Familia y escuela Capítulo 84: Enseñar la muerte y su proceso
México es conocido mundialmente por su forma de celebrar a la muerte; la manera en que, mística, festiva y hasta burlonamente nos manifestamos ante ella.
Debido a nuestras raíces culturales, podemos advertir que ya desde antes de la llegada de los españoles se tenía una divinidad y un lugar como el destino de los muertos; representado el primero, en Mictlantecuhtli (señor del reino de los muertos) y el Mictlán, como ese inframundo o lugar a donde se dirigen.
Ya colonizado y evangelizado el país, el paso del tiempo y la mezcla de costumbres y tradiciones multiplicó la riqueza cultural y resultó en ceremonias extraordinarias, llenas de magia y color, provocando que en diferentes zonas del país, literalmente resulte imposible encontrar alojamiento los días en que celebramos todos los acontecimientos relacionados con esta festividad, sobre todo en lugares en donde el turismo nacional y en su mayoría extranjero, asisten a presenciar y convivir con la gente, sus celebraciones y rituales.
Solo por mencionar algunos, tenemos los casos de la región Mixteco Zapoteca de Oaxaca, la región lacustre de Michoacán y la región Huasteca; en todos ellos, las muestras religiosas y gastronómicas son notables, además de todas las manifestaciones folklóricas de danzas, desfiles, vestuarios y más; y para el caso del estado de Aguascalientes, con su característica “catrina” y los versos llamados “calaveritas”, éstos dos últimos ya difundidos como patrimonio nacional.
Nuestras tradiciones nos llevan a convivir con nuestros difuntos, a abrir ese portal que une ambos mundos y bien sea en nuestros hogares o en el lugar donde descansan sus restos, compartir los alimentos y recuerdos.
A diferencia del motivo tétrico que envuelve el festejo denominado: “halloween”, el carácter que presenta el día de muertos en México es festivo y envalentonado hacia la figura de la muerte como personaje femenino; manifestado con las diferentes formas de nombrarla: “la huesuda” “la calaca tilica y flaca” “la que me pela los dientes” “esqueleto rumbero” “la blanca” “la santa” y muchas más.
De igual manera, nuestro lenguaje florido hacia el morir, queda manifestado de múltiples formas: “se petateó”, “ya felpó” “ya chupó faros” “trabajará de minero” “se lo cargó el payaso” “ya colgó los tenis” “se lo llevó la huesuda” “no cargará los peregrinos” “ya caducó”, entre otras más y que denotan la forma pícara que se usa para nombrar este hecho.
Sin embargo, la verdad es que por muy festivos y envalentonados que la celebremos, ¡en el fondo le tememos!; tenemos miedo a que “llegue nuestro momento” o el de un ser querido; a esa soledad que se genera, tanto para los que nos vamos como para los que se quedan, tenemos temor al “ya no ser” y al “ya no estar”; pánico al “ya no convivir” con la persona o personas amadas, a dejar de verlas, oírlas o tocarlas.
Es terrorífico el pensar a la gente que amamos dentro del proceso de degradación biológica que enfrentan todos los seres vivos al fallecer; lo mismo que le pasa a una flor al marchitarse, a una fruta al podrirse o a un animal al quedar tirado sin vida y descomponerse; por eso Edgar Morín comenta: “el hombre es el animal que entierra a sus muertos”; obviamente el comentario obedece a la ruptura que biológicamente se da entre la vida y la muerte; a esa convicción religiosa, cultural, física, social, psicológica y hasta metafísica, de creer que la persona que depositamos en su sepultura, se conserva así, como la concebimos y apreciamos en vida, omitiendo el terror que supone la descomposición de su cuerpo.
Resulta evidente que, ante el temor que genera este suceso natural, en las escuelas, familias y en general en los medios de comunicación, no se enseñe a la muerte; me refiero, no a su figura y nombre, ni a su masificación televisiva y peliculesca en forma degenerada hacia el terror; sino al proceso de morir.
Enseñar la muerte, el comentar este hecho de forma natural, implica dar continuación de lo que en las escuelas y familias se explica del nacer: como producto de la reproducción a partir de dos células; desde el inicio de la vida, éstas van muriendo y siendo reemplazadas, de forma tal que nuestro cuerpo es totalmente nuevo a un ritmo de cada dos años; por lo que un individuo que cumple la edad de 80, ha reemplazado su cuerpo enteramente cuarenta veces.
El morir se explica entonces, precisamente por esta sustitución celular, la cual, al ir avanzando la edad, ya no se reemplazan al mismo ritmo ni con la misma calidad, provocando que en determinado momento algunos órganos del cuerpo fallen, sobreviniendo la muerte.
El ser declarado “muerto”, no es otra cosa que el inicio de un proceso; dado que, sólo se ha detenido el funcionamiento del corazón, pulmones y gradualmente las funciones cerebrales; porque, el resto de las células del cuerpo siguen vivas, pero al dejar de ser alimentadas, van lentamente perdiendo su capacidad de reproducirse; hasta que finalmente, tiempo después, también mueren.
Al llegar este final, la sabiduría popular afirma: “… háblale, todavía te escucha” y la ciencia lo confirma: el último sentido en desaparecer ante la inminencia de la muerte es el oído.
Sin duda, enseñar la muerte es todavía un tabú, el cual es comprensible que exista y se haya mantenido casi en secreto, incluso sin que haya la intención de romperlo, ni de promover su difusión y mucho menos entre los niños y adolescentes, de quienes se supone “les queda mucho tiempo de vida” y “muchas cosas por experimentar y conocer”.
Incluso, el negarse a enseñarla, no obedece solamente a evitar hacer apología del suicidio y de la muerte asistida; sino que, de forma inconsciente es manifestación de “huirle y esconderse”, no vaya a ser que nos visite y nos toque acompañarla.
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