A pesar de unos ritmos políticos acelerados, intensificados en buena medida por la pandemia y sus efectos, este informe permite tomarle el pulso al estado de las democracias en la región con cierta perspectiva, y dar seguimiento a la evolución de algunas tendencias. Especialmente, en un periodo en el que las medidas de excepción adoptadas para mitigar la pandemia, en ausencia de vacunas, despertaban una honda preocupación por los excesos que pudieran suscitarse desde parámetros democráticos.
Los datos del informe arrojaron también que la pobreza ha aumentado en América Latina en aproximadamente 50 millones de habitantes, mientras varios países de esta región tienen las tasas de mortalidad más altas del planeta. La pandemia reveló en toda su dimensión la debilidad de los Estados latinoamericanos. Hoy los países enfrentan una triple crisis. En primer lugar, la crisis política de larga data, en segundo lugar, las consecuencias y rezagos de la crisis sanitaria por la pandemia, y, finalmente la crisis económica con una fuerte recesión producida a su vez por la pandemia. “Ya no es posible definir a la pobreza de la región como una crisis, ni tampoco a la desigualdad. En rigor, es una condición que caracteriza a América Latina desde la llegada de Cristóbal Colón al continente”. La pobreza y la desigualdad constituyen en los países latinoamericanos una crisis permanente.
El informe concluye exponiendo que una ola recorre América Latina consecuencia del “egoísmo de las elites”; es la ola de la escasez de mayorías. En los recientes ciclos electorales de la región (2020) los nuevos presidentes enfrentan creciente atomización de los parlamentos, aumento de movimientos y partidos nuevos, así como el fin de los viejos. La gobernabilidad se aleja, augurando tiempos complejos para la región. Y es que los latinoamericanos ya no toleran los gobiernos que defienden los intereses de unos pocos, la concentración de la riqueza, la escasez de justicia, la debilidad de las garantías civiles y políticas, así como la tardanza en la construcción de garantías sociales. Tampoco toleran más el abuso de poder y los privilegios; la restricción de la pluralidad está en el corazón de la demanda de igualdad ante la ley, de respeto, de dignidad.
“La crítica de los ciudadanos a la democracia es una demanda de democracia”. Ningún pueblo de la región está contento con la manera cómo funciona la democracia en su país. A más de 30 años de las transiciones, las democracias se han consolidado en grados crecientes de imperfección con Estados anquilosados. La pandemia ha desnudado el poder dejándolo sin máscara para esconderse. “Los ciudadanos han salido de Macondo para incorporarse al mundo globalizado que el virus puso en las pantallas de sus smartphones”.
Las nuevas elites que hacen la transición cometen el error de las viejas a las que reemplazaron, se quedan con más poder y más tiempo que el deseado a su bienvenida. Las ideologías se han corrompido con el poder dejando a la izquierda y la derecha desarmadas y con baja legitimidad.
De acuerdo con este informe, América Latina no puede seguir tardando décadas en desmantelar las desigualdades y la discriminación, tomando en cuenta que muchos de los presidentes ahora tienen la mitad de aprobación que tenían hace una década, y los populismos y las autocracias sustituirán las decadentes democracias si las elites no mejoran su oferta. Hasta ahora tal parece que es más fácil vender ilusiones que una mala política.
Pero no perdamos de vista, estimado lector, que: “los monstruos aparecen cuando hay cambio de época, porque no estamos solamente cambiando estatuas de Colón por un indígena, estamos ante una demanda de libertad que romperá todo lo que tiene que romper para llegar a puerto. El puerto se llama democracia plena y el camino son las calles llenas de ciudadanos protestando.” Juzgue usted.
Maestra en Asuntos Políticos y Políticas Públicas
anacristinales@gmail.com




