¿En qué año dicen que estamos?
La semana pasada dudé en qué siglo estamos viviendo. Se acabó una pandemia, e Inglaterra coronó con bombo y platillo a un nuevo rey. A lo mejor estamos viviendo en el siglo XVIII y no nos estamos dando cuenta.
Las epidemias sonaban a tiempos donde no existían los antibióticos, bañarse tenía fines únicamente estéticos y llegar a los cuarenta años, era llegar a la senectud. Los reyes eran aceptados, temidos y a veces respetados porque presuponían la expresión de Dios en la tierra y desafiarlos, era desafiar a la divinidad. Sus gastos, gustos y excentricidades, eran celebrados como parte de la naturaleza extraordinaria de los dioses y había que vivir con eso.
Ahora, las epidemias se deben a virus super revolucionados que resisten antivirales, mutan cada dos días huyendo de nuestras soluciones racionales y demuestran que, cuando quiere, para la naturaleza no hay avance científico que valga. Eventualmente, nos deja alcanzarla y de nuevo tomar control de la incertidumbre fisiológica que somos, pero mientras nos hace pasar tres años entre alcohol, guantes y cubrebocas, para recordarnos que no somos mas que un ser entre muchos, frágil como cualquier otro. Ante cada paso agigantado de la tecnología, que nos hace poder conectarnos de aquí hasta la Isla de Java en tiempo real, hay un estúpido bicho que nos recuerda nuestra inevitable mortalidad.
Mucha gente ahora ya no cree que los reyes sean la presencia de Dios en la tierra, ni mucho menos que hayan sido seleccionados por entes superiores para gobernarnos, y aún así el fin de semana hubo miles de personas que acamparon en las calles londinenses esperando ver pasar a aquél hombre setentón sobre una carroza ancestral tirada por caballos, para ver que un sacerdote le pusiera sobre la cabeza una corona de más de dos kilos de peso, elaborada con dos mil y tantas piedras preciosas, mientras se sentaba sobre un trono construido en el siglo XII que guarda en su interior una piedrota todavía más antigua, sobre la cual han declarado reyes a sus antecesores. Y una vez terminados los rituales, unirse en masa para cantar al ritmo que toque Katy Perry. Lo escribo y me suena absurdamente real.
Francamente a veces cuesta entender la época en la que vivimos. Es inevitable recordar a Zygmund Bauman y traer a cuenta de manera muy simplista su concepto, Modernidad Líquida: “La modernidad líquida es una figura del cambio y de la transitoriedad: los sólidos conservan su forma y persisten en el tiempo: duran, mientras que los líquidos son informes y se transforman constantemente: fluyen. Como la desregulación, la flexibilización o la liberalización de los mercados.” Si antes la modernidad evocaba certezas, estabilidad y racionalidad, tal vez sea cierto que en estos tiempos, la modernidad se entiende como la convivencia de aquellos productos del método científico, aderezados con símbolos místico-esotéricos y que cada quien haga lo que quiera con lo que tenga a la mano.
Hay gente que sigue creyendo que no existe el Covid, que ha sido el invento de un grupo malévolo que quería controlarnos para vayan ustedes a saber que fines. Hay gente que estuvo dispuesta a dormir un par de días en la calle con tal de ver pasar a Carlos III y a los príncipes de Gales.
A pesar de que en la mente de muchos no cabe la idea de tratar al Covid como el producto de una conspiración; ni se vea utilidad alguna a conservar casas reales (salvo quizá como atractivos turísticos); lo cierto es que en esta época nuestra ambas cosas caben, conviven y se saludan con coquetería.
Todo líquido cabe en esta modernidad confusa; todo entra, incluso aquello que de vez en cuándo nos haga preguntarnos en qué maldito año estamos viviendo.



