Fenixidad
Iniciamos un año nuevo y siempre es dable pensarlo como un tiempo de renovación de la esperanza para sortear el futuro... pero mirando al pasado para contrastarlo con el presente, precisando que no se trata de una mirada lineal o del pasado como simple sucesión de hechos, sino de un pasado epocal, como el de los gobiernos neoliberales que ofrecieron saltos a la "modernidad" y terminaron en meros brincos al vacío, dejando un país con graves rezagos que solamente un gobierno con una visión distinta podría revertir. No es exagerado plantear que de ese saldo "modernizador" de gobiernos neoliberales resultaron, por ejemplo, rubros de la vida económica de los trabajadores reducidos a meras ruinas, a cenizas de las que parecía imposible resurgir pero que, sin embargo, se pudo, como lo comentamos en este espacio la semana anterior con el caso de los mineros de Cananea, Sonora, con su ejemplar lucha de resistencia y con la intervención positiva de un gobierno humanista como el de la actual transformación nacional.
Lo que interesa destacar es que, junto con la esperanza que implica, parafraseando a Gramsci, una suerte de "optimismo de la voluntad", se requiere complementar el abordaje de un "pesimismo de la razón" a partir de lo que la historia entendida como proceso "modernizador" va dejando atrás y que luego son cenizas de las que no es fácil resurgir, cual Ave Fénix en el sentido clásico-mitológico del término. Aquí nos hemos referido a lo que un autor como Walter Benjamin refirió como la necesidad de "cepillar la historia a contrapelo", no únicamente para verla pasar como una locomotora que tarde o temprano puede descarrilar, sino para generar conciencia de la necesidad de "meter el freno de emergencia" cuando parece pervertirse el proceso y destino de llegada (para el caso de su observación, del proceso civilizatorio, presuntamente modernizador pero más bien depredador). Con las anteriores consideraciones, vale señalar que el deseo-esperanza de la felicidad para la humanidad en este 2026, bien puede complementarse con lo que el pintor Gustavo Martinelli denomina como "fenixidad", como la capacidad de resurgir de las cenizas para superar etapas críticas y buscar un bienestar que no solo es personal, sino colectivo y, además, con la capacidad de resistir y superar la adversidad.
Si trasladamos lo anterior a lo que hoy sucede, por ejemplo, con la intervención estadounidense en Venezuela, puede verse que el proceso imperialista depredador se sigue asumiendo como "modernizador" cuando Donald Trump retoma la vieja narrativa de la "reconstrucción", que para el caso pretende sea el "rescate" de una dizque infraestructura local ruinosa para la producción petrolera pero que, ya se sabe, no es más que la capacidad de hacer grandes negocios para beneficio de las corporaciones trasnacionales capitalistas, cual "capitalista colectivo ideal" al que, de alguna manera, se refería un clásico (Engels) como maquinaria estatal que refuerza la explotación para el capital. Son procesos cíclicos del viejo imperialismo que luego se olvidan y que impiden mirar más allá de lo inmediato. El imperialismo sigue vivito y coleteando, como expresión de una relación asimétrica de poder económico y político entre estados en el plano internacional, pero que tampoco se explica únicamente en términos de la dependencia de un país o región sobre otro u otra, sino también con procesos internos de cada país que modelan ese tipo de relación. Por lo demás, cuando se carece de una visión política más amplia, se pierde el bosque por andarse entre las ramas. Jorge Aguilar Mora ilustra al respecto, citando a García Márquez, con lo dicho por Aureliano Buendía cuando un ayudante, consternado, le llevó un telegrama en el que sus opositores le advertían del fusilamiento de su colaborador más cercano, Gerineldo Márquez, si no se replegaba: "¡qué bueno... ya tenemos telégrafo en Macondo".
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