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Familia y escuela Capítulo 74: Ser un número

Por Gustavo Ibarra Hurtado

Agosto 25, 2021 03:00 a.m.

Definitivamente, una persona no puede reducirse a un solo número; ser etiquetada numéricamente, equivale a describir cuantitativamente solo una pequeña parte de ella.

Una persona, un ser humano en toda la extensión de la palabra con todas sus cualidades, sentimientos, virtudes, valores, costumbres; así como sus formas de comportamiento y habilidades cognitivas y procedimentales para ejecutar acciones, definitivamente no pueden ser representadas  solamente de manera numérica; sin embargo, es impresionante la tendencia a reducirlo de esa manera.

Dicha tendencia se apoya, como era de esperarse, en fundamentos científico – metodológicos,  los cuales mediante procedimientos estadísticos demuestran objetivamente, por ejemplo: las frecuencias en las que un fenómeno social, como los robos, asesinatos, nacimientos, muertes, etc. van en aumento o en descenso; o bien, el promedio de aprobación y reprobación que los estudiantes mexicanos presentan ante pruebas internacionales;  incluso, las  mediciones hacia las preferencias electorales o de aceptación hacia un dirigente político o los niveles de pobreza en nuestro país.

Desde luego que el anunciar que se ha reducido la frecuencia y porcentaje de los delitos, poco o nada cambia la percepción de inseguridad de las personas al ir a la calle; o si se proclama que el peso va ganando terreno frente al dólar y que la deuda externa pública se reduce en algún porcentaje, poco o nada cambia la angustia de un padre o madre para conseguir el sustento diario para su familia.

Insisto: un número se queda demasiado corto en su intento de representar toda la complejidad que integra a un individuo  o a un colectivo social. 

Seguramente habrá quien defienda esta postura, argumentando que es objetiva y generalizable y que además, representa verdaderamente  a una parte de la realidad, ayudando con ello a la toma de decisiones de política social, económica, educativa y otras, que a final de cuentas impacta en lo individual.

Desde luego que el argumento anterior resulta válido e importante desde el macro contexto; sin embargo, sigo considerándolo incompleto, sobre todo cuando a nivel micro, a un ser humano se le reduce desde muchos ámbitos y situaciones sociales a un solo número.

Durante mucho tiempo para el ingreso a ciertos tipos de trabajo, era definitorio demostrar un coeficiente intelectual (CI) por arriba del promedio, lo anterior indagado mediante pruebas estandarizadas que arrojaban un número, el cual definía tu capacidad cognitiva y por supuesto, si contabas o no con el trabajo.

Los exámenes de ingreso a la mayoría de las escuelas de nivel superior, lo que hacen es realizar una selección de aspirantes, los cuales pasan por distintas pruebas, las que  arrojan como resultado individual un promedio, evidentemente numérico, pero que en un alto porcentaje privilegia las habilidades cognitivas de memorización, razonamiento lógico y de comprensión para la solución de problemas de diferente índole, entre otras.

Las pruebas para la medición del CI o de ingreso a la educación superior se aplican en individuos que tienen la presión social sobre ellos, dependiendo su futuro de la obtención de un número para acceder a estudiar la carrera de su elección o de obtener el trabajo que les brinde seguridad social y laboral; la situación se complejiza si además, sucede con personas tendientes a reflejar excesivo nerviosismo o inseguridad al ser evaluadas. 

Aspirante a una carrera profesional, 21 años: “…es la tercera ocasión que presento el examen de admisión para ser médico, la verdad me he preparado todo el año, pero al llegar a presentarlo me bloqueo…esta vez me quedé a tres décimas, ni modo, tendré que trabajar y pensar en otra carrera”

Si ese resultado no reflejó las características preestablecidas  para continuar estudios o el trabajo en una empresa, es muy probable que esa persona tuviera diversas características, tales como habilidades colaborativas para el trabajo en equipo, liderazgo, lealtad, honradez y otras más que no son reducidas a una sola calificación numérica.

Para el caso de familias y escuelas, la calificación obtenida resulta por demás importante, tal pareciera que obtener un diez es el ideal y principal objetivo que se persigue, por encima de otras características no cuantificables.

Padre de familia con hijos en nivel primaria: “…estoy muy orgulloso de Jaimito, siempre me mandan felicitar porque aparece en el cuadro de honor con puros dieces; en cambio Raúl, me da pena ajena porque saca puros seises”

Maestra de primaria, 20 años de servicio: “… siempre me he considerado como maestra de excelencia, porque desde hace tiempo que mis grupos han sacado el premio con los mejores promedios de calificación”

Afortunadamente, diversas instituciones y empresas han entendido que los conocimientos adquiridos no son suficientes, ni reflejan con entera seguridad el comportamiento académico o laboral de ellos; por lo tanto, han ampliado la gama de características para su selección hacia actitudes, habilidades, valores, virtudes y otros elementos, que aunque no son cuantificables, si son observables y de tanta o más utilidad para su desempeño efectivo.

Nuestros hijos y alumnos no son un número, son mucho más que eso y creo que lo menos que podemos hacer para formarlos, es entenderlo.

Comentarios: gibarra@uaslp.mx