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La victoria del gesto

Por Jesús Silva Herzog Márquez

Marzo 16, 2026 03:00 a.m.

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El populismo, sea imperial o provinciano, es la victoria del gesto sobre la consecuencia. Sabemos bien que el populismo se desentiende de la verdad, que se obsesiona con la representación del conflicto, que es hábil en la agitación de las emociones. Por eso no hay espacio ahí para considerar los efectos probables de la acción a lo largo del tiempo. Política de lo inmediato, el populismo busca la conmoción constante. El gesto captura su estrechísimo horizonte. Puede encontrar sustento en mitos ancestrales, en la historia remota, pero el futuro no toma vuelo. La decisión se produce como un espectáculo que se agota pronto. Puede ser un discurso rompedor, el hachazo que tira una institución, la humillación pública o una intervención militar. La política, desde la trivial a la mortífera, se convierte en producción de contenido. 

Buscamos con frecuencia la razón que sostiene la provocación, la ofensa, el ataque. Queremos encontrar el trazo de las consecuencias deseadas y nos quedamos sin respuesta. Es que tenemos en la cabeza la idea de que un acto trascendente ha de tener una preparación meticulosa que examina distintos escenarios y que anticipa probables desviaciones en el modelo. Pensamos que detrás de toda decisión hay cálculo y previsión seria de consecuencias. Pero no hay anticipo de los efectos mediatos en ese teatro. Lo vemos dramáticamente en la guerra en Irán. La falta de cálculo en la intervención militar es retrato de una lógica política. Soltar bombas desde las alturas, descuartizar a la cúpula gobernante, destrozar barcos y equipamiento militar del enemigo. ¿Y después? Ninguna previsión de las consecuencias del descabezamiento del régimen iraní. Ninguna preparación para encarar los predecibles efectos económicos de la guerra. Hace poco insistían los voceros del gobierno norteamericano que la intervención militar en Irán no tendría consecuencias en el mercado energético del mundo. Lo que se percibe es preparación en el bautizo del operativo militar, en la propaganda de la tecnología destructiva, en los mensajes de intimidación. 

La guerra misma se piensa como un gesto. Un espectáculo breve e impactante que sacude al mundo y ha de entregar una victoria inmediata. Una demostración de poder sin restricciones. Llama la atención que, lejos de enfatizar la perversidad del régimen iraní, el mensaje que se proyecta es el de la fuerza imbatible. El gobierno de Trump produjo un show de precisión letal que habría de concluir en unas cuantas jornadas con la declaración de la victoria definitiva. Una guerra breve proyectada al mundo en tiempo real. Pero, si algo entienden los que han estudiado la guerra a lo largo de la historia es que es cualquier cosa menos un golpe de martillo. Toda guerra desencadena una serie de efectos impredecibles. Pero el populista que, al mismo tiempo, encarga al pueblo olvidado y al imperio, une la soberbia a la ignorancia. 

La intervención militar en Irán es estampa del trumpismo y de todos sus primos de derecha y de izquierda. El populista está convencido de que existe lo que nombra. Piensa que lo que declara es lo que consigue. Será por eso, por ser ciego a la secuencia, que en el popoulismo se percibe tan poca seriedad en la producción de los efectos. Concentrado en la escenificación de pleitos, enterramientos y fundaciones, no presta atención alguna al método, no escucha la experiencia, no planea para la continuidad de una política en el tiempo. Ahí está la clave de su engaño: el gesto no es constitutivo de la realidad por bien que se haya producido.  

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Que la demagogia populista se aparte tan claramente de lo que Weber llamaba la ética de la responsabilidad, no significa que se guíe por la regla opuesta, la ética de la convicción. En el populismo no suele haber ideología rigurosa ni principios estrictos. Su disposición suele estar orientada por frases vagas que ha de interpretar libremente el líder. Lejos de la ética de la responsabilidad (aquella que se hace cargo de los efectos de la actuación), lejos también de la ética de las convicciones (que sujetan la acción a una serie de preceptos inviolables), el populista está regido por un imperativo escénico. En efecto, su código no es moral ni político, sino teatral.