¿Hacia dónde va el poder?
Esa, es la pregunta a la que toda persona interesada con la dinámica funcional del Estado, debería de buscar respuesta: ¿Hacia dónde va el poder? Lo que en ciencias políticas llamamos “Los Tiempos Políticos”, nos invitan a buscar y encontrar una respuesta a esa enigmática y compleja pregunta. En este marco, no quisiera entrar o perder tiempo con los debates inútiles, vacíos y al límite tediosos sobre ¿qué es el poder? En San Luis Potosí, como en muchas otras regiones del país, el poder se encuentra en un proceso de redefinición profunda, ya sea por los/las que lo poseen, así como por los/las que lo quieran conquistar y arrebatar. Esto significa que el poder ya no es una estructura monolítica ni un privilegio que se hereda entre élites políticas tradicionales. Hoy, el poder se discute, se gana, se arrebata, se disputa, se conserva y se pierde. Es móvil, híbrido y está en juego. La gran pregunta no es solo quién lo tiene en San Luis Potosí, sino ¿hacia dónde va? y con ¿qué legitimidad se puede conservar o arrebatárselo al que se emplea por confiscarlo? En este proceso, actores políticos, sociales, profesionales, académicos y líderes de opinión moldean una nueva cartografía del poder local.
Durante años, San Luis Potosí fue terreno fértil para los pactos verticales y las hegemonías partidistas. Sin embargo, el actual contexto es otro. La política potosina ha entrado en una etapa de pluralismo forzado, donde ningún actor tiene ya el control absoluto del poder, más allá de algunas apariencias populistas. Lo electoral se ha vuelto insuficiente como indicador de autoridad. La ciudadanía observa, juzga y castiga con una velocidad inédita. En este entorno, los partidos políticos luchan por adaptarse, pero muchas veces lo hacen de forma reactiva, buscando fórmulas que repiten viejas lógicas de poder en un escenario que ya cambió.
Los actores sociales han cobrado un protagonismo inédito. Colectivos feministas, agrupaciones ambientalistas, organizaciones comunitarias y asociaciones civiles han demostrado que el poder también se construye desde la calle, desde las redes y desde la acción directa. No ocupan cargos, pero inciden en decisiones. No forman parte de la burocracia, pero condicionan políticas públicas. Lo más importante: muchas veces poseen una legitimidad social que los funcionarios no logran alcanzar.
En paralelo, el sector educativo y profesional empieza a perfilarse como un espacio estratégico en la disputa por el rumbo del estado. Las universidades, más allá de ser centros de formación, se han transformado en semilleros de pensamiento crítico. Académicos y estudiantes comienzan a participar en debates públicos, a emitir posicionamientos, a defender causas. También los colegios de profesionistas, desde sus ámbitos técnicos, buscan cada vez más incidir en temas urbanos, ambientales y económicos. La técnica, cuando se articula con vocación cívica, también se vuelve política.
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Los líderes de opinión (columnistas, periodistas, analistas, comunicadores digitales) ocupan hoy un lugar central en la construcción de la retórica pública sobre el poder. En una era de saturación informativa, quien logra interpretar la realidad con claridad y ética gana poder real. La opinión se ha vuelto arma, pero también puente. Y es desde ahí que se libra una batalla por los significados: ¿Qué es progreso? ¿Qué es justicia? ¿Qué es desarrollo? Quien defina esas respuestas no solo comunicará, también gobernará desde la narrativa.
Este contexto también ha traído consigo tensiones nuevas. Por un lado, emergen liderazgos genuinos que buscan transformar la realidad desde el trabajo colectivo, con propuestas claras y visión de futuro. Por otro, subsisten los intentos de cooptación, simulación y reciclaje político. La cercanía con la ciudadanía se vuelve una moneda de cambio, muchas veces fingida, para legitimar proyectos personales que poco tienen de transformadores. La disputa por el poder, entonces, se juega tanto en lo visible como en lo simbólico.
San Luis Potosí se encuentra en un momento clave. Las próximas elecciones, pero más aún, los próximos movimientos sociales, empresariales y educativos, marcarán el camino que tomará el poder en los años venideros. Las nuevas generaciones ya no toleran liderazgos autoritarios ni discursos vacíos. Quieren participación real, transparencia y congruencia. Quieren un poder que escuche, pero también que sepa decidir con visión ética y técnica.
El poder que viene no habrá de ser lineal tampoco exclusivo; tendrá que ser compartido, negociado y cuestionado. Quienes pretendan ejercerlo deberán entender que no basta con ganar una elección o controlar una estructura. Deberán construir legitimidad desde la escucha, la coherencia y la cercanía. Deberán rendir cuentas, no solo ante las instituciones, sino ante una sociedad que ha aprendido a vigilar, a exigir y a participar. De no hacerlo, el poder que obtengan será frágil, fugaz e irrelevante.
En conclusión, el poder en San Luis Potosí está en tránsito; tránsito que puede ser dicotómico; puede ir del status quo (establishment) hacia el mismísimo status quo (establishment); puede ir de “las cosas como están”, hacia “las cosas como quisiéramos que fueran”. No tiene un destino claro ni un dueño asegurado. Pero sí tiene múltiples caminos posibles. La ciudadanía, la academia, los profesionales, los movimientos sociales y los medios, tienen en sus manos la posibilidad de orientar ese poder hacia una transformación genuina, incluyente y democrática. La pregunta “¿hacia dónde va el poder?” sigue abierta, y la respuesta no será escrita por una sola persona, sino por tod@s. Dependerá de nuestra capacidad colectiva para imaginar un mejor futuro y atrevernos a construirlo.
Profesor-Investigador
FCA-UASLP
louis.mballa@uaslp.mx




