“Cuando uno escribe va creando una casa, ese cuerpo que también es un microsistema, un territorio autónomo.” (Ingrid Bringas en Nexos de mayo 2018)
Se empieza en algo parecido a las manos vacías, manos inquietas que miran sus dedos bailar de tecla en tecla emitiendo un sonido interior y visceral. Se parte de la nada y así se nutre la página; se dice de de todo y a la vez de algo en particular.
Hay un universo orbitando la mente del cerebro que escribe, un sistema de anillos de colores que se traducen en signos y significados. Se evita el lugar común, se huye de los pleonasmos, la cacofonía, la repetición y la incoherencia; aunque se sabe que ésta última es el alimento del texto.
Se llega al momento de la verdad y las páginas ofrecen el escenario en donde el performance discursivo deriva de un alfabeto limitado. Y la verdad se inventa o se recrea. Y la realidad aunque se prense del papel o la pantalla, se escurre conforme el texto absorbe el tiempo y la nota se hace vieja en cuestión de minutos o bien, rejuvenece conforme la historia la dignifica.
No hay reglas y sin embargo hay una linealidad que permite leernos y entendernos; interpretarnos y resignificarnos. Lo que ayer quise decir en una línea hoy es visto bajo una óptica opuesta y contrastante. No hay reglas ni límites pero de izquierda a derecha, en castellano y otras lenguas así nos entendemos Y en otros países, los abecedarios se leen en sentido opuesto o en una línea descendente- ascendente que hace bailar la mirada y la imaginación.
EL tema es tema siempre recurrente: el amor, la vida, la religión, la política, la violencia, el clima, la naturaleza, los ecosistemas o la economía. El campo y el arte, los genios y los asesinos a sueldo o sin él. El tema es el mundo o el universo ¿de qué más podemos escribir o parlotear? De una ficción que en cuestión de pocos años dejará de serlo; de milagros y casualidades, de desencuentros o de destilados etílicos. De iluminados o de quienes vivimos en la sombra de una cómodo anonimato. De la zona de confort que nos trae tanto displacer que hemos desarrollado infinidad de tesis para salir de ella desde la comodidad de nuestro sofá preferido.
En el atolondrado entorno de hoy, sea cual sea el meridiano en el que nos encontremos, estas letras buscan un oasis; el oasis del no pensar, de divagar, de distender la mente, de olvidar candidaturas y agravios para recordarlos solo cuando valga la pena para transformarla en una acción efectiva y eficiente.
Por eso les hablo de todo y de nada. Para salir de la repetición; de lo que leemos reiteradamente cada día proveniente de diferente voz. Porque por minutos es mejor optar por mirar el cielo o las hormigas que buscan el dulce camino que se escurre de un hilo de azúcar o de miel.
Porque no pensar, limpia para pensar mejor. Porque el río o el mar en nuestra imaginación es mejor que un partido de tres colores o un jingle en la voz de un niño. Porque la mente necesita un break de memes, publicaciones y notificaciones en el celular vibrando a cada segundo de nuestro diario vivir.
Porque hay una vida y no quiero vivirla pensando en las atrocidades posibles después de la primera semana de julio.
Porque quiero apurar la paz mental, individual y colectiva para tener una ciudadanía despierta y crítica; capaz de discernir el valor de un garrafón versus la libertad para transitar en cualquier vía a cualquier hora del día, sin peligro.
Porque quiero un mundo sin emblemas ni banderas o radicalismos. Porque quiero que la vida nos entre por los sentido ya que la razón no nos ha servido de mucho ultimamente.
Por eso les escribo sin sentido ni dirección.
Se empieza en algo parecido a las manos vacías, manos inquietas que miran sus dedos bailar de tecla en tecla emitiendo un sonido interior y visceral. Se parte de la nada y así se nutre la página; se dice de de todo y a la vez de algo en particular.
Hay un universo orbitando la mente del cerebro que escribe, un sistema de anillos de colores que se traducen en signos y significados. Se evita el lugar común, se huye de los pleonasmos, la cacofonía, la repetición y la incoherencia; aunque se sabe que ésta última es el alimento del texto.
Se llega al momento de la verdad y las páginas ofrecen el escenario en donde el performance discursivo deriva de un alfabeto limitado. Y la verdad se inventa o se recrea. Y la realidad aunque se prense del papel o la pantalla, se escurre conforme el texto absorbe el tiempo y la nota se hace vieja en cuestión de minutos o bien, rejuvenece conforme la historia la dignifica.
No hay reglas y sin embargo hay una linealidad que permite leernos y entendernos; interpretarnos y resignificarnos. Lo que ayer quise decir en una línea hoy es visto bajo una óptica opuesta y contrastante. No hay reglas ni límites pero de izquierda a derecha, en castellano y otras lenguas así nos entendemos Y en otros países, los abecedarios se leen en sentido opuesto o en una línea descendente- ascendente que hace bailar la mirada y la imaginación.
EL tema es tema siempre recurrente: el amor, la vida, la religión, la política, la violencia, el clima, la naturaleza, los ecosistemas o la economía. El campo y el arte, los genios y los asesinos a sueldo o sin él. El tema es el mundo o el universo ¿de qué más podemos escribir o parlotear? De una ficción que en cuestión de pocos años dejará de serlo; de milagros y casualidades, de desencuentros o de destilados etílicos. De iluminados o de quienes vivimos en la sombra de una cómodo anonimato. De la zona de confort que nos trae tanto displacer que hemos desarrollado infinidad de tesis para salir de ella desde la comodidad de nuestro sofá preferido.
En el atolondrado entorno de hoy, sea cual sea el meridiano en el que nos encontremos, estas letras buscan un oasis; el oasis del no pensar, de divagar, de distender la mente, de olvidar candidaturas y agravios para recordarlos solo cuando valga la pena para transformarla en una acción efectiva y eficiente.
Por eso les hablo de todo y de nada. Para salir de la repetición; de lo que leemos reiteradamente cada día proveniente de diferente voz. Porque por minutos es mejor optar por mirar el cielo o las hormigas que buscan el dulce camino que se escurre de un hilo de azúcar o de miel.
Porque no pensar, limpia para pensar mejor. Porque el río o el mar en nuestra imaginación es mejor que un partido de tres colores o un jingle en la voz de un niño. Porque la mente necesita un break de memes, publicaciones y notificaciones en el celular vibrando a cada segundo de nuestro diario vivir.
Porque hay una vida y no quiero vivirla pensando en las atrocidades posibles después de la primera semana de julio.
Porque quiero apurar la paz mental, individual y colectiva para tener una ciudadanía despierta y crítica; capaz de discernir el valor de un garrafón versus la libertad para transitar en cualquier vía a cualquier hora del día, sin peligro.
Porque quiero un mundo sin emblemas ni banderas o radicalismos. Porque quiero que la vida nos entre por los sentido ya que la razón no nos ha servido de mucho ultimamente.
Por eso les escribo sin sentido ni dirección.

