Familia y escuela Capítulo 93: No me pidas que siempre sea el mismo
Tal pareciera que la educación y formación recibida en escuelas, hogares y a través de los medios de comunicación y redes sociales, tendría como plan supremo el reproducir, en parámetros generales, siempre las mismas formas, preceptos y comportamientos sociales y culturales y hasta el mismo cúmulo de conocimientos asignado a los diferentes niveles educativos.
En los hogares, mediante la inercia protectora y formativa que se procura para los hijos y todos sus integrantes; el esfuerzo es por impulsarlos a que logren llegar a los niveles educativos que la sociedad establece como “necesarios” y hasta constitucionalmente obligatorios; de igual manera, se esfuerzan por cumplir con su rol socioeconómico sufragando la alimentación, vestuario, vivienda; por brindar elementos de fe y apoyo emocional y sobre todo, la reproducción de las mismas costumbres e ideologías.
En las escuelas, el esfuerzo y principal objetivo se centra en transmitir los contenidos de los programas de estudio, intentando que todos los alumnos repitan lo mismo, en el mismo formato y con el mismo lenguaje, para comprobar que “aprendieron” y que, luego entonces, después de dejarlos “igualitos”, declararlos en el mismo nivel de conocimientos y listos para continuar o concluir sus estudios.
Es cierto que ya en algunas escuelas y programas educativos manifiestan su enseñanza integral, desarrollando su propia y específica personalidad, reforzando los contenidos con acciones y actitudes que demuestran una mejor práctica de valores; sin embargo, hasta el momento, no he visto algún caso en donde se haya aprobado el curso por no responder adecuadamente a un examen de matemáticas, aunque tenga una elevada práctica de valores.
En ambos casos, tanto en hogares como en escuelas, incluso en su contexto, se persigue la formación de un “individuo ideal”, entendido éste como aquel en quien se lograron reproducir, como un molde, las formas aceptadas socialmente, traducidas en acciones y personalidad, conocimientos y creencias, usos y costumbres y hasta la aceptación y aplicación de roles de género en los sexos que la mayoría da como posibles y “correctos”.
¿Qué ocurre si ese molde de “individuo ideal” no se logra reproducir? ¿Qué pasa si algún individuo actúa y demuestra acciones, formas de comportamiento y valores no programados y aceptados por la sociedad? Lo que ocurre es que es tachado de “inadaptado social”, traducido como aquella persona infravalorada y como un fracaso educativo y formativo de escuelas, familias, grupos y medios de comunicación social en general.
Es el caso de personas que decidieron o los forzaron a no continuar con sus estudios; los individuos que, teniendo un futuro asegurado en su profesión, deciden probar suerte en otras actividades las cuales siempre les habían atraído, pero primero cumplían los deseos de los padres de lograr esa profesión de estatus; de aquellos, aquellas y “aquelles” que deciden tomar rumbo por la vida bajo la personalidad biológica o cultural de otro sexo o género; y muchos otros ejemplos más.
¿Es acaso la función y objetivo de la educación en la sociedad, la formación de individuos acorde con un molde, que fabrique siempre los mismos individuos?
Definitivamente, si apreciamos a la educación de esta manera, estaremos confinando a todos los hogares, escuelas y medios de comunicación, como instrumentos para controlar, de una manera casi natural, las acciones y hasta las conciencias de todos los educandos.
Por el contrario, nunca como ahora, la idea de “educar para la libertad” debe estar presente, como una forma de brindar los conocimientos, habilidades y actitudes necesarias para que cada persona descubra y elija su camino de manera consciente.
Menciona Foucault: “Mi trabajo es abrir ventanas en donde alguna vez hubo muros”, en efecto, conducir a hijos y alumnos por pasillos y corredores que solo tienen la salida al final, equivale a formarlos con ese molde, el cual hemos estado cuestionando.
De esta manera, se brindan esas bases y herramientas que les deberán servir para ir por los caminos que ellos mismos vayan creando y descubriendo, equivocando y corrigiendo, avanzando y retrocediendo. La seguridad en lo que va a ocurrir mañana, nadie la tiene.
La educación entonces, no debe procurar la creación de “individuos ideales”, todos con el mismo corte y con el mismo estilo; más bien, deberá atender a crear individuos que logren construir su propio destino, con sus propios ideales y con el conocimiento de sus aciertos y errores como característica básica del humanismo, que les permita corregir camino y aprender de ello.
La única limitante de esta libertad, estaría determinada por el respeto hacia la naturaleza y el contexto; hacia el otro, hacia el diferente, hacia el que no piensa, vive y actúa igual que yo.
El éxito de toda empresa y aventura educativa, radica entonces, en descubrir y potenciar la diferencia y especificidad de cada persona; de conducirlos hacia lugares no determinados por otros, sino por ellos mismos.
El padre y madre de familia, deben estar contentos de haber cumplido su misión formativa con el apoyo brindado a sus hijos, ayudándolos a que día a día, se sientan y sean diferentes.
Los maestros y maestras, deberán considerar cumplida su misión, no solo con haber vaciado íntegramente en cada alumno el programa de estudios; sino, además, con haber colaborado en propiciar en ellos la búsqueda de sus propios horizontes; y de apreciar que no solo son diferentes personas por haber contestado de mejor manera un examen de matemáticas, sino porque, además, ahora muestran y actúan cada uno de ellos con mejores valores y actitudes.
Con justa razón, el mismo Foucault menciona: “No me pregunten quién soy, ni me pidan que siga siendo el mismo”
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