El error
En política “el poder no se posee, se ejerce”, tal es uno de los postulados expuestos por Michel Foucault en una de sus obras y, por eso, junto al poder macro del Estado, pululan los micro-poderes de otros espacios; sin embargo, el poder del Estado es, por supuesto, el objeto de la disputa política más encarnizada porque concentra el ejercicio legítimo de la fuerza en un territorio determinado y esa es su nota distintiva desde el punto de vista de uno de los clásicos de la sociología. Pero el punto que interesa señalar es que, en efecto, el ejercicio del poder público no debe reducirse a la visión patrimonialista, no sólo porque es antiético y hasta limitado en el curso de un tiempo que se pretendiera eterno, sino porque va en juego la propia sobrevivencia del poderoso cuando deja de serlo. Así, más que la posesión del poder de una vez y para siempre, lo que sugiere el postulado mencionado es la permanente implementación de estrategias para su ejercicio cotidiano y, en su caso, para contrarrestar las de los adversarios.
Pero lo anterior no siempre se da como regla en un mandato y, hace unos días, un exgobernador potosino, a pregunta expresa en un programa periodístico, se refirió, precisamente, al comportamiento “titubeante” de otro exgobernador reciente como un “error” que, hoy mismo, le está acarreando tribulaciones a no pocos miembros de lo que fue su primer cuadro en el gabinete, dibujando en el horizonte, como consecuencia previsible, lo que ocurría en los tiempos del radicalismo de la Revolución Francesa, cuando la moderación confundida con el titubeo terminaba en el castigo más extremo. Un símil que, como decía Ulises Schmill, a propósito de un ensayo sobre el poder en un obra de Kafka, aplicaría porque habría un telón de fondo para comparar y que no es otro que la denominada “justicia popular”, esa que, siempre latente, descansa en la condena o absolución de una parte de la población cuando percibe, de manera práctica, cómo se hicieron las cosas… de la cosa pública.
Un planteamiento sobre el comportamiento del poderoso para explicarse qué hace y cómo con el poder concentrado del que puede disponer en un momento dado, es interesante y hasta ha dado para innumerables análisis que lindan con terrenos como el de la socio-biología, pero que, en el caso mexicano, es harto emblemático, porque más que símiles para comparar, siguiendo otra vez a Schmill, lo que ha campeado son metáforas que han tratado de dar cuenta de ejercicios del poder no siempre claros, más bien secretos, anclados en ritos, mensajes cifrados y demás comportamientos propios de las élites políticas y no de sectores amplios y diversos de la sociedad. Aquí cabe recordar, como botón de amplia muestra, lo que refería en una célebre entrevista el ex-presidente Carlos Salinas, a propósito de su confrontación con Ernesto Zedillo, luego de dejar el cargo y para buscar lavarse las manos en el origen de la descomunal crisis económica de 1995, citando a Gregorio Marañón en su clásico texto sobre el resentimiento del emperador romano Tiberio. En fin, estilos personales de gobernar que, por supuesto, imponen un cierto sello en el tiempo del ejercicio del poder público en cualquier lugar, pero que participan de un amplio espectro en el que los intereses de todo tipo de actores diversos juegan de manera decisiva su papel y, no pocas veces, pareciera que representan más que el todo de las suma de las partes.
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