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Heredarás la incertidumbre

Por Yolanda Camacho Zapata

Marzo 09, 2021 03:00 a.m.

A

El primer fin de semana de marzo del año pasado la vida era otra. Nosotros estábamos cantando hasta quedarnos sin voz bajo la música del piano de Billy Joel, sudando a mares junto a desconocidos en el Foro Sol. Todos nos abrazábamos como si fuésemos cuates desde siempre y ese fue el último fin de semana que sentí cerca a un extraño. Una semana después, el encierro y la incertidumbre. La vida se dividió en Antes de la Pandemia y Después de la Pandemia. 

Simples como somos, pretendemos explicar esto que experimentamos en términos duales y opuestos: antes, después; mejor, peor; bueno, malo. Supongo que es lo más sencillo para tratar de definir esta manera distinta de vivir que nos cayó de golpe. Sin embargo, como bien apunta Joseph Campbell, detrás de cada dualidad hay una singularidad integrada sobre la cual jugamos. La mayoría de nosotros hemos sido criados para entender el mundo de manera bifocal: hay que ser buenos y no ser malos. Somos divertidos o aburridos; listos o tontos. Prácticamente todas las religiones que se practican de este lado de la tierra, refuerzan la doble visión y entonces, acabamos creyendo que el mundo se divide en dos partes opuestas: negro o blanco. 

Hace un año, un minúsculo virus nos sacudió para llenarnos de matices grises. No pasábamos tiempo juntos, nos obligaron a estar en el mismo espacio. No teníamos tiempo de nada, nos frenaron la agitada vida donde corríamos de un lado a otro casi sin darnos cuenta. No descansábamos, ahí van horas en el sillón. ¿Salíamos de nuestros hogares para no volver hasta la noche? pues nos obligaron a quedarnos en casa. Y entonces, tratamos de clasificar lo que estaba pasando: ¿ha sido bueno?, ¿estoy bien? y nos dimos cuenta que por lo menos en pandemia, no ajustan las respuestas simples. No basta con un sí o un no.   ¿Estoy bien? a ratos. ¿Me siento triste? a veces ¿Estoy cansada? no como entendía el cansancio hace un año ¿Vamos a estar bien? Depende, ¿qué es bien? 

Lo cierto es que de siempre nos hemos acostumbrado a seguir fórmulas casi mágicas: haz esto y tendrás buenos resultados. Estudia y conseguirás un buen trabajo. Sé bueno siempre(como si fuera posible)   y te irá bien en la vida (cómo no…)

No me malentienda, lectora, lector querido. No se trata de relativizar valores que en definitiva ayudan al buen tránsito en la vida comunitaria; se trata más bien de hacerlos más reales. Santos, los ángeles y párele de contar. Buenas, las intenciones, que no son iguales que las acciones. En fín, que si algo hemos de entender, es que por más maravilloso que sería, no somos piezas de ajedrez moviéndose en un tablero cuadriculado en blanco o negro. Lo nuestro, la vida, viene en fantásticos, geniales y complejos matices grises. Más vale que lo entendamos. 

¿Alguna vez sus hijas e hijos  pequeños, les han preguntado si se van a morir? Supongo que sí y supongo que también han sentido la innegable tentación de responderle que no, que no nos vamos a morir nunca, que ahí estaremos a su lado para siempre. Pero no. Sabemos que moriremos, pero es más sencillo mentir. Sin embargo, quizá es momento de fijar certezas, pero de educar en la incertidumbre y para la incertidumbre. Decirles y decirnos que por más que queramos, habrá momentos, muchos momentos, en donde no cabrán los absolutos, en donde la única manera de disfrutar la vida, será aquella en donde aprendamos a nadar entre isla e isla; en donde deberemos de aprender a caminar entre la niebla y encontrar su absoluta e indiscutible perfección. Llegará el momento donde tendremos que ser honestos con nuestros hijos e hijas y con franqueza decirles que heredarán la incertidumbre. Porque en ella, lectora, lector querido, en ella está la belleza.