La Espera
A finales del 2020 las esperanzas en que la pandemia causara en la humanidad un vuelco hacia la introspección que finalmente nos convirtiera en mejores seres, todavía tenía sentido. En ese entonces, siguiendo una tradición familiar de años, enviamos a los amigos de dentro y de fuera, tarjetas navideñas por correo postal tradicional. Escribir con pluma, ir a la oficina del servicio postal, comprar timbres y pegarlos al papel, se ha convertido en uno de muchos eslabones que conservamos con el pasado y un de acto de protección a una costumbre en extinción. Se fueron el mismo día unas tres decenas de tarjetas. Muchas llegaron a sus destinos. Lo comprobamos por notas de sorpresa y agradecimientos o llamadas telefónicas que, con dejos de nostalgia, decían que hacía años que no recibían nada por correo. Otras se perdieron en el camino.
Tenemos familia en Nueva Zelanda. Ellos acostumbran a hacer lo mismo. Cada año recibimos una postal o una foto familiar que atestiguan el inevitable paso del tiempo. El bebé de antaño se ha convertido en un adolescente bien plantado. Para diciembre del 2021, el primo escribió agradeciendo la tarjeta. Una foto de la postal con un paisaje hobbit al fondo dio cuenta de la llegada. La familia lejana no reparó que el envío se había hecho el año anterior. La tarjeta, oportuna, llegó en diciembre, pero doce meses después de que fue enviada.
Para inicios del 2022 la pandemia está, pero no está. Muchos de nosotros seguimos usando cubrebocas en espacios cerrados o cuando hay gente alrededor, sin importar si el lugar está al aire libre. La vida ha vuelto modificada. Casi dos años después, los niños y niñas han vuelto, casi todos, a las escueles. Los adultos han vuelto a las oficinas. Sigue habiendo enfermos. Muchos. Pero el índice de mortalidad ha disminuido. Hemos creado burbujas de supervivencia social. Nadie puede estar aislado de por vida, por más tentación que tengamos en caer en el Síndrome de la Cabaña.
Sin embargo, lo que ha sido probado, es que aquella esperanza del 2020, se ha declarado prácticamente muerta. Hubo seguramente procesos individuales de reflexión. Tan así, que parejas aparentemente consolidadas decidieron terminar sus relaciones, o viceversa: cariños postergados se materializaron. Hay quienes encontraron en el trabajo en casa un modo de vida mucho más acorde a su estabilidad emocional y también hubo quienes se dieron cuenta que las oficinas no son lugares tan detestables. Hay quienes finalmente comenzaron a comer frutas y verduras y también aquellos que comenzaron a hacer ejercicio. Procesos individuales, cambios de metro cuadrado que supusieron desacelerar la vida o al contrario, porque no va a durar para siempre. Cada quien sabrá.
La cosa es que los cambios individuales no supusieron una introspección global. Los crímenes siguen, la solidaridad es extraordinaria y en resumidas cuentas, no hay indicios de que nos hayamos vuelto mejores. Seguimos siendo los mismos desconsiderados con nuestros compañeros humanos, con los animales, con la tierra toda. No aprendimos nada.
La sacudida que ahora se da debido a la invasión de Ucrania no es otra cosa mas que la prueba de que nos seguimos sintiendo eternos, superiores. Habrá quien diga que no todos somos Putin, y sin embargo, sus acciones no pueden sernos ajenas. La arrogancia y superioridad con la que actúa las reconocemos porque las hemos visto en nosotros mismos. La diferencia es que él tiene en su poder armas nucleares. Sin embargo, como dijo Pubio Terencia Africano: “Soy hombre, nada humano me es ajeno.”
Hubo tarjetas navideñas que se perdieron, pero la de Nueva Zelanda llegó. Viajó más que ninguna otra y atravesó mares hasta llegar a un terreno ajeno, pero esperanzador. Encontró su destino.
Quiero creer que en cierto punto, estos seres que somos aprenderemos nuestra propia irrelevancia y que un día asumiremos que nuestra trascendencia no llega más allá de donde llega nuestra comunidad. Quizá un día la espera termine y la tarjeta llegue a nuestra propia humanidad.
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