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En poco menos de 90 días los hechos confirmarán o desmentirán lo que hoy son vislumbres producto de la siempre volátil percepción: los partidos Revolucionario Institucional y de la Revolución Democrática están en peligro de desaparición.
No se esfumarían, llegado el caso, como si una bomba nuclear los borrara de la faz de la tierra. No, desaparecerían al ser engullidos por un pez mayor que hoy se llama Morena.
De hecho, los mexicanos ya fuimos testigos de un proceso similar: el que en tres años desfondó al PRD por obra y gracia de Andrés Manuel López Obrador, para nutrir a su nueva y muy propia formación política oficialmente denominada Movimiento de Regeneración Nacional. Baste un dato: en 2012, cuando AMLO compitió por la Presidencia de la República con las siglas del PRD, en la elección de diputados federales ese partido obtuvo en todo el país el 18.36 por ciento de los votos.
Tres años más tarde, en 2015, en comicios similares el Sol Azteca a obtuvo el 10.83 por ciento y Morena, que participaba por primera vez (había obtenido su registro apenas en 2014), se llevó el 8.37.
Ese desangramiento de la militancia perredista se agudizó en las elecciones estatales que hubo en 2016 y 2017 (en el Estado de México Morena sacó el doble de votos que el PRD), lo que explica perfectamente por qué para los comicios de este año el de la Revolución Democrática no titubeó en formar parte de esa extraña coalición con el PAN: es una jugada de supervivencia.
Dicho de otra forma, los del Sol Azteca aceptaron ir de socios minoritarios con el PAN porque saben que de haber ido solos o cuando mucho con Movimiento Ciudadano, corrían el riesgo de extinguirse o volverse marginales en las urnas con porcentajes de votación que rondarían el 6 por ciento.
Volviendo al punto inicial de esta colaboración, siempre conscientes de que las campañas llevan apenas una semana y todo puede pasar en los 87 días que faltan para las elecciones, lo previsible es que si Morena gana y el PRI (con todo y el Verde y el Panal de aliados) termina la competencia en el tercer lugar, va a ser un bocado muy apetitoso y fácil de engullir para López Obrador. Sabe cómo hacerlo, le gusta hacerlo y, al final del día, su ADN es priísta. No deja de ser interesante el dato de que el único candidato(a) presidencial en esta contienda que alguna vez ha militado en el PRI es precisamente AMLO.
Independientemente de que su eventual triunfo lo dotaría de inmensos recursos de todo tipo para emprender cualquier operación política de largo aliento, lo que es innegable es que AMLO es esencialmente un político de masas; un político que gusta de los baños de pueblo y se comunica fácilmente con la gente; un auténtico Zoon Politikon expansivo e invasivo. Con esas características acreditadas ¿resistiría la tentación de dar forma a un nuevo partido -sea que se siguiera llamando Morena o cambiara de nombre- que fuera el hegemónico a nivel nacional durante las siguiente décadas?
Habrá quienes puedan estar pensando que ya en el 2000 el PRI perdió la Presidencia y doce años después resurgió con la fortaleza suficiente para recuperarla. Frente a esta reflexión válida de entrada, habría ahora circunstancias que permiten prever como inviable una recuperación semejante. La primera, que ni Vicente Fox ni Felipe Calderón se propusieron nunca la extinción del tricolor, sea porque no quisieran o porque no supieron cómo hacerlo. Y segunda, al abandonar la Presidencia de la República el PRI mantuvo una fuerte presencia territorial con 20 gobernadores, varios de ellos al frente de las entidades con los mayores padrones electorales, excepto el entonces Distrito Federal. Quizá el factor determinante es la diferencia abismal en las capacidades de operación y dedicación política de AMLO frente a Fox o Calderón.
En la perspectiva de que una vez más el Revolucionario Institucional perdiera el poder federal, al día de hoy cuenta con solamente 14 gobernadores y todo apunta a que si bien le va saldrá con uno menos de las elecciones de julio, con el agravante de que la entidad que estaría perdiendo es Jalisco, el cuarto padrón más grande del país. Obviamente, su presencia territorial se vería muy disminuida, y la capacidad operativa para desfondarlo de López Obrador sería muy superior y tendría motivaciones más profundas que las de Fox o Calderón.
En síntesis, si Andrés Manuel gana la elección y el PRI termina en tercer lugar, es muy previsible que lo que sobre del Revolucionario Institucional y del PRD pasen en un plazo breve a formar en las filas de Morena. Si ese escenario se da, lo más probable es que a los desamparados priístas y perredistas ni siquiera los tenga que ir a buscar AMLO: solitos irían corriendo a sus brazos. Son esencialmente de los mismos; egresados del PRI.
De hecho, lo que ocurriría sería el espectacular resurgimiento del viejo PRI, cual Ave Fénix, con otro nombre, con el estilo de los 70s y con una dirigencia fiel al estilo de la casa y una militancia abrumadoramente mayoritaria para lo que se ofrezca. En tres meses hacemos cuentas.
¿Y si gana Ricardo Anaya con su coalición PAN-PRD-MC? Esa sería otra historia sobre la que podríamos especular en fecha posterior.
EL EFECTO LOCAL
Si el hipotético escenario descrito en los párrafos anteriores se cumpliera, los principales damnificados en estas tierras no serían tanto el PRI y el PRD como el PRI y el Gallardísmo. Me explico.
Esa versión tan autóctona y singular del perredismo que aquí conocemos como Gallardísmo, se ha enraizado y expandido nutriéndose de dos fuentes principales: el estilo populista y eficaz de sus principales cabezas, y el amarre sólido y bien aceitado con una de las dos principales tribus, del perredismo nacional (ADN de Héctor Bautista) que siempre que fue necesario les abrió las puertas de la Secretaría de Gobernación de Osorio Chong y les facilitó arreglos libertarios. Una veta adicional del fortalecimiento gallardista en diversos rumbos del estado estos últimos años ha sido la dejadez, la incuria, la incompetencia y hasta la deslealtad con su partido de Juan Manuel Carreras.
El Gallardismo, en su versión de perredismo potosino sui generis, tiene ambiciones políticas obvias, naturales y visibles: Concretamente, no sé si para Ricardo Gallardo Juárez, para Ricardo Gallardo Cardona, para José Luis El Chiquis Fernández o para cualquier otro conspicuo o conspicua integrante de su bien nutrido y surtido clan endogámico, quieren la gubernatura del Estado. Quieren también que no les caiga la justicia, que no les dificulten el tránsito de sus cuentas públicas, seguir asignando obras a dedo y previo moche sin que los molesten, y que el SAT deje de estar dando lata.
¿Qué resultado en la elección presidencial les puede ser el más favorable? Sin duda el triunfo de Ricardo Anaya, siempre y cuando estén jugando limpio. Hago esta última acotación -la del juego limpio- porque si efectivamente existiera un acuerdo bajo la mesa con José Antonio Meade para ayudarle a su causa, el triunfo de éste algo les ayudaría, pero no mucho porque son especies y orígenes muy diferentes. Solamente que, ojo, el pacto subterráneo con JAM fuera cierto y ganara Anaya, entonces sí, deberían ir escogiendo a que isla remota del Pacífico Sur emigrar todo el clan, porque ese Chaparrito Pelirrojo ya ha dado muestras de ser un auténtico cabrón.
En el supuesto de que el próximo presidente de la República fuera López Obrador, el futuro político (¿y quién sabe el judicial?) del Gallardísmo sería mucho más sombrío. Pero mucho.
En una primera aproximación, puede pensarse que se incorporarían a Morena como parte de la absorción que culminara AMLO. No está fácil: los escasos cuadros de Morena en San Luis Potosí son mayoritariamente antiguos perredistas maltratados, marginados y de hecho expulsados del PRD, con malas maneras, por los señores Gallardo Juárez y Gallardo Cardona. Y aún en el supuesto de que generosamente López Obrador les abriera las puertas, no quiere decir que llegarían a su nueva casa con las mismas ínfulas, consideraciones especiales y hasta lambisconeadas que reciben en el CEN del PRD. Es decir, “Bienvenidos, pero a la cola”.
Dicho de otra manera, con el eventual triunfo de AMLO el gallardísmo/perredismo potosino deberían reducir dramáticamente sus expectativas. Bien les iría si logran terminar sin serios problemas los encargos que para entonces pudieran tener.
COMPRIMIDOS
Hasta el próximo jueves.
En poco menos de 90 días los hechos confirmarán o desmentirán lo que hoy son vislumbres producto de la siempre volátil percepción: los partidos Revolucionario Institucional y de la Revolución Democrática están en peligro de desaparición.
No se esfumarían, llegado el caso, como si una bomba nuclear los borrara de la faz de la tierra. No, desaparecerían al ser engullidos por un pez mayor que hoy se llama Morena.
De hecho, los mexicanos ya fuimos testigos de un proceso similar: el que en tres años desfondó al PRD por obra y gracia de Andrés Manuel López Obrador, para nutrir a su nueva y muy propia formación política oficialmente denominada Movimiento de Regeneración Nacional. Baste un dato: en 2012, cuando AMLO compitió por la Presidencia de la República con las siglas del PRD, en la elección de diputados federales ese partido obtuvo en todo el país el 18.36 por ciento de los votos.
Tres años más tarde, en 2015, en comicios similares el Sol Azteca a obtuvo el 10.83 por ciento y Morena, que participaba por primera vez (había obtenido su registro apenas en 2014), se llevó el 8.37.
Ese desangramiento de la militancia perredista se agudizó en las elecciones estatales que hubo en 2016 y 2017 (en el Estado de México Morena sacó el doble de votos que el PRD), lo que explica perfectamente por qué para los comicios de este año el de la Revolución Democrática no titubeó en formar parte de esa extraña coalición con el PAN: es una jugada de supervivencia.
Dicho de otra forma, los del Sol Azteca aceptaron ir de socios minoritarios con el PAN porque saben que de haber ido solos o cuando mucho con Movimiento Ciudadano, corrían el riesgo de extinguirse o volverse marginales en las urnas con porcentajes de votación que rondarían el 6 por ciento.
Volviendo al punto inicial de esta colaboración, siempre conscientes de que las campañas llevan apenas una semana y todo puede pasar en los 87 días que faltan para las elecciones, lo previsible es que si Morena gana y el PRI (con todo y el Verde y el Panal de aliados) termina la competencia en el tercer lugar, va a ser un bocado muy apetitoso y fácil de engullir para López Obrador. Sabe cómo hacerlo, le gusta hacerlo y, al final del día, su ADN es priísta. No deja de ser interesante el dato de que el único candidato(a) presidencial en esta contienda que alguna vez ha militado en el PRI es precisamente AMLO.
Independientemente de que su eventual triunfo lo dotaría de inmensos recursos de todo tipo para emprender cualquier operación política de largo aliento, lo que es innegable es que AMLO es esencialmente un político de masas; un político que gusta de los baños de pueblo y se comunica fácilmente con la gente; un auténtico Zoon Politikon expansivo e invasivo. Con esas características acreditadas ¿resistiría la tentación de dar forma a un nuevo partido -sea que se siguiera llamando Morena o cambiara de nombre- que fuera el hegemónico a nivel nacional durante las siguiente décadas?
Habrá quienes puedan estar pensando que ya en el 2000 el PRI perdió la Presidencia y doce años después resurgió con la fortaleza suficiente para recuperarla. Frente a esta reflexión válida de entrada, habría ahora circunstancias que permiten prever como inviable una recuperación semejante. La primera, que ni Vicente Fox ni Felipe Calderón se propusieron nunca la extinción del tricolor, sea porque no quisieran o porque no supieron cómo hacerlo. Y segunda, al abandonar la Presidencia de la República el PRI mantuvo una fuerte presencia territorial con 20 gobernadores, varios de ellos al frente de las entidades con los mayores padrones electorales, excepto el entonces Distrito Federal. Quizá el factor determinante es la diferencia abismal en las capacidades de operación y dedicación política de AMLO frente a Fox o Calderón.
En la perspectiva de que una vez más el Revolucionario Institucional perdiera el poder federal, al día de hoy cuenta con solamente 14 gobernadores y todo apunta a que si bien le va saldrá con uno menos de las elecciones de julio, con el agravante de que la entidad que estaría perdiendo es Jalisco, el cuarto padrón más grande del país. Obviamente, su presencia territorial se vería muy disminuida, y la capacidad operativa para desfondarlo de López Obrador sería muy superior y tendría motivaciones más profundas que las de Fox o Calderón.
En síntesis, si Andrés Manuel gana la elección y el PRI termina en tercer lugar, es muy previsible que lo que sobre del Revolucionario Institucional y del PRD pasen en un plazo breve a formar en las filas de Morena. Si ese escenario se da, lo más probable es que a los desamparados priístas y perredistas ni siquiera los tenga que ir a buscar AMLO: solitos irían corriendo a sus brazos. Son esencialmente de los mismos; egresados del PRI.
De hecho, lo que ocurriría sería el espectacular resurgimiento del viejo PRI, cual Ave Fénix, con otro nombre, con el estilo de los 70s y con una dirigencia fiel al estilo de la casa y una militancia abrumadoramente mayoritaria para lo que se ofrezca. En tres meses hacemos cuentas.
¿Y si gana Ricardo Anaya con su coalición PAN-PRD-MC? Esa sería otra historia sobre la que podríamos especular en fecha posterior.
EL EFECTO LOCAL
Si el hipotético escenario descrito en los párrafos anteriores se cumpliera, los principales damnificados en estas tierras no serían tanto el PRI y el PRD como el PRI y el Gallardísmo. Me explico.
Esa versión tan autóctona y singular del perredismo que aquí conocemos como Gallardísmo, se ha enraizado y expandido nutriéndose de dos fuentes principales: el estilo populista y eficaz de sus principales cabezas, y el amarre sólido y bien aceitado con una de las dos principales tribus, del perredismo nacional (ADN de Héctor Bautista) que siempre que fue necesario les abrió las puertas de la Secretaría de Gobernación de Osorio Chong y les facilitó arreglos libertarios. Una veta adicional del fortalecimiento gallardista en diversos rumbos del estado estos últimos años ha sido la dejadez, la incuria, la incompetencia y hasta la deslealtad con su partido de Juan Manuel Carreras.
El Gallardismo, en su versión de perredismo potosino sui generis, tiene ambiciones políticas obvias, naturales y visibles: Concretamente, no sé si para Ricardo Gallardo Juárez, para Ricardo Gallardo Cardona, para José Luis El Chiquis Fernández o para cualquier otro conspicuo o conspicua integrante de su bien nutrido y surtido clan endogámico, quieren la gubernatura del Estado. Quieren también que no les caiga la justicia, que no les dificulten el tránsito de sus cuentas públicas, seguir asignando obras a dedo y previo moche sin que los molesten, y que el SAT deje de estar dando lata.
¿Qué resultado en la elección presidencial les puede ser el más favorable? Sin duda el triunfo de Ricardo Anaya, siempre y cuando estén jugando limpio. Hago esta última acotación -la del juego limpio- porque si efectivamente existiera un acuerdo bajo la mesa con José Antonio Meade para ayudarle a su causa, el triunfo de éste algo les ayudaría, pero no mucho porque son especies y orígenes muy diferentes. Solamente que, ojo, el pacto subterráneo con JAM fuera cierto y ganara Anaya, entonces sí, deberían ir escogiendo a que isla remota del Pacífico Sur emigrar todo el clan, porque ese Chaparrito Pelirrojo ya ha dado muestras de ser un auténtico cabrón.
En el supuesto de que el próximo presidente de la República fuera López Obrador, el futuro político (¿y quién sabe el judicial?) del Gallardísmo sería mucho más sombrío. Pero mucho.
En una primera aproximación, puede pensarse que se incorporarían a Morena como parte de la absorción que culminara AMLO. No está fácil: los escasos cuadros de Morena en San Luis Potosí son mayoritariamente antiguos perredistas maltratados, marginados y de hecho expulsados del PRD, con malas maneras, por los señores Gallardo Juárez y Gallardo Cardona. Y aún en el supuesto de que generosamente López Obrador les abriera las puertas, no quiere decir que llegarían a su nueva casa con las mismas ínfulas, consideraciones especiales y hasta lambisconeadas que reciben en el CEN del PRD. Es decir, “Bienvenidos, pero a la cola”.
Dicho de otra manera, con el eventual triunfo de AMLO el gallardísmo/perredismo potosino deberían reducir dramáticamente sus expectativas. Bien les iría si logran terminar sin serios problemas los encargos que para entonces pudieran tener.
COMPRIMIDOS
- Veo, constato, que Ricardo Gallardo Cardona no ha perdido su sentido del humor. Este martes nos alegró el día con su muy simpática broma de que ahora que sea diputado federal va a promover una iniciativa legal para que desaparezca el fuero en ese nivel. Y digo “ahora que sea diputado federal”, porque de que va a ser, va a ser. Dígame si no: es candidato de mayoría relativa en un distrito muy gallardista y además ocupa la cuarta posición en la lista plurinominal perredista de esta circunscripción. O sea, va cincho. No sé si sus potenciales electores vean caso a desperdiciar su voto otorgándoselo a alguien que ya va seguro por la vía pluri.
- Uno de los nuevos diputados locales, Juan Antonio Cordero Aguilar, suplente del panista Héctor Meraz, propuso una reforma legal para que los extorsionadores que sean parte de la delincuencia organizada reciban penas de prisión más elevadas. De inmediato Oscar Bautista, Manuel Barrera Guillén y J. Guadalupe Torres se opusieron, y a gritos le reclamaron a Cordero Aguilar “¿Qué chingaos traes con nosotros méndigo?”.
- No sé que opinen sus asesores o si sea idea de ellos, pero a un servidor le parece una muy mala decisión de Ricardo Gallardo Juárez esa de no acudir a los debates con los otros aspirantes a la alcaldía. Es verdad que ese trío formado por Cecy González, Leonel Serrato y Xavier Nava es para dar miedo, pero no creo que convenga enseñarlo tanto. El miedo, quiero decir.
- Leí hace días que Juan Manuel Carreras se reserva sus demostraciones de carácter para las reuniones de gabinete, en la que acostumbra regañar de manera ofensiva y procaz a algunos de sus colaboradores. Perdón lo metiche pero tengo algo que decir. En primer lugar, hay una diferencia enorme entre carácter y mal genio. El primero es un rasgo de personalidad o una fortaleza de espíritu que permite encarar con valentía circunstancias adversas, en tanto que el segundo no pasa de ser exabruptos de un ánimo descontrolado. Además, el carácter suele mostrarse frente a fuerzas poderosas o voluntades superiores, en tanto que el mal genio suele humillar a inferiores o indefensos. En aquello hay grandeza; en esto solo miseria.
Hasta el próximo jueves.

