Elecciones

En esta semana concluye, ¡por fin!, este muladar que las leyes electorales llaman “campañas”. Sin embargo, aún queda mucho por andar pues, recuerde el lector, las elecciones en México se terminan en sentencia, es decir, cuando el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación resuelve, en definitiva, ya que, en nuestro país, no hemos aprendido a tener la madurez suficiente de reconocer triunfos y derrotas sin que lo diga un juez.
Esta es una de las notas distintivas de lo que viene. El día de la elección, primero de julio próximo, quien sabe que tanta gente acudirá a votar. Normalmente los índices de abstencionismo son de regulares a altos, aunque, como es este caso, cuando hay elección presidencial los números son un poco más alegres y van más ciudadanos a ejercer el sufragio.
En esta ocasión se elegirán, a lo largo y ancho del país, más de tres mil cuatrocientos cargos, entre Presidente de la República, Senadores, Diputados federales y locales, Gobernadores y Presidentes Municipales. En el caso de San Luis Potosí, solo no elegiremos Gobernador.
Luego de la elección de mil novecientos ochenta y ocho, aquella donde se elige a Carlos Salinas de Gortari y se generan nubes de duda sobre su legitimidad, se ha venido transformando el sistema electoral mexicano, primero con la inclusión de ciudadanos en la estructura del órgano electoral, pero aun con el control por parte del Estado; luego, primero en San Luis Potosí antes que en el resto de México, se cedió la presidencia del órgano electoral a un ciudadano; después, con el paso del tiempo, esos integrantes del Consejo General, primero del IFE y ahora del INE, fueron mutando hasta convertirse en dioses, hoy encabezados por Lorenzo Córdova, quien tal vez siente mayormente la divinidad que sus compañeros.
Las leyes igualmente se fueron complicando cada vez más, reformándose cada tres años, luego de cada proceso electoral, con el fin de “perfeccionarlas” (le pido al lector que, en un ejercicio de imaginación lea la siguiente expresión y agregue sonido de sarcasmo: ¡ajá!) y de prever lo imprevisible. ¿El resultado? Un laberinto complejo, interminable, del que solo las alas de Dédalo y su hijo Ícaro pueden sacarnos (sin acercarnos mucho al sol, se entiende).
En estos treinta años hemos llegado al punto de concentrar en un órgano central el control de los procesos electorales de las entidades federadas; esto es, que, en el federalismo, centralizamos la esencia de la libertad y soberanía electoral.
En el país del antirreeleccionismo, tenemos en esta ocasión, reelecciones. legisladores y presidentes municipales en todo el país se han lanzado a buscar su permanencia por un periodo más. En el caso de estos últimos, espero que por primera y última vez pues no hay forma de garantizar una elección imparcial y equitativa cuando uno de los candidatos tiene un pie en el estribo del control municipal y la mano en sus arcas. Es, por decir lo menos, uno de los grandes pecados de la última reforma electoral.
Las sentencias del Tribunal electoral han golpeado al Instituto Nacional Electoral y son, aun, el último resquicio donde se les recuerda que, pese a su divinización asumida, son humanos los miembros de su Consejo General. Eso no quita que, los tribunales, deberían ser la excepción y no la regla.
Llegamos al fin de las campañas de cuatro muy malos candidatos, sobrados y soberbios todos en cuanto dicen ser la esperanza y salvación de México. Entre el mesías tropical, el pequeño Maquiavelo, el comediante y José Antonio Meade (tan gris que ni se me ocurre como llamarlo) no tenemos enfrente alguna opción que cumpla fielmente la expectativa de redención; sin embargo, es lo que hay y, forzosamente, alguno de los cuatro será el próximo Presidente de México.
Si los pueblos tienen los gobiernos que se merecen, ¿qué habremos hecho para merecernos esto?
Cuando esta columna se encuentre en circulación, la selección mexicana estará por jugar su tercer partido en el mundial de futbol, en contra de Suecia. Como pocas veces, hemos visto un buen equipo representando a nuestro país. Sin embargo, el futbol es el futbol y, aun con la racha que llevamos, podemos quedar fuera del campeonato, pues no depende exclusivamente de nuestra selección, sino también de los resultados del resto de los equipos de nuestro grupo. Digo esto porque, dependiendo de lo que ocurra el próximo miércoles, estoy seguro de que el domingo primero de julio veremos en las urnas a un pueblo emitiendo su sufragio de manera triunfalista y exultante, rencorosa, deprimida y hasta vengativa, según sea el caso.
Habrá quien niegue lo dicho en el último párrafo. Al tiempo.

@jchessal