Hacia los centenarios

Este año, en septiembre, se conmemora el centenario de un escritor nacido en 1918, al pie de un volcán, y a propósito quisiera compartir aquí algo de lo que escribí hace tiempo sobre él, con la invitación a leerlo. Vaya también la invitación a leer a otro, nacido en 1922 e hijo del desierto potosino. El primero murió en 2001 y éste en 1999.
A pesar de lo que se diga de la televisión (y que la mayoría sea verdad), en mi infancia hubo programas en los que conocí a quienes llegarían a ser referentes de vida: Ricardo Garibay, María Luisa “la China” Mendoza, Luis Spota, Otto Raúl González, Arrigo Cohen, Alejandro Aura…

Hubo dos figuras que mucho tendrían que ver con mi desarrollo personal y profesional. Uno era delgado, con corbata de moño y bastón, la cabellera blanca como lanzada a los cuatro vientos, y mucho tiempo con los ojos viendo hacia arriba, mientras contaba sobre libros, viajes, lugares. El otro era gordo, colorado, a veces lo entrevistaban sobre libros y poesía, y en la temporada navideña conducía un programa de televisión para juntar dinero para familias y niños pobres o enfermos.

Lo primero que leí de ellos fue, respectivamente, “Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos” y Vida, pasión y muerte del mexicano. Juan José Arreola y Joaquín Antonio Peñalosa. Cada uno en su dimensión, han formado y enriquecido a muchas generaciones.

Ambos son escritores universales con su dote “regional”. Aunque Juan José Arreola recoge modismos y cultura popular de su región, es un ejemplo de que las clasificaciones sólo funcionan en los usos académicos y que la creación literaria no puede ser encajonada en géneros o lugares. Regionales fueron Whitman, Rulfo o Joyce, y también los más universales.

Arreola se fue a la ciudad de México, pero el padre Peñalosa se quedó en su tierra natal, donde fue párroco y vocero del arzobispado en las tradicionales conferencias de prensa de los miércoles. Ambos eruditos, pero gustosos del habla popular, ambos en la búsqueda de un lenguaje universal.

La fuerza animal del mundo los llevó a explorar la fantástica zoología de que goza o puede gozar el mundo, así sea en su imaginación. Ejercicios para las bestezuelas de Dios es el libro en el que Peñalosa se hermana con sus no siempre semejantes y hace votos de sencillez franciscana. Pero también hace votos de crear “El zoológico total”, y crea alabanzas a la hermana televisión y su poesía completa se reúne en el volumen Hermana poesía. Arreola nos legó su genial Bestiario, poemas en prosa o prosas poéticas donde el asombro por la naturaleza y sus criaturas.

¿Falsa modestia? Hay quien dice que todo escritor debe conocer sus límites. Arreola dejó de escribir pero siguió haciendo literatura en los medios, en las aulas. Las recopilaciones de sus pláticas y entrevistas son un campo infinito para abrevar en las culturas de México y el mundo.

Peñalosa hasta su muerte nos convidó con sus cápsulas de reflexión y literatura en un canal de televisión local. Llamadas “cinco minutos de felicidad”, sus intervenciones se volvían de diez, quince minutos de conocimiento.

Peñalosa escribió: “Me cuesta mucho escribir lo que sea. Soy hijo del desierto, de este árido altiplano potosino donde una rosa apunta un milagro […] Escribir un poema duele. Dichosos los que gozan al crear. Mi pequeño grano de trigo sabe de sepulturas, de cribas y de hoces. Noche oscura, llama de amor viva”.

En tanto, Arreola dijo en algunas entrevistas: “A mí no me interesan más que los poetas imposibles porque, aunque yo haya dejado de escribir en verso, y también en prosa, sigo creyendo en todas las cosas que podría hacer si me pusiera a hacerlas. […] Toda poesía verdadera es imposible [...] llegué a la abstención total, porque acabé también por decir: toda literatura es baldía como la tierra gastada, pero podemos recuperar algunas porciones si las habitamos realmente con el espíritu, a pesar de la erosión permanente del lenguaje”.

También la religión los hermanaba y en ambos los dilemas éticos o morales siempre eran planteados como referencia a lo divino. Ambos se asumieron como Adanes (Juan José uno “que sueña en el paraíso” pero siempre se despierta “con las costillas intactas” y Joaquín Antonio canta a las cosas leves) y se sabían en una época que presagiaba el apocalipsis; “rogad a Dios por él. Nació en un tiempo malo”, escribió Juan José en “Epitafio” y Joaquín Antonio se peguntaba “¿Qué haremos ahora sin niños y sin sueños?”

Arreola y Peñalosa, cada uno en su tono, hablaban con Dios de tú a tú, como carne que eran, conscientes de la naturaleza que los rodeaba. El jalisciense recibió una carta de la divinidad (“El silencio de Dios”) y ésta le dijo: “Quiero que veas al mundo tal cual yo lo contemplo: como un grandioso experimento… Hasta ahora los resultados no son muy claros…” El potosino entrevistó a Dios en El ángel y el prostíbulo y esto le contestó a su pregunta sobre qué es lo que más le divierte de los hombres: “Que se aburren de ser niños por la prisa de llegar a adultos y luego suspiran por regresar a niños. Que primero pierden la salud para tener dinero y en seguida pierden el dinero para recuperar la salud. Que de pensar ansiosamente en el futuro descuidan su hora actual, con lo que ni viven el presente ni el futuro. Que viven como si no fueran a morirse, y se mueren como si no hubieran vivido...”

Los dos fueron seres mediáticos, usaban la comunicación ante cámaras y micrófonos como pocos seres de esos que dominan la pluma o el teclado. Peñalosa tal vez menos, pero me imagino lo feliz que sería Arreola twiteando y actualizando su perfil en las redes sociales, contándonos historias y sueños maravillosos en su blog.

Y ambos admirados escritores, que deberían conocerse más no sólo en círculos académicos o literarios, comentaban el año 2000 como la cifra mágica, sabiendo que era un año de transición por su edad avanzada. Los hermanaba la esperanza. Peñalosa hizo su “Testamento para abrirse en 1999” para quienes vivieran esa última noche del siglo; en ese poema el líder de la asamblea decía: “Bienaventurados /los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados. /Por las ventanas entraban gritos: feliz año nuevo”. Arreola escribió “Alarma para el año 2000” (en Bestiario), donde todo desaparece y donde concluye: “No hay más remedio que amarnos apasionadamente los unos a los otros”.

Ojalá haya muchas y productivas actividades este año en honor de Arreola, y muchas otras en 2022, en memoria del poeta hijo del desierto.

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