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In hoc signo vinces

Por Óscar G. Chávez / PULSO

Febrero 05, 2022 03:00 a.m.

Afloran complejos que reflejan carencias de diversa índole, de inseguridades existenciales, de vacíos intelectuales; se recurre a la magnificencia volumétrica en confrontación plena con la estatura corporal; se busca la tonalidad del privilegio como recurso para alcanzar el blanqueamiento  dérmico y social; obras faraónicas que lejos de mostrar esplendores, reflejan proporcionalmente lo ridículo. “Burro grande, ande o no ande”, dice el ibérico refrán.

Queda de nueva cuenta demostrada la desmemoria de los gobernantes, pareciera que no se aprendió de la lección que dejó el chupirul navideño; la discreción como complemento de lo eficiente no es el sello de la casa. Lo benéfico, lo necesario, lo útil, la obra trascendente en lo material y lo social, ha sido asfixiada (y catafixiada) por lo espectacular de lo efímero, de lo innecesario.

A falta de asesores y consejeros eficientes, es el ego el único que ha logrado dirigir voluntad y aspiraciones; se gobierna con la estrategia de la ocurrencia cotidiana, de la puntada del momento, de las amorfas propuestas de los descerebrados que buscan agradar e impresionar. El servilismo ha llegado a la cumbre y nadie, por temor a caer de la gracia, se atreve a manifestar en aras del bien común el mínimo razonamiento que, por fundamentado que estuviera, alcanzara a objetar la voluntad suprema.

Mientras tanto, y en la medida que se le utiliza aparentemente como objeto de devoción (y no de la burda compra de simpatizantes como en realidad es), la imagen religiosa continúa siendo un elemento de propaganda y control que, sin importar la vulneración del estado laico, lo posiciona como un hombre devoto, sensible a la devoción popular.

La idea de erigir una escultura de Cristo Rey en el cráter de la Joya Honda, ubicado en el ejido La Tinaja, de Soledad de Graciano Sánchez, dentro de ese uso de la religiosidad como estrategia de control, por un lado se suma a la tan difundida iniciativa de construir un templo a la virgen de San Juan de los Lagos “y lograr que sea declarado basílica” (como absurdamente afirmaron en su momento), y por el otro sintetiza a la perfección el actuar de este gobierno: ocurrencias justificadas por lo absurdo; obras aparatosas sin trascendencia ni beneficio real en las que no importar el excesivo gasto de recursos, en tanto que logren posicionar al gobernador; leyes que se tuercen, retuercen, modifican o eliminan, en tanto no sean empáticas con su voluntad (recordemos que la declaratoria de Área Natural Protegida de ese espacio, impide la construcción de esa imagen religiosa); soberanías, dependencias, instancias e instituciones que se doblegarán ante el capricho supremo (no veo, por ejemplo, a la UASLP elaborando una manifestación de impacto ambiental adversa); redes clientelares que asegurarán la permanencia de su proyecto en el poder. 

Durante la campaña el hoy gobernador afirmó que la lectura era lo suyo (aunque lo disimule bastante bien), lo cual hace suponer que seguramente leyó dentro de las Memorias de Gonzalo Santos el episodio aquel en el que siendo gobernador los indios de Tampamolón le piden les obsequie una imagen de Santiago matamoros por ser la patronal de su templo y que él, a su vez, solicita al presbítero Ricardo B. Anaya se la compre en París. Éste, por no conocer la idea original, adquiere una “pinchada” de escultura que por lo diminuto no se adecuaba a la esperada por el gobernador, quien sin más manda hacer una casi de tamaño natural “con cara de cabrón”, que sería la que acaba presidiendo las festividades del pueblo. Un Santiago “chingón” que se adecuaba a las necesidades de la feligresía y por tamaño (según lo esperaba Santos) logró impresionarlos, en tanto que él fortaleció su imagen personal.                                                

Hay que reconocer, nos guste o no, que son precisamente esas formas y ocurrencias las que han permitido que Gallardo continúe manteniendo su popularidad; la política teórica, real y solemne (a la que muchos políticos y no políticos estaban acostumbrados), su fondo, sus formas, su ejercicio y sus resultados, para personajes como éste dejan de tener vigencia en la medida que con sus actuares, disparates, ocurrencias y estrategias, logren mantener a un público cautivo que los acepte, respalde, y le continúe otorgando su voto. El fondo ya no es forma y la forma es amorfa. 

Por el contrario, quien pudiéramos pensar que mantendría un buen nivel en cuanto a popularidad, por ser observante  del fondo y forma, apegándose  más al político tradicional, como lo es el alcalde de la capital, va hacia abajo y no logra reposicionarse. No hay mucha diferencia, ambos tienen malas estrategias, malos asesores (con el SÍ y con el no) y patéticos colaboradores (entrópicos, por reciclados los del alcalde; inexpertos, por haber sido recogidos de donde pudieron los del gobernador); ambos, también, proyectan un desmedido culto a su imagen, pero mientras a uno se le asocia con el pueblo y demuestra que él es quien manda, el otro proyecta la de un señoritingo que, además, se le percibe sumiso; ya no es lo mismo que con el combo. No son la cruz ni el Cristo rey, el único signo es el ego.

Gracias por la lectura. Cinco de febrero, festividad de san Felipe de Jesús, primer santo mexicano, y aniversario de la promulgación de las constituciones políticas de 1857 y 1917, quizá por eso no se han logrado separar del todo.