El excelente abogado, Don Mariano Albor, ha escrito que “El silencio siempre tiene intenciones que son de mayor peso que las palabras”, lo cual es una gran verdad, pues la historia se construye con palabras, pero también, con silencios.
El señor López es, innegablemente, un hombre curtido en mítines y discursos; sabe, se nota, cuando hablar y cuando callar, acomodando las palabras y los silencios que a su parecer cumplen la función deseada. Por eso, pensar que, en el momento que durante tantos años anheló, tenga una pifia motivo de la distracción, resulta increíble.
El pasado primero de diciembre, en la ceremonia de toma de protesta de López como Presidente de México, nuestro personaje pronunció un discurso, de donde, de manera primordial, destaco lo que sus defensores atribuyen a una omisión por la emoción del momento y yo, como muchos, a una clara y preocupante señal.
El protocolo habitual en este tipo de asuntos, definido por el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia como el “conjunto de reglas establecidas por norma o por costumbre para ceremonias y actos oficiales o solemnes” fue inobservado por López, pues inició su discurso con las siguientes palabras: “Diputadas y diputados. Senadoras, senadores, autoridades locales y federales. Invitadas e invitados del extranjero. Licenciado Enrique Peña Nieto, le agradezco sus atenciones. Pero, sobre todo, le reconozco el hecho de no haber intervenido, como lo hicieron otros presidentes, en las pasadas elecciones presidenciales.”. No aparece mención alguna al Poder Judicial de la Federación, no obstante tener sentado a su lado derecho al Ministro Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y del Consejo de la Judicatura Federal, Luis María Aguilar Morales.
Hay quien opina que se distrajo y por eso lo omitió y hay quien señala que los incluyó en la expresión “autoridades locales y federales; en el primer caso, la distracción habrá sido al escribir el discurso, porque lo llevaba impreso y no sirvió de ayuda de memora el Ministro Aguilar al lado; en el segundo, de ser así, ¿por qué no comprendió en la misma frase a los legisladores federales, a los cuales sí hizo alusión expresa?
De hecho, en el discurso mencionó a diversos asistentes a la ceremonia, dando larga cuenta de presidentes, un rey, varios amigos y hasta un cantante, pero de Ministros, Magistrados y Jueces, ni sombra de referencia, ya no solo en el proemio del discurso, sino a lo largo de toda su disertación. Es evidente que no hacer patente la presencia del Poder Judicial de la Federación, ni por los Ministros asistentes o, por lo menos, por su vecino de silla, es una falta protocolaria que tiene un cargado significado: está enfrentado desde antes de asumir el cargo con el Poder Judicial de la Federación y no dará tregua ni cuartel.
Es una mala señal que presagia un futuro nada halagüeño, pues el Poder Judicial es el único garante y valladar que puede frenar las arbitrariedades del Poder Público, un Poder que hoy descansa en un Presidente y mayorías afines en ambas Cámaras legislativas, como en aquellos sesenteros años del PRI hegemónico, lo que acerca en demasía a las tentaciones del absolutismo y, consecuentemente, a la eliminación o, por lo menos, el sojuzgamiento del único freno posible.
Finalmente, y desde mi perspectiva personalísima, estoy convencido que, en un acto de extrema prudencia política, el Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación permaneció sentado escuchando a López cuando lo ignoró en la salutación; también creo que, en un acto de indignidad republicana, el Ministro Aguilar se quedó ahí, en lugar de pararse y marcharse.
En política, la forma es fondo y estas malas formas de López encierran un inquietante fondo.
El señor López es, innegablemente, un hombre curtido en mítines y discursos; sabe, se nota, cuando hablar y cuando callar, acomodando las palabras y los silencios que a su parecer cumplen la función deseada. Por eso, pensar que, en el momento que durante tantos años anheló, tenga una pifia motivo de la distracción, resulta increíble.
El pasado primero de diciembre, en la ceremonia de toma de protesta de López como Presidente de México, nuestro personaje pronunció un discurso, de donde, de manera primordial, destaco lo que sus defensores atribuyen a una omisión por la emoción del momento y yo, como muchos, a una clara y preocupante señal.
El protocolo habitual en este tipo de asuntos, definido por el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia como el “conjunto de reglas establecidas por norma o por costumbre para ceremonias y actos oficiales o solemnes” fue inobservado por López, pues inició su discurso con las siguientes palabras: “Diputadas y diputados. Senadoras, senadores, autoridades locales y federales. Invitadas e invitados del extranjero. Licenciado Enrique Peña Nieto, le agradezco sus atenciones. Pero, sobre todo, le reconozco el hecho de no haber intervenido, como lo hicieron otros presidentes, en las pasadas elecciones presidenciales.”. No aparece mención alguna al Poder Judicial de la Federación, no obstante tener sentado a su lado derecho al Ministro Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y del Consejo de la Judicatura Federal, Luis María Aguilar Morales.
Hay quien opina que se distrajo y por eso lo omitió y hay quien señala que los incluyó en la expresión “autoridades locales y federales; en el primer caso, la distracción habrá sido al escribir el discurso, porque lo llevaba impreso y no sirvió de ayuda de memora el Ministro Aguilar al lado; en el segundo, de ser así, ¿por qué no comprendió en la misma frase a los legisladores federales, a los cuales sí hizo alusión expresa?
De hecho, en el discurso mencionó a diversos asistentes a la ceremonia, dando larga cuenta de presidentes, un rey, varios amigos y hasta un cantante, pero de Ministros, Magistrados y Jueces, ni sombra de referencia, ya no solo en el proemio del discurso, sino a lo largo de toda su disertación. Es evidente que no hacer patente la presencia del Poder Judicial de la Federación, ni por los Ministros asistentes o, por lo menos, por su vecino de silla, es una falta protocolaria que tiene un cargado significado: está enfrentado desde antes de asumir el cargo con el Poder Judicial de la Federación y no dará tregua ni cuartel.
Es una mala señal que presagia un futuro nada halagüeño, pues el Poder Judicial es el único garante y valladar que puede frenar las arbitrariedades del Poder Público, un Poder que hoy descansa en un Presidente y mayorías afines en ambas Cámaras legislativas, como en aquellos sesenteros años del PRI hegemónico, lo que acerca en demasía a las tentaciones del absolutismo y, consecuentemente, a la eliminación o, por lo menos, el sojuzgamiento del único freno posible.
Finalmente, y desde mi perspectiva personalísima, estoy convencido que, en un acto de extrema prudencia política, el Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación permaneció sentado escuchando a López cuando lo ignoró en la salutación; también creo que, en un acto de indignidad republicana, el Ministro Aguilar se quedó ahí, en lugar de pararse y marcharse.
En política, la forma es fondo y estas malas formas de López encierran un inquietante fondo.

