Familia y escuela Capítulo 132: Inclusión: La tortuga, el conejo y el changuito
En México, lo mismo que en otros paises latinoamericanos, provenimos de una raigambre evolutiva que combina la mezcla de habitantes de pueblos originarios con la irrupción de múltiples razas llegadas de otros continentes, provocando un mestizaje con europeos, asiáticos, africanos y más.
El resultado de esa mezcla se encuentra reflejada en nosotros de forma fisiológica, psicológica y sociocultural; basta con voltear a vernos: características corporales diferentes con distintos tonos de piel, complexiones, tipo de cabello, nariz, ojos; además, el contexto en donde se habita ha influenciado creando diferentes formas sociales con sus características específicas de coexistencia.
Ante ello, no es posible hablar de “la cultura mexicana”, ni de un solo biotipo de habitante en nuestro territorio; más bien, encontramos diferentes culturas, subculturas y distintos tipos de personas practicándolas y preservándolas.
En efecto, habitantes del mismo país, pero con enormes diferencias.
En el aspecto educativo, la misma carta magna, como esa ley matriz que rige en todo México, tiene consideraciones hacia las diferencias del pueblo en donde se aplica, específicamente en el artículo 3º, manifestando que la educación impartida será inclusiva “…al tomar en cuenta las diversas capacidades, circunstancias y necesidades de los educandos…”.
Sin embargo, al analizar operativamente la educación y formación brindada desde escuelas, familias y medios de comunicación, resulta que se intenta unificar mediante un solo sistema a todos sus habitantes, como si ellos tuvieran las mismas formas sociales y culturales, estilos de vida y necesidades personales.
Es aquí donde, toda proporción guardada, cabe la metáfora de educar a tres tipos de animales: a la tortuga, el conejo y el changuito; cada uno con sus propias características y necesidades, pero habitantes del mismo bosque.
Queremos que todos avancen en sus grados escolares al mismo ritmo, de la misma forma y durante la misma edad; seguramente la tortuga estará reprobada o definitivamente no terminará el curso en el tiempo establecido, en tanto que el conejo lo hará, incluso en tiempo menor; del changuito tendríamos que apreciar que con su picardía tomará atajos para cumplir con la meta.
¿De qué forma los evaluaríamos a todos ellos? ¿con la misma prueba? es decir, ¿usaríamos el mismo método e instrumento? incluso, ¿mandaríamos traer un organismo o prueba externa “estandarizada” de otra región fuera del bosque, con el riesgo de que desconozca nuestras características?
Como ha abundado en algunos “memes” en las redes sociales del ámbito magisterial acerca de la evaluación: la prueba que les aplicaríamos consistirá en subirse a un árbol, para lo que nuevamente la reprobada seguramente sería la tortuga, teniendo además las etiquetas de “fracaso escolar”, “incapaz”, “ineficiente”, “burra” y demás adjetivos denostativos modificando radicalmente su vida personal y su futuro profesional, incluído con la culpa a sus maestros por no haber desarrollado bien su labor; por su parte el conejo, brincando llegaría a alcanzar alguna parte del tronco del árbol, seguramente obteniendo la mínima calificación y pasar al grado escolar siguiente “de panzazo”; por su parte el changuito, realizaría la acción de lo más fácil, porque le es inherente esa actividad a su entendimiento y contexto, obteniendo las mejores notas y comentarios superlativos de excelencia académica.
Insistir en educarlos y formarlos de manera tal que resulten como producto de un molde, del cual emergan de manera idéntica, logra un efecto de exclusión social contundente; pero aún más importante, un golpe muy fuerte a su autoestima al hacerles sentir marginados de lo que la sociedad ubica como parámetros “normales” y necesarios para desarrollarse exitosamente.
Educar inclusivamente, exige el conocimiento de las características del hijo, alumno o grupo en su específica dimensión personal y situación contextual, para darle el justo significado y resultado de su proceso formativo.
Todos somos diferentes, así que ¿Cuántas personas y grupos sociales conocemos que les haya pasado lo mismo que a la tortuga, el conejo y el changuito?
Comentarios: gibarra@uaslp.mx
no te pierdas estas noticias



