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El Grito Silencioso de Nuestro Entorno

Por Luis González Lozano

Diciembre 07, 2024 03:00 a.m.

A

(1era parte)

La crisis ambiental que enfrenta San Luis Potosí no es una abstracción: es una realidad tangible que respira en cada rincón de nuestro estado. Mientras las autoridades ambientales continúan en su danza ceremonial de promesas y planes sin sustancia, nuestro entorno natural se desmorona en cámara lenta ante nuestros ojos.

El aire que respiramos se ha convertido en un misterio tóxico. A pesar de contar con varios procesos legales que exigen transparencia sobre su calidad, seguimos nadando en la incertidumbre. Sabemos que nuestra calidad del aire oscila entre regular y mala, y ni siquiera monitoreamos las partículas PM2.5, las más letales para nuestra salud. ¿Cuánto tiempo más seguiremos jugando a la ruleta rusa con nuestros pulmones?

Más allá de las estadísticas y los informes técnicos, la realidad se manifiesta en el incremento de enfermedades respiratorias, en los ojos irritados de nuestros niños, en esa capa gris que cubre nuestro cielo cada mañana. La calidad del aire no es un dogma: debe sustentarse en evidencia científica. Sin embargo, en San Luis Potosí, parece que preferimos la comodidad de la ignorancia a la incomodidad de la verdad.

El panorama de nuestras Áreas Naturales Protegidas (ANP) es igualmente desolador. La zona metropolitana de San Luis Potosí debería jactarse de estar rodeada por pulmones naturales como el Paseo de la Presa, la Sierra de Miguelito y la Sierra de Álvarez. Sin embargo, la realidad es más cercana a una tragicomedia burocrática. La Sierra de Álvarez acumula 45 años sin un plan de manejo. ¿A quién beneficia este abandono institucional?

Nuestros esfuerzos legales por proteger estas zonas han encontrado obstáculos kafkianos. En el caso del Paseo de la Presa, una sentencia favorable fue derribada por la impugnación de una comunidad con “derechos dudosos e intereses oscuros”. La Sierra de Álvarez, por su parte, enfrenta una paradoja judicial donde se determinó que los habitantes de la zona carecen de “interés legítimo” para exigir un programa de manejo. ¿En qué universo paralelo los principales afectados por la degradación ambiental no tienen derecho a demandar su protección?

La histórica campaña “Protejamos la Sierra de Álvarez” de 2018 marcó un antes y después en la movilización ambiental potosina. No solo se lograron reunir más de 15,000 firmas autógrafas en apenas dos semanas, sino que se generó una ola de conciencia ciudadana sin precedentes. Los foros públicos, las manifestaciones pacíficas, las alianzas entre comunidades y organizaciones civiles demostraron que la sociedad potosina está lista para defender su patrimonio natural. Sin embargo, la respuesta gubernamental ha sido una masterclass en evasión y desinterés, perpetuando un patrón de negligencia que parece ser la única política ambiental consistente en nuestro estado.

Este desinterés sistemático por nuestras áreas naturales protegidas refleja una miopía política alarmante. Estas zonas no son meros espacios verdes en un mapa: son sistemas vitales que proporcionan servicios ambientales cruciales para nuestra supervivencia. Son nuestras fábricas de agua, nuestros filtros de aire, nuestros reguladores climáticos. Su degradación no es solo una pérdida ecológica: es un atentado contra nuestra calidad de vida y nuestro futuro.

La realidad es que enfrentamos una crisis de gobernanza ambiental. Los planes estatales de desarrollo, esas herramientas supuestamente rectoras de la política pública, se han convertido en catálogos de buenas intenciones sin implementación efectiva. La comparación entre lo prometido en el papel y la realidad que vivimos revela una brecha abismal que crece día con día.

La sociedad civil, con recursos limitados pero con determinación inquebrantable, ha asumido el papel de vigilante ambiental que las autoridades han abandonado. A través de litigios estratégicos, movilizaciones sociales y educación ambiental, intentamos llenar los vacíos dejados por la negligencia institucional. Pero esta no debería ser nuestra carga exclusiva: necesitamos autoridades comprometidas que entiendan que el desarrollo sustentable no es una opción, sino una necesidad urgente.

Esta es apenas la punta del iceberg de una crisis ambiental que demanda atención urgente. En la segunda parte de esta columna, exploraremos cómo estos problemas se entrelazan con la gestión del agua y el maltrato sistemático de nuestro arbolado urbano, formando un tapiz de negligencia institucional que amenaza no solo nuestro presente, sino el futuro de las próximas generaciones potosinas.

Delírium trémens.- El llamado “impuesto ecológico” será una farsa verde que solo engordará las arcas estatales. Una vez más, el medio ambiente es la última prioridad tras el afán recaudatorio.

@luisglozano