El Grito Silencioso de Nuestro Entorno
(2da parte)
La crisis ambiental en San Luis Potosí continúa desplegándose como una tragedia en múltiples actos. Si el aire contaminado y el desmantelamiento de nuestras áreas naturales protegidas no fueran suficientes, la gestión de nuestro patrimonio arbóreo añade otro capítulo sombrío a esta historia de negligencia institucional.
El maltrato al arbolado urbano representa un frente crítico en esta guerra contra nuestro propio bienestar. La “violencia arbórea” -ese eufemismo que hemos acuñado para describir la tala irracional y las podas destructivas- se ha normalizado en nuestra ciudad. Sin embargo, en medio de esta devastación sistemática, existe una historia de resistencia y esperanza que merece ser contada.
Manuel y Crescencio, dos majestuosos ejemplares de Ficus que custodian el Distribuidor Juárez, son testimonios vivientes de que la lucha ciudadana puede frenar la destrucción ambiental. En 2018, cuando estos árboles ya tenían marcada su sentencia de muerte por el “progreso”, la sociedad civil organizada demostró que el desarrollo urbano no tiene por qué ser sinónimo de ecocidio. A través del juicio de amparo 156/2018, estos gigantes verdes no solo sobrevivieron, sino que se convirtieron en símbolos de resistencia.
Sus nombres no son casuales: honran a Manuel Crescencio García Rejón y Alcalá, el creador del juicio de amparo, esa herramienta legal que hoy sirve para defender nuestro patrimonio natural. Cada noche, estos árboles no solo limpian nuestro aire contaminado, sino que sirven de refugio a numerosas garzas blancas, creando un pequeño ecosistema urbano que nos recuerda la importancia de cada árbol en nuestra ciudad.
Los datos de la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica son escalofriantes: más de 150 especies se extinguen cada día, un millón están en riesgo de desaparecer, y la tasa de extinción es mil veces superior a la natural. El 75% de la superficie terrestre ya muestra impacto humano, y para 2050 podría alcanzar el 90%. San Luis Potosí no es una isla inmune a esta crisis global.
La lista de pendientes ambientales es abrumadora: desde la negligencia gubernamental y la mentira crónica sobre nuestra situación ambiental, hasta la corrupción y el desinterés social. La falta de educación ambiental efectiva, el caos normativo, la gestión deficiente de residuos, la erosión del suelo, los desastres ecológicos mineros y la amenaza del fracking conforman un catálogo de desafíos que requieren acción inmediata.
Los conflictos ambientales no pueden seguir siendo tratados como secretos incómodos o problemas menores. Requieren transparencia, precisión técnica y certeza científica. La historia de Manuel y Crescencio nos demuestra que la resistencia ciudadana organizada puede lograr victorias significativas. Sus placas, que rezan “Gracias por cuidarme! ahora yo cuidaré de ustedes limpiando el aire que respiran y protegiendo a las garzas”, son un recordatorio permanente del poder de la acción ciudadana.
Un inventario de conflictos ambientales es la piedra angular para construir soluciones efectivas: actúa como un mapa detallado de la devastación ecológica que nos permite identificar patrones, responsables y puntos críticos de intervención. Sin este diagnóstico preciso, nuestros esfuerzos por proteger el medio ambiente son como disparar flechas con los ojos vendados. Un catálogo sistemático de estos conflictos no sólo documenta el daño actual, sino que sirve como herramienta estratégica para priorizar acciones, asignar recursos limitados y, crucialmente, para construir argumentos sólidos en la defensa legal de nuestro patrimonio natural. Es la diferencia entre luchar batallas aisladas y ganar la guerra por la supervivencia de nuestros ecosistemas.
El tiempo de las medias medidas y las soluciones cosméticas ha terminado. Necesitamos una revolución en nuestra forma de entender y proteger nuestro entorno natural. La sociedad civil ha demostrado que es posible lograr cambios significativos cuando nos organizamos y actuamos con determinación.
La tarea es extensa y compleja, pero la alternativa -continuar en esta espiral de degradación ambiental- no es una opción. El futuro de San Luis Potosí depende de las decisiones que tomemos hoy, y el silencio ya no puede ser una de ellas. Cada potosino debe convertirse en un guardián de nuestro patrimonio natural, porque en esta batalla por la supervivencia ambiental, la indiferencia es también una forma de complicidad.
Las palabras del subcomandante Marcos en Cerro de San Pedro resuenan con renovada urgencia: los gobernantes, en su miopía, no comprenden que el daño ambiental que provocan los alcanzará a ellos mismos y a sus descendientes.
Delírium trémens.- En estos días de reflexión y esperanza, les deseo que la paz interior y la armonía con nuestro entorno natural sean las mejores guías para el 2025. Que estas fiestas nos inspiren a ser mejores guardianes de nuestro planeta y más conscientes de nuestra responsabilidad con las generaciones futuras. Nos reencontramos el primer sábado de enero para seguir alzando la voz por nuestro patrimonio natural. ¡Felices fiestas!
@luisglozano



