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Familia y escuela Capítulo 163: Educación ineficaz e ineficiente

Por Gustavo Ibarra Hurtado

Mayo 24, 2023 03:00 a.m.

A

Se ha conferido casi por decreto laboral, social y cultural el hecho de que quien tiene como misión el enseñar y transmitir todos los conocimientos que la misma sociedad ha establecido y decidido elegir como fundamentales y básicos son los denominados docentes, con todas sus diferentes formas de nombrarlos: maestros, mentores, profesores o pedagogos.

Han sido considerados como piezas clave en la reproducción de la cultura y la base insustituible para la difusión, adquisición y práctica de conocimientos científicos, los cuales se consideran que toda persona debe aprender, de manera gradual, hasta llegar a dominar la técnica o profesión con la que se desempeñará laboralmente en sociedad.

De igual manera, son considerados como alumnos, pupilos o discentes a aquellos que asumen el rol de aprendices, quienes tienen que cumplir con la normatividad escolar y acreditar sus conocimientos por grados y niveles, para obtener un certificado, título o diploma que “garantice” que fueron educados mediante planes y programas de estudio, los cuales les brindaron conocimientos que, a final de cuentas, los hacen desempeñar un puesto o actividad remunerada.

Esta dupla de maestros y alumnos son los actores principales que desarrollan el proceso educativo de enseñar y aprender, lo cual considero fundamental y, sin duda, una necesidad básica de toda sociedad; sin embargo, en buena medida ha sido ineficaz e ineficiente.

Este déficit que hago notar, se fundamenta en el hecho de que la escuela no puede llevar toda la carga educacional de las distintas generaciones, esperando que solo con ello se pueda garantizar el éxito y el bienestar de todos los individuos que pasaron por un aula de clases y obtuvieron un número como representación de su aprendizaje.

Tendríamos que comenzar por mencionar el caso de los miles de personas que, no obstante haber culminado sus estudios, no obtuvieron un puesto laboral para el que se prepararon y se desempeñan en otra actividad.

De igual forma, los que no tuvieron la posibilidad de cursar estudios escolarizados o, aquellos que no lograron culminarlos y que están fuera de la ecuación: “si estudias tendrás el éxito asegurado”.

Ambas situaciones, son importantes a la hora de hablar de una ineficiencia e ineficacia educativa; sin embargo, pongo énfasis en un elemento que se debe atender y el cual coloca a todos, no solo a la escuela, en situación de ser responsables del proceso educativo y asumir al mismo tiempo el rol de quien enseña y de quien aprende.

¿De qué sirve que alguien haya terminado sus estudios, incluso a nivel de posgrado en el extranjero, si a final de cuentas su práctica de valores es tan débil que, se ha convertido en un gran ladrón “de cuello blanco” o ha hecho uso del poder para corromperse? 

Me refiero a una educación integral representada, además de conocimientos técnicos o científicos, por habilidades, valores, actitudes y costumbres; fomentadas y practicadas no solo por maestros y alumnos, sino por todos aquellos que tenemos interacción social y nos desempeñamos con y frente a personas.

Se tiene que extender el proceso educativo, no solo para la obtención de un diploma, sino para fomentar todos los elementos que, mediante la práctica y el ejemplo, proyecten acciones y actitudes integrales; además de ampliar y otorgar la responsabilidad de educar desde familias, medios de comunicación, redes sociales, ámbitos vecinales, lugares públicos, grupos políticos, empresas, centros comerciales y desde luego, en escuelas.

En un sentido integral, la educación no busca solamente el obtener un número para acreditar una materia; tampoco pide que mecánicamente se repita una palabra, número o fórmula; más bien, se persiguen elementos tanto o más valiosos que los contenidos científicos de una clase o cátedra, elementos que brindan seguridad en las acciones que se emprenden, con la generación de la autoestima equilibrada, creatividad y resiliencia al asumir retos y, sobre todo, la práctica y fomento de valores.

Tarde que temprano, estas prácticas integrales se tendrán que usar al tomar decisiones importantes, las cuales están muy distantes de una fórmula científica; decidir acertadamente ante el ofrecimiento del consumo de sustancias nocivas, actos de corrupción y violencia, actitudes de empatía o prepotencia, escenas y contenidos morbosos o poco saludables en internet y una larga lista que no hace más que recordarnos que su presencia y predilección, muestra la ineficiencia e ineficacia del proceso educativo, pero al mismo tiempo, la necesidad de ampliar los horizontes del mismo.

El proceso educativo integral nos corresponde a todos, a ti y a mí, seamos o no docentes, nos paguen o no por ello; estar conscientes de esta responsabilidad sin duda acortará distancias ante el déficit que existe en la educación. 

Comentarios: gibarra@uaslp.mx