Familia y escuela Capítulo 46: El tiempo (V)
Cuando hablamos del “tiempo pasado”, resulta de lo más normal suponer e imaginar algo remoto, antiguo, lejano y ya irrecuperable; como si el presente en el cual nos encontramos, tuviera, en retrospectiva, una gran fila de acontecimientos que vivimos y que están destinados a quedar olvidados, entre más se van alejando.
Sin embargo, el tiempo pasado tiene su origen en el mismo instante que estamos viviendo el presente; si vamos caminando, al dar el siguiente paso, el pie que quedó detrás ya forma parte de ese “antes” y que lentamente comienza su viaje en retroceso en el tiempo.
Muchos de los hechos y acontecimientos que “retroceden” y que se van quedando a lo largo del camino, en la gran mayoría de los casos, se van diluyendo y van ocupando los últimos lugares en la memoria remota de las personas, sobre todo si son acciones poco relevantes para el individuo, hasta que finalmente, por la falta de traerlos al presente como recuerdos, terminan por olvidarse.
Ya la sabiduría popular y hasta las máximas de algunos pensadores, se han encargado de cobrar las facturas del pobre uso que se hace de los acontecimientos pasados: “el hombre es el único animal que se tropieza dos veces con la misma piedra” “quien no conoce su historia, está condenado a repetirla”.
Algunos recuerdos no son bienvenidos en el presente, nos incomodan, nos vuelven a lastimar y a doler; doblegan nuestra voluntad por dejarlos olvidados “a la vuelta de la esquina” y sin el menor recato, vuelven a aparecer descaradamente en la primera fila:
“…ese día se me ocurrió ir solo al cine, era muy joven y entré a ver el éxito de moda: el exorcista. Seguramente para mucha gente que actualmente la vea, se va a reír, pero les juro que la escena donde le da vuelta la cabeza con el gesto demoniaco, me atormentó por años; aún ahora la sueño”
En otros casos, debido a la importancia y la enorme representación simbólica que se tiene para algunos recuerdos, se les fija y mantiene siempre en el presente, como si acabaran de ocurrir; no dejamos que se vayan, los “amarramos” a nuestra cotidianidad, los evocamos constantemente y los mantenemos “vivos”, aún con el riesgo de parecer que tenemos algún desorden de nuestra personalidad o trastorno mental, porque es tan real esa presencia que volvemos a “ver” o imaginar, escuchar y hasta mantenerla ante nosotros, de manera tan real:
“…soy hijo de madre soltera, ella hizo todo lo posible por darme una carrera profesional, y aunque ya no está conmigo, nunca olvidaré su rostro y sus lágrimas de felicidad el día que en mi examen profesional me dijeron: aprobado; es más, todavía llego a sentir su abrazo, apoyándome”
Los acontecimientos ocurridos y almacenados en el tiempo pasado, más allá de ser elementos clasificados desde relevantes hasta indeseables, tal parece que están destinados a desaparecer, o definitivamente a no ser tomados seriamente para los procesos educativos, dada su subjetividad y su “poca formalidad”; sin embargo, son una herramienta muy valiosa para ser usada en la formación de alumnos e hijos.
En los momentos en que la educación formal no hacía su aparición o estaba en sus orígenes, la transmisión de los conocimientos, costumbres y tradiciones, era realizada de forma oral por las generaciones adultas hacia las jóvenes; esa forma de traer el pasado, para ser usado en el presente, se hacía de manera consciente y con un sentido totalmente formativo.
Sin embargo, hemos desechado, casi por completo, la manera en que los acontecimientos pasados nos pueden servir como forma de enseñanza; debiéramos ya tomarlos más en serio, para entender y orientar de mejor manera, a los que se encaminan apresurados hacia el futuro.
“…cómo recuerdo ese comercial en televisión: estaban sentados en la sala de su casa una pareja ya madura; él, pierna cruzada, con la corbata ya relajada, leyendo un periódico; ella, peinada con el cabello recogido y tejiendo alguna prenda a dos agujas; ambos usando ya lentes de aumento. Al fondo, por las escaleras, baja de manera apresurada un muchacho con pantalón de mezclilla con múltiples roturas, playera y cabello largo: “ya me voy pá, ya me voy má”. Los padres voltean a verlo, asomándose por la parte superior de los lentes y el papá le dice: ¿y en esas fachas piensas salir? A lo que contesta: espérame; en unos momentos más, regresa con un reproductor de videocintas antiguo y proyecta; en el video, aparecen ellos, bailando en una fiesta “setentera”, él con el cabello largo, lentes oscuros y fumando, ella con una cinta atada al cabello con el símbolo de “amor y paz” al más puro estilo “Hippie”. Al ver el video, el papá dice: está bien, vete”.
No cabe duda que en el proceso de formación, existen mil maneras de cómo usar los acontecimientos pasados, para conducir lo más pertinente posible a nuestros alumnos e hijos; ¿no es sencillo? Por supuesto que no lo es, nadie dijo que lo fuera, pero no dejemos que ese cúmulo valioso de experiencias se vaya quedando olvidado en el camino que vamos dejando detrás, condenándolo a desaparecer.
El pasado existe, ahí está, esperándonos; y de nosotros depende el considerarlo como un lastre que tenemos que ir desechando; o como un cargamento valioso, que se puede usar de impulso hacia el futuro.
Comentarios: gibarra@uaslp.mx
no te pierdas estas noticias





