Bueno, cabe confirmar, se ve muy mal lo que viene para nuestro país. No se trata sólo de incertidumbre, sino también de certidumbre hacia sacudidas económicas y políticas, entre el desconcierto de muchos y una lamentable declinación social. ¿Acaso será posible adelantarse y conjurar este retroceso?
Eso sí, habrá un viento fresco y una renovación de la esperanza de millones de mexicanos, pero créanme que tarde o temprano la cruda realidad se va a imponer. Dejémoslo al tiempo.
Ya quisiera referirme aquí a cosas más positivas y estimulantes. Sin embargo, se revalida que este gran tema resulta crucial e inquietante, en adición a que los ingenuos todavía esperamos algún asesor que valore las amenazas y contribuya a evitar un desastre, aunque ya se desbordan los factores adversos que eclipsan a los favorables. Ayúdenlo, por lo que más quieran.
Nuestro presidente electo se nota algo “sobrado” con aires burlones y de seguridad desdeñosa, hacia la plenitud del poder. Mientras tanto, su deslucido y desacreditado antecesor se muestra jocoso y satisfecho, o hasta cínico ante la censura e incluso valemadrista frente a lo que sucede estos meses. Uno no se espera a llegar, y el otro quisiera desaparecer… Ambos simulan pero igual se equivocan; aún más el primero, que encara mayores riesgos.
AMLO no debe sentirse invencible (ha perdido más que las que ha ganado), ni tampoco minimizar las implicaciones de haberse aliado con violentos. Menos debería pasarse de rosca ya de presidente, pues los juegos perversos tienen sus límites y consecuencias.
Podemos vislumbrar un “cambio de régimen”, más allá del cambio de gobierno cada seis años. En principio eso hace mucha falta y vendría a ser un gran logro, si bien no se aprecia que corresponda en mayor medida al siglo XXI, sino a pasajes del XX y del XIX que se daban por superados.
A su vez, ojo, algo tan relevante no suele darse sin lapsos de inestabilidad e inclusive violencia: más que por las resistencias de intereses creados del viejo orden, por ciertas estrategias e imposiciones demasiado arbitrarias.
Hay cambios positivos, sin duda, pero la mayoría sólo generan confusión o significan retrocesos (autoritarismo, falta de transparencia, discrecionalidad, debilitamiento de instituciones,…). A la larga, nada de esto alienta el crecimiento económico ni la crucial competitividad en un marco global de obligada confianza.
Miren, lo peor es que la gran concentración de poder no tiende a asociarse a las mejores decisiones. De los equilibrios y contrapesos surgen varias de las ventajas de la democracia, aunque a corto plazo se vuelva más complejo gobernar.
Tampoco se necesita ser economista para alarmarse porque un presidente sea capaz de afirmar que, con una “tasa cero de desempleo en México”, se va a ofrecer trabajo a los migrantes centroamericanos que son utilizados por Trump ante sus elecciones. Igual, es inaudito que él y otros morenistas ¡descalifiquen a las calificadoras internacionales! Resulta pésima esta reacción.
Todo ello, caray, puede generar desconfianza e incluso sobresaltos significativos en los mercados de capitales. Habrá que cuidar lo que se dice, claro, pero se ven más peligrosas algunas medidas que han empezado a tomar en el Congreso y en el propio gobierno electo.
Entre estas acciones, más allá de las palabras, se encuentran los sonados casos de:
i) la cancelación del proyecto en curso del NAIM ¿acaso podría depender de una simulación riesgosa con la presente consulta de risa, para lucirse luego al salvar la perspectiva obvia de Texcoco y lograr algunos cambios?
ii) el Tren Maya irá ¿sin estudios ni análisis ni consultas formales en la mayor parte del país?
iii) la centralización de comisiones autónomas, que confirmaban ventajosos mercados competitivos y contrapesos técnicos a la discrecionalidad personal del presidente a través de las secretarías,
iv) la invención de una refinería en el estado natal del mandatario sin verificaciones ni licitaciones, aunque deberían darse cuenta de que a futuro su relación costo-beneficio tiende a ser muy adversa,
v) la descentralización regional de organismos y dependencias; si bien aquí, en una corrección inteligente, se habla ya de que esto se difiere y podrá ser parcial o gradual.
Hay otros puntos clave como “desaparecer” la corrupción o “eliminar la evaluación” en la educación pública… Igual, resulta absurdo que aún no han terminado de aclararse.
En fin, don AMLO anda bastante acelerado y se va distanciando de diversos grupos (burócratas, las fuerzas armadas, empresarios, sindicatos o medios de comunicación), lo cual es natural en una transformación que afecta intereses pero en varios casos no había necesidad de atropellar. Es lógico que muchos se hayan sumado a su proyecto, aunque las restas y los agravios le podrán costar en exceso más adelante.
Al interior de la administración pública, no pocos funcionarios calificados han solicitado su jubilación anticipada o piensan renunciar (Raymundo Riva Palacio, El Financiero, 23/X), mientras que en el Poder Judicial se defienden ante instancias internacionales para proteger su autonomía en la separación de poderes, con facetas similares en el INE, el Tribunal Electoral, el Banco de México o el INAI.
Uno pensaría que, en contraposición a sus décadas de opositor y candidato combativo, ya de presidente podría actuar con más madurez e institucionalidad. Así lo sentí y comenté en los primeros días tras su triunfo electoral, si bien al pasar las semanas ha recobrado su agresividad burlona y ha regresado a las declaraciones ofensivas o imprudentes.
En un tuit tipo Trump, volvió a la carga al asegurar que los problemas de Pemex son resultado del “gran fracaso de la política neoliberal o neoporfirista de los últimos 30 años” (23/X, pero luego lo borró). Nomás que no se enteren las calificadoras y los inversionistas, porque se van a asustar todavía más con esas tonterías.
López Obrador, oigan, aún tiene oportunidad de modificar algunos de sus instintos más riesgosos, con lo cual mostraría a todos que sabe reconocer y cambiar. Podría ganar mucho al conceder un poco. Ojalá.
Son semanas de ansiedad e incertidumbre respecto a la principal obra de infraestructura que se ha planeado y desarrollado en el país a lo largo de 15 años, así como a partir de la manoseada caravana de migrantes que se enfila a las garras de Trump en víspera de elecciones… Veo aquí más anticipos de lo que viene, aunque me sugieren con razón que no me deprima.
Eso sí, habrá un viento fresco y una renovación de la esperanza de millones de mexicanos, pero créanme que tarde o temprano la cruda realidad se va a imponer. Dejémoslo al tiempo.
Ya quisiera referirme aquí a cosas más positivas y estimulantes. Sin embargo, se revalida que este gran tema resulta crucial e inquietante, en adición a que los ingenuos todavía esperamos algún asesor que valore las amenazas y contribuya a evitar un desastre, aunque ya se desbordan los factores adversos que eclipsan a los favorables. Ayúdenlo, por lo que más quieran.
Nuestro presidente electo se nota algo “sobrado” con aires burlones y de seguridad desdeñosa, hacia la plenitud del poder. Mientras tanto, su deslucido y desacreditado antecesor se muestra jocoso y satisfecho, o hasta cínico ante la censura e incluso valemadrista frente a lo que sucede estos meses. Uno no se espera a llegar, y el otro quisiera desaparecer… Ambos simulan pero igual se equivocan; aún más el primero, que encara mayores riesgos.
AMLO no debe sentirse invencible (ha perdido más que las que ha ganado), ni tampoco minimizar las implicaciones de haberse aliado con violentos. Menos debería pasarse de rosca ya de presidente, pues los juegos perversos tienen sus límites y consecuencias.
Podemos vislumbrar un “cambio de régimen”, más allá del cambio de gobierno cada seis años. En principio eso hace mucha falta y vendría a ser un gran logro, si bien no se aprecia que corresponda en mayor medida al siglo XXI, sino a pasajes del XX y del XIX que se daban por superados.
A su vez, ojo, algo tan relevante no suele darse sin lapsos de inestabilidad e inclusive violencia: más que por las resistencias de intereses creados del viejo orden, por ciertas estrategias e imposiciones demasiado arbitrarias.
Hay cambios positivos, sin duda, pero la mayoría sólo generan confusión o significan retrocesos (autoritarismo, falta de transparencia, discrecionalidad, debilitamiento de instituciones,…). A la larga, nada de esto alienta el crecimiento económico ni la crucial competitividad en un marco global de obligada confianza.
Miren, lo peor es que la gran concentración de poder no tiende a asociarse a las mejores decisiones. De los equilibrios y contrapesos surgen varias de las ventajas de la democracia, aunque a corto plazo se vuelva más complejo gobernar.
Tampoco se necesita ser economista para alarmarse porque un presidente sea capaz de afirmar que, con una “tasa cero de desempleo en México”, se va a ofrecer trabajo a los migrantes centroamericanos que son utilizados por Trump ante sus elecciones. Igual, es inaudito que él y otros morenistas ¡descalifiquen a las calificadoras internacionales! Resulta pésima esta reacción.
Todo ello, caray, puede generar desconfianza e incluso sobresaltos significativos en los mercados de capitales. Habrá que cuidar lo que se dice, claro, pero se ven más peligrosas algunas medidas que han empezado a tomar en el Congreso y en el propio gobierno electo.
Entre estas acciones, más allá de las palabras, se encuentran los sonados casos de:
i) la cancelación del proyecto en curso del NAIM ¿acaso podría depender de una simulación riesgosa con la presente consulta de risa, para lucirse luego al salvar la perspectiva obvia de Texcoco y lograr algunos cambios?
ii) el Tren Maya irá ¿sin estudios ni análisis ni consultas formales en la mayor parte del país?
iii) la centralización de comisiones autónomas, que confirmaban ventajosos mercados competitivos y contrapesos técnicos a la discrecionalidad personal del presidente a través de las secretarías,
iv) la invención de una refinería en el estado natal del mandatario sin verificaciones ni licitaciones, aunque deberían darse cuenta de que a futuro su relación costo-beneficio tiende a ser muy adversa,
v) la descentralización regional de organismos y dependencias; si bien aquí, en una corrección inteligente, se habla ya de que esto se difiere y podrá ser parcial o gradual.
Hay otros puntos clave como “desaparecer” la corrupción o “eliminar la evaluación” en la educación pública… Igual, resulta absurdo que aún no han terminado de aclararse.
En fin, don AMLO anda bastante acelerado y se va distanciando de diversos grupos (burócratas, las fuerzas armadas, empresarios, sindicatos o medios de comunicación), lo cual es natural en una transformación que afecta intereses pero en varios casos no había necesidad de atropellar. Es lógico que muchos se hayan sumado a su proyecto, aunque las restas y los agravios le podrán costar en exceso más adelante.
Al interior de la administración pública, no pocos funcionarios calificados han solicitado su jubilación anticipada o piensan renunciar (Raymundo Riva Palacio, El Financiero, 23/X), mientras que en el Poder Judicial se defienden ante instancias internacionales para proteger su autonomía en la separación de poderes, con facetas similares en el INE, el Tribunal Electoral, el Banco de México o el INAI.
Uno pensaría que, en contraposición a sus décadas de opositor y candidato combativo, ya de presidente podría actuar con más madurez e institucionalidad. Así lo sentí y comenté en los primeros días tras su triunfo electoral, si bien al pasar las semanas ha recobrado su agresividad burlona y ha regresado a las declaraciones ofensivas o imprudentes.
En un tuit tipo Trump, volvió a la carga al asegurar que los problemas de Pemex son resultado del “gran fracaso de la política neoliberal o neoporfirista de los últimos 30 años” (23/X, pero luego lo borró). Nomás que no se enteren las calificadoras y los inversionistas, porque se van a asustar todavía más con esas tonterías.
López Obrador, oigan, aún tiene oportunidad de modificar algunos de sus instintos más riesgosos, con lo cual mostraría a todos que sabe reconocer y cambiar. Podría ganar mucho al conceder un poco. Ojalá.
Son semanas de ansiedad e incertidumbre respecto a la principal obra de infraestructura que se ha planeado y desarrollado en el país a lo largo de 15 años, así como a partir de la manoseada caravana de migrantes que se enfila a las garras de Trump en víspera de elecciones… Veo aquí más anticipos de lo que viene, aunque me sugieren con razón que no me deprima.

