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Familia y escuela Capítulo 71: Complejidad

Por Gustavo Ibarra Hurtado

Agosto 04, 2021 03:00 a.m.

Es de lo más común que se identifique al término “complejo”, aplicado a situaciones o elementos que son difíciles de comprender o resolver; es decir, se advierte con ello que hay cierto grado de dificultad: “… el problema es más complejo de lo que aparentaba” “… qué compleja es la relación entre mujeres; y con los hombres, ni se diga…”.

Desde luego que la aplicación del término, remite a un uso negativo y de poca o nula comprensión del suceso, fenómeno o persona a la que se le aplica; determinando que su análisis y entendimiento, conlleva de manera natural a un gran obstáculo.

Es muy probable que esta forma de entender e interpretar a la complejidad, se derive de su significado original, el cual remite, según algunos diccionarios, a que “…es difícil de comprender o de resolver por estar compuesto de muchos aspectos”

Sin embargo, para la educación y formación integral de personas, más que una dificultad, debe proveer un marco de actuación y de características a tomar en consideración, no solo por docentes, sino por todos aquellos que interactuamos con los demás, como es el caso de padres de familia, trabajadores de la salud, trabajadores sociales y otros.

Para lo anterior, para educar, la definición que plantea Morin acerca de la complejidad, cae a la perfección, puesto que la concibe como “…un tejido, complexus: lo que está tejido en conjunto …la complejidad es, efectivamente, el tejido de eventos, acciones, interacciones, retroacciones, determinaciones, azares, que constituyen nuestro mundo” 

Nunca nada está creado, fabricado, vivido o experimentado por un solo o desde un solo componente; todo tiene relación y está conformado como una gran urdimbre y trama que al combinar diferentes hilos crean una gran obra textil, como una gran pieza emergida de un telar.

Tradicionalmente se crece con la suposición que las personas deben desarrollar la función para lo que fueron preparados, como si fuera automática y única su manera de proceder; sin embargo, al tener todas las características de ser humano, de manera natural se lidia con diversas situaciones: ¿quién pudiera negar que el policía sintió alguna vez miedo al enfrentar a la delincuencia? ¿quién podría negar los nervios o emoción que un maestro o un sacerdote o ministro de culto sintieron alguna vez al momento de tener frente a ellos a sus alumnos o feligreses?  o negar la alegría y orgullo que siente un padre o madre de familia al observar que alguno de sus hijos obtiene un logro. Estamos conformados por diferentes hilos, somos un tejido complejo.

Cuando se trata de la educación; es decir, de enseñar y conducir a hijos, hermanos, alumnos y demás personas, debemos de estar conscientes que están conformados por diferentes componentes y que nuestra participación en esta forma de educar solo es uno de ellos, porque además están presentes los medios de comunicación con las redes sociales, los pares y amigos que los rodean, las diversas experiencias que cada quien vive y muchos otros factores que intervienen.

Un ejemplo claro de que no siempre se aprecia esta “complejidad” se da en la escuela, en donde tradicionalmente, se tienen separados los ámbitos del conocimiento, crecemos y transitamos académicamente creyendo que las matemáticas son diferentes a la biología y las ciencias, a su vez, desligadas de la historia y la educación física y así de las demás materias; pero una vez que estamos “acá afuera” enfrentando la realidad, nos damos cuenta que nunca debieron separarse y que todo va unido, en efecto, como un gran tejido.

Si de adultos, nos damos algunos minutos para reflexionar acerca de los elementos que nos han constituido y que han intervenido para crear lo que ahora somos, nos daremos cuenta perfectamente de nuestra complejidad; de todas esas cosas, experiencias, enseñanzas que de forma positiva o negativa han ido fabricando nuestra personalidad y que, en efecto, seguimos día a día construyéndola; apreciaremos de mejor manera que a quienes pretendemos enseñar debemos de hacerlo de un modo integral.

Tenemos entonces que, la enseñanza del maestro es igualmente importante y de gran influencia como la del abuelo o la de los padres de familia; que los contenidos de una materia escolar son tan relevantes como los aprendidos en casa para realizar labores del hogar; que los valores y experiencias vividas en un grupo escolar son tan influyentes en nuestra personalidad como las experimentadas con la familia, en la calle, en una cancha deportiva, en un recinto religioso o hasta en una pantalla de celular o de computadora.

Somos un gran telar, nuestra vida es un gran telar y el vivirla es el hilar y tejer; en muchas ocasiones no nos damos cuenta que estamos conformados por “diferentes hilos” tejidos en cada uno de nosotros con diferente manufactura; en algunos casos el tejido es fino, limpio y claro; en otros, es amontonado, poco claro, lleno de bordes irregulares; para otros más, estos tejidos están conformados por hilos de diferente grosor, color y textura y la manera en que están entrelazados no es siempre de la misma forma; incluso, el tejido no es siempre constante, ni mucho menos permanente, porque lo vamos desechando y reelaborando día tras día, hasta que llegue el tiempo de realizar la última puntada y pongamos el nudo final a esa gran obra artesanal, que es nuestra vida.

Comentarios: gibarra@uaslp.mx