El PRI que… ¿desaparece?

Estamos tan acostumbrados a ver al PRI más como un sistema político que como un partido, que hasta parece increíble pensar en su desaparición.

Sin embargo, luego de la debacle sufrida por ese instituto político en las elecciones del primero de julio pasado, esa posibilidad se ha planteado… ¡por sus propios dirigentes! Esa determinación tiene asidero lógico: la marca PRI está más que devaluada y la sola mención de sus siglas mueve a emociones distintas que van de la pena ajena a la chacota, salvo en contados militantes que añoran, orgullosos, la época dorada en que ser priísta equivalía a ser un “soldado de la revolución” y… “decir revolución es decir gobierno, así como decir gobierno es decir revolución”, parafraseando a un “achichincle” de don Perpetuo en la célebre película mexicana “Calzonzin Inspector”, cinta que parodia, precisamente, esa cultura política que es tenida hasta como “clásica”.

En efecto, la desaparición del PRI no es fácil. Se ha venido planteando desde hace varios años, sobre todo a partir de la severa crisis que enfrentó ese partido con la sucesión presidencial de 1994, cuando se llegó al extremo del asesinato del candidato Luis Donaldo Colosio y, posteriormente, de José Francisco Ruiz Massieu (padre de quien ahora ha sido ratificada como dirigente nacional, Claudia Ruiz Massieu -a su vez, sobrina de Carlos Salinas de Gortari-).

La primera consecuencia de esa crisis se tendría en 1997, cuando ese partido dejó de ser hegemónico en la cámara de diputados federal y, luego, en el 2000, cuando fue sacado de “Los Pinos” por un amplio movimiento de rechazo popular capitalizado por el PAN.

Pero el PRI se atrincheró en las entidades federativas y regresó al poder presidencial en el 2012, en buena medida por el desencanto con los gobiernos panistas, pero también porque, ciertamente, aún quedaban resabios de esa cultura política que advertía: “estábamos mejor cuando estábamos peor”.

Esa cultura política ha sido puntal en la marcha larga que permitió la vigencia del PRI como seña de identidad de casi todos los mexicanos durante tanto tiempo, y que ha sido pródiga en aforismos de connotados miembros de ese partido que resumen bien la naturaleza política de lo que implica(ba) ese sistema de dominación en el viejo régimen, donde todos tienen cabida y pedazo de pastel.

Una de esas frases que más identifican la cultura priísta es la que dicta(ba): “el PRI nunca pierde y si pierde arrebata”. Y así era, en verdad.

Hasta que perdieron, en el año 2000, el gran poder que representa la presidencia de la República, pero que, como planteaba Juan Villoro, “el PRI perdió en las urnas, pero no en las almas”, refiriendo con ello el peso de una cultura política que, de una u otra manera, se niega a desaparecer, al extremo de considerar el dicho aquel de Carlos Castillo Peraza: “(es que) todos llevamos un pequeño priísta dentro”.

Ahora las cosas pintan distinto. La cultura política de la degradación cívica, que tanta rentabilidad político-electoral significó para el PRI en sus buenos tiempos, ha sido progresivamente sustituida por una participación más amplia y responsable de una sociedad que, además, tiene claro el peso de los agravios sufridos y acumulados por el actuar faccioso y antipatriótico de los personeros de ese partido. Pero “en el pecado se lleva la penitencia” y ya el PRI no puede más con el desprestigio que concitan sus siglas.

Ciertamente fallaron las personas, pero el daño está hecho a la institución partidaria.

Pensar en cambiar el nombre muestra los signos y síntomas de un enfermo terminal que ya mejor pide lo ayuden a bien morir, Pero, bueno, se puede alegar que otras veces se ha dicho lo mismo y allí tienen que el enfermo se aliviana de repente para volver a las andadas; pero ahora sí parece medio difícil que regresen, literalmente, por sus fueros, salvo que, de verdad, se reinventen, empezando por las formas que, por cierto, allí siempre insisten que son el fondo.

Pero es curioso que el principio y fin del sexenio de Peña Nieto esté marcado por el encarcelamiento y liberación, respectivamente, de Elba Esther Gordillo.

Los simbolismos cuentan demasiado en esa misma cultura política de la que venimos hablando, y si en marzo de 2013, en la 21 asamblea nacional priísta, Peña Nieto fue ungido como jefe máximo de un partido que retomaba todo el poder perdido en doce años de panismo tragicómico, teniendo como telón de fondo la detención de la lideresa magisterial, hoy resulta emblemático que sea puesta en libertad por los mismos y que la muy desacreditada, como “inocente”, Elba Esther, hasta se pueda dar el lujo de mofarse en la cara de Peña Nieto y su gobierno.

Más gráfico no puede ser el asunto de hasta dónde ha llegado la crisis terminal de un partido y sus personeros que, empero, no dejan de sorprender con actos de malabarismo que siguen siendo el sello de la casa.