Estigma es una palabra que nos remite a ‘marca’ -estar marcado- y de ahí se deriva que estigmatizar corresponda a la acción de marcar a alguien. En el contexto religioso la ‘marca’ es considerada un efecto sobrenatural que distingue a los religiosos por su devoción o, lo opuesto, a los herejes o poseídos. En el contexto de ciertos periodos esclavistas, la marca se hacía con un hierro caliente -como se hace con los animales- para señalar la propiedad. Más allá de estas formas, hay otra estigmatización, basada en señalar en forma despectiva a una persona o grupo de personas como forma de rechazo social, de descalificación, de negación.
La negación es deseo de imponer la existencia propia sobre la existencia del otro, más allá de las reglas (leyes) para coexistir.
Parte de estas reglas corresponden al sistema político-electoral, mediante el cual arribamos a la alternancia en el poder de gobernar nuestro país sin acudir a las armas.
De esta forma, en el año dos mil el PAN ganó al PRI el poder político del gobierno federal y creó una alta expectativa de cambio en relación a la “justicia social” (entendida como la ampliación del bienestar para la mayoría de las clases sociales). Sin embargo, en seis años no ocurrió así pero, el argumento de que la hegemonía de más de setenta años por parte del PRI no era posible revertirla en un periodo de seis años, logró ganar –oficialmente- en la elección de dos mil seis.
Dos administraciones públicas en el gobierno federal por parte del PAN y su propuesta política no dieron los resultados que las mayorías electoras deseaban y, en el dos mil doce, el partido hegemónico ganó –oficialmente- la elección, para regresar así al ejercicio del poder en disputa. Todo parecía normal: “en la democracia los electores deciden los gobiernos y su orientación, se debe respetar la ley”.
Sin embargo, como es sabido, en el año de dos mil dieciocho el partido político que ofreció una administración que diera preferencia a las clases sociales con problemas para lograr el bienestar ganó la elección del ejecutivo federal. La mayoría del electorado –oficialmente- les dio la victoria en forma evidente. De esta forma, la corriente política que se identifica como de izquierda está hoy en el poder.
En este contexto, el poder político del gobierno federal en México, en el presente siglo, lo han ganado tres partidos con propuestas políticas distintas. Visto como sistema electoral, México es un país democrático; tomando como base las reglas para disputar y definir quién ostenta el poder político.
El tema hoy es que hay quienes niegan al ganador en turno el derecho de ejercer el poder de la administración pública y con ello niegan el modelo que nos hemos dado para definir la contienda por el poder.
Al señalar que quienes ahora ostentan el poder de la administración, así como quienes los apoyan, representan un retroceso histórico, corresponde a negar que el sistema político está compuesto por las partes y las reglas para disputar el poder político. Es tanto como asumir que, si el sistema me otorga el poder es válido pero, si lo otorga a mis adversarios, con ideas distintas a las mías, entonces no es válido.
Este planteamiento de ‘retroceso político’ tiene como sustento la idea de que existe un progreso lineal de la historia, por lo que el desarrollo se dirige hacia un sentido último que obedece a leyes sociales y que hay quienes representan este progreso pero hay ‘otros’ que lo niegan y son una amenaza para cumplir este destino hacia el progreso. Estas ideas deterministas entre buenos y malos son un peligro para la precaria paz en la que vivimos.
A quienes votaron por el partido que hoy está en el poder político de la República y a quienes ostentan este poder, hay quienes les estigmatizan como retrogradas. Mientras que, a quienes perdieron el poder del gobierno federal, hay quienes les señalan como corruptos y/o cómplices. Así, nos encontramos frente dos bandos: ‘los retrógradas’ y ‘los corruptos o cómplices’. Nos encontramos entre bandos estigmatizados y estigmatizantes.
Lo grave es que no estamos suspendidos frente a los dos bandos, sino que vamos transitando hacia una polarización en esta pugna entre vencidos y vencedores que lejos de diluirse se alimenta en los medios, en las redes y en las conversaciones persona a persona; va adquiriendo rasgos de exacerbación.
La cuestión – la duda – surge en relación al pensar nuestra posición en este contexto, ¿ganamos o perdimos?; ¿somos retrógradas o corruptos-cómplices? ¿No hay otra opción?
Hay un proverbio popular que dice: “hay momentos en la vida de definición y quienes están indefinidos están a favor de los contrarios”… ¿Aplicará a este caso este proverbio?
¿Por qué habría tanta premura en asumir posiciones cuando se han recorrido algo así como el 8.5 % (ocho punto cinco por ciento) del periodo para el cual se eligió la presente administración pública federal; según las reglas de nuestro sistema político electoral?
Los ganadores de la elección para la actual administración pública federal propusieron un proyecto político diferente y opuesto a quienes gobernaban y, precisamente, por esta propuesta los electores les han otorgado el poder a través de las instituciones.
Presionar al gobierno en turno haciendo valer las facultades que la ley permite puede ser legal. Lo mismo que defender el poder ganado en la elección con las facultades que les otorga la ley, también puede ser legal.
Lo relevante es saber si lo legal es justo.
La política implica un marco de respeto por los derechos de los contendientes. Cuando se traspasa ese marco, se corre el riesgo de incurrir en una disputa violenta y ésta, sin duda engendrará más violencia tomando el sentido de una espiral ascendente de violencia; escenario peligroso y difícil de contener en las condiciones sociales de nuestro país.
Estigmatizar a los adversarios políticos, negarles el derecho ganado en la contienda para encabezar la administración, no se reduce a la simple negación del otro, sino que representa la negación de vivir en una democracia.
En medio de la lucha entre el estado de derecho y la ley del más fuerte, estigmatizar a los adversarios políticos es alentar el predominio de la ley del más fuerte y la historia señala que una sociedad que pierde sus mecanismos para vivir en paz, puede saber cómo ha llegado a ese momento, puede imaginar a dónde quiere ir, pero sin reglas no sabe a dónde va a ir a parar.
Quizá es momento oportuno para descentrarnos entre la falsa disyuntiva de los vencidos y los vencedores, entre los corruptos-cómplices y retrógradas para construir una posición que fortalezca el Estado de derecho.
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