Familia y escuela Capítulo 56: El tiempo (XV)
De acuerdo con los diccionarios, por sincronía se entiende: la “Coincidencia en el tiempo de dos o más hechos, fenómenos o circunstancias, especialmente cuando el ritmo de uno es adecuado al de otro”
El tiempo pasado y futuro pareciera que son asincrónicos, disímbolos, distantes y muy lejanos; sin embargo, tienen su punto de sincronía: al instante en que el primero sucede y comienza a alejarse, en el mismo momento va apareciendo el futuro; ambos se corresponden, coinciden y vibran al mismo ritmo y tiempo en el presente.
Esa sincronía se observa en la vida; los ritmos de la naturaleza son perfectos, nada ocurre a destiempo, todos los fenómenos se dan en el momento exacto.
Es así que la vida es sincrónica con la muerte, nuestras células parecen saberlo y van envejeciendo, así naturalmente, como el día deja su paso a la noche; pero a su vez, la muerte es sincrónica con la nueva vida, tal como sucede con el amanecer, al salir el sol después del periodo de oscuridad. Así, perfecto.
La flor abre, se marchita y muere en su momento, nunca antes; el óvulo madura y se desprende en su tiempo; las mariposas y otras especies perciben el preciso momento de emigrar; los elefantes se dan cuenta cuando ya no pueden seguir el ritmo de la manada y se dejan conducir a su cementerio, todavía en vida; la oruga siente con precisión el momento de encapsularse para su transformación en mariposa; así, todo perfecto.
Si el hombre forma parte de la naturaleza como uno más de sus elementos ¿Por qué se empeña en ser asincrónico con ella?
Desde luego que existen diferencias y características específicas entre los distintos seres vivos; por su parte, entre los elementos que conforman al reino animal, en el hombre se han establecido diferencias físicas notables: tamaño y la función prodigiosa del cerebro (aunque algunos, no hayan descubierto aún su potencial), forma del fémur, columna vertebral, dedo pulgar, etc.
De igual manera se han conformado diferencias psicológicas, cognitivas, sociales y culturales; pero, con todo y ello, ¡seguimos siendo parte de esa naturaleza del reino animal!
Tal pareciera que nuestro desarrollo tiende, no solo a la frenética manía de separarse y dominar a los demás seres vivos, sino a estar por encima de ellos, “como si fueran familiares de dudoso abolengo y no queremos que los relacionen y emparenten con nosotros …no nos vayan a confundir con animales y peor aún, con changos”
Desde luego que son importantes los adelantos científicos y tecnológicos; los desarrollos y creaciones sociales y culturales; pero todos estos, bajo criterios de equilibrio y sustentabilidad; sin embargo, ha llegado a tal grado este empoderamiento y soberbia, que nos sentimos “dioses”, los cuales con solo “mover un dedo” tenemos bajo nuestro dominio y disposición a todos los seres vivos y a todo nuestro entorno natural.
Cual Tláloc, bombardeamos nubes para hacer llover; o bien, como si fuéramos Mictlantecuhtli, enviamos al inframundo del olvido las almas de los que abandonan el mundo terrenal; incluso, rebasamos a esta figura mítica, al disponer de la vida de otros seres vivos, bien sea porque con el uso de pesticidas confinamos a mariposas, abejas y otros animales a su extinción; o con la pesca no controlada, extraemos especies marinas que destinamos a su fin; o “gozamos” y nos sentimos “todo poderosos” cuando por medio de la caza “deportiva” nos sacamos la foto, teniendo a nuestros pies al león, rinoceronte o cualquier otro animal, el cual su único error fue toparse con “el dios – hombre”; ya ni qué decir de la creación de armamento sofisticado, que tiene la capacidad de eliminar a la propia especie humana.
El ser humano se vuelve asincrónico con la naturaleza, al romper sus leyes y su equilibrio. La novela escrita en 1816 por Mary Shelley: Frankenstein, es solo una profecía de lo que en tiempos actuales se hace, sobre todo en pro de la “mejora científica” de la productividad, mediante la manipulación genética o con la simple cruza o unión de partes de diferentes vegetales o animales. No hay mejor ejemplo de la creación de un moderno Frankenstein, que el engendro de la “abeja africana”.
No hace falta recurrir a casos históricos y afamados en la ciencia y la literatura; con revisar las actividades sociales cotidianas, tenemos los ejemplos de la soberbia del “dios – hombre” por realizar acciones asincrónicas con el medio ambiente: cada vez que tiramos una colilla de cigarro por la ventanilla del carro; cada vez que basura, aceites, solventes y todo tipo de desechos y sustancias se vierten en las alcantarillas del drenaje; cada vez que se desmontan terrenos montañosos no aptos para la vivienda, invadiendo los ecosistemas, en afán de construir el escenario perfecto desde donde las clases encumbradas adquieren y tienen a la vista el espectáculo de las clases sociales inferiores; cada vez que un acto terrorista o una acción violenta de narcotráfico acaba con la vida de inocentes; y un sinfín de ejemplos más.
Se entiende que, de los elementos más complicados de enseñar en la educación integral, tanto por padres y madres de familia, como por maestros y maestras, es precisamente la sincronicidad con la naturaleza y específicamente con la naturaleza social; el equilibrio y el respeto que debe de existir no solo con el medio ambiente, sino también con el medio social: practicando y fomentando valores y actitudes de solidaridad, honestidad, conservación de la vida en todas sus manifestaciones, congruencia entre los actos y los discursos; cultura de la conservación, reúso y reciclaje de una enorme cantidad de objetos y una infinidad de ejemplos más.
Tenemos que abrir como ventana y camino alternativo para la educación, una visión integral diversificada; particularmente fomentando el equilibrio y sincronía con la naturaleza y todos sus componentes; desde luego, incluidos nosotros, con el respeto y humildad que debe mostrar todo ser humano.
Comentarios: gibarra@uaslp.mx
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