Gobernar es administrar la incertidumbre

Gobernar es  administrar la incertidumbre. Lejos quedaron aquellos días en donde México administraba la abundancia por decreto. El ramo 33, el 28, la partida 3000, la 1200 del presupuesto, se convierten en pequeñas capillas de un templo sagrado, mítico y usualmente lleno de nada más que las aspiraciones de quienes pretenden ser tocados por un poco de magia.  

Hay quienes llegan hincados, ofreciendo actos de contrición a priori y pagar mandas a posteriori, con tal de acceder a unas cuantas gotas del agua bendita presupuestal, a sabiendas que el manantial lleva años más seco que el río de Santiago en enero. Y los que administran, pobres sacerdotes del erario, no pueden mas que compasivamente, escuchar a los peregrinos y pedirles que recen por que vengan tiempos mejores. No, aquí ya no se administra al cuerno de la abundancia. 

Bueno sería que la incertidumbre por los dineros fuese la única. Lo cierto es que al levantarse, quienes gobiernan se despiertan junto a Penélope, que con cara de ternura, mira a quien en un momento se sintió poderoso, amo y señor de gente y territorio; para darle la noticia  que el manto que dejó tejido por la noche, lleva ya dos manifestaciones, uno con bloqueo de vía incluido; un colgado en el puente y dos incendios forestales... y eso que todavía no dan ni las siete de la mañana. 

La incertidumbre más compleja es la que ejecutan a la perfección las sirenas, porque ellas, mucho más seductoras que Sharon Stone en Bajos Instintos, logran hacer que el gobernante crea que todos caerán rendidos a sus pies y que las cosas se harán tal y como las ordenó.  Las sirenas llevan siglos de experiencia engañando mortales  y nuestra raza no se distingue  precisamente por ser la más lista, aunque creamos lo contrario.  Bueno fuera que sedujeran únicamente a las masas, a los que aplauden en los mítines y lanzan ¡vivas! por las calles. No. Las sirenas son mucho más listas que eso. Ellas se enfocan en las veinte, quizá treinta personas más cercanas, las encierran en reuniones de gabinete, comisiones mixtas intersecretariales y juntas de consejos consultivos para convertirlos en pequeños tritones que endulzan los oídos con miel, hasta taparlos para que no se escuche nada. Y así, ¿quién puede navegar en aguas tormentosas, cuando los marineros de avanzada mienten diciendo que aquello es un hermoso y calmo paisaje marino?

Administrar la incertidumbre también significa no saber cuántas mentadas de madre se recibirán al día, teniendo como única certeza que no habrá uno solo en las que falten. El silencio se convierte en premio, no las alabanzas; porque, efectivamente, aquí nadie aplaude. No se trata de esquivar el golpe, sino de hacer todo lo posible para que caiga donde menos duela o donde haga menos daño. 

Por eso, administrar la incertidumbre es saber que el carácter estará a prueba en cada momento, porque no habrá un segundo libre. Siempre se deberá lidiar con adversarios, enemigos y lo que haya en medio. Habrá que tener la humildad de San Francisco, la tolerancia de John Loke y Erasmo de Rotterdam, la firmeza de Martin Luther King y la inteligencia de Churchill para más o menos librarla. Como nadie posee al mismo tiempo y en toda circunstancia tales atributos, gobernar se convierte en tarea de locos. O de monjes budistas, entrenados a hacer de lado las pasiones,  y desear poseer su entrenada templanza.

La mejor incertidumbre (si es que tal cosa existe) quizá sea la que se viva al reconocerse perfectamente ignorante; porque nadie puede saber cómo reparar El Realito, solventar las observaciones de la Auditoría Superior de la Federación, negociar las iniciativas de ley en el congreso, mediar entre el comercio establecido y el ambulantaje y, bueno,  ni siguiera cómo comprobar viáticos en zonas donde no hay un solo establecimiento que facture.  Se puede, ciertamente, saber algo, pero no todo,  ni  mucho menos todo el tiempo. 

Por tanto, para gobernar se necesita tener el ego saludable y acercarse a quienes son más listos, a quienes están mejor preparados, a quienes llevan años entrenándose en áreas específicas; hacer caso a los técnicos, escuchar todas las opciones y optar por lo más útil, que no necesariamente será lo más popular.  La clave está en gobernar con quien posea pequeñas certezas y armar, como si  fuera rompecabezas, un panorama donde, por lo menos, se disminuyan las posibilidades de fracaso. Así, los egos frágiles no resisten el  ejercicio de gobierno porque habrá que reconocer que hay gente más inteligente, más preparada que uno. Los egos inflados como globos de Cantoya terminarán eventualmente ardiendo en su propia combustión.

Administrar la incertidumbre es dominar el arte de tragar sapos vivos mientras se sonríe y hasta agradecerlo con abrazo que incluya sonoras palmadas en la espalda y besos en los cachetes; porque cada día será caminar dentro de un pantano de suelo incierto donde no habrá nada más que comer.  Quien espere lo contrario está engañándose o pecando de optimista. 

México no se gobierna porque es indomable. México, a lo mucho, se administra y lo que se administra no es nada más que la incertidumbre.