Marcha violeta y morada
Crucé mi camino entre todas ellas y sentí la energía de su juventud y de su madurez. Percibí su tristeza y su enojo. Leí en sus ojos y en sus rostros, la necesidad de ser reivindicadas. Ojos parcialmente ocultos por un cubreboca morado o lila: el color de su agravio y su dolor.
Leí sus consignas y me sentí parte de su reclamo, aunque fuera yo un peatón más, que coincide en su paso con el de todas ellas.
Se distinguía el toque femenino de la protesta muy lejano de los estereotipos y las modas; auténtico, genuino, personal y colectivo. Una manifestación casi natural con todo lo antinatural que las ha venido provocando. Y sentí la provocación en el estómago.
Les sonreí al pasar pidiéndoles me permitieran seguir mi rumbo. Mi rumbo casero, ajeno y lejano a las pesadillas que llevaban en sus pancartas, sus tendidos o banderines. Niñas jóvenes algunas con sus pequeños en carriolas o de la mano de madres pequeñas de edad, grandes en voluntad y fuerza.
Labios lilas me hicieron pensar en moretones y lividez: dos características o consecuencias de golpes y del miedo o la pérdida de vida. Lamenté no tener oportunidad de unirme a ellas para hacerlas fuertes con mi propia debilidad o mi anonimato.
Quise atreverme a pedirles que no hicieran destrozos, que marcharan en paz, que mostraran lo que en esencia somos -vida-. Pero no me atreví porque supe que yo no era nadie para controlar su impotencia y la magnitud de sus heridas. Quién puede decirle a otra cómo comportarse si la han ultrajado, violentado, humillado o golpeado de manera periódica. Quiénes somos cualquiera para evitar que se manifiesten contra tanta impunidad. Cómo decirles que todo va a estar bien cuando no encuentran a sus hermanas o a sus madres.
Me encomendé a su buena voluntad de manera silenciosa y mientras, chocaban nuestros hombros entre su cálida multitud, imaginé que leían mi pensamiento y que, con sus cantos, sus rótulos y sus consignas de viva voz, lograrían ser escuchadas, conseguirían ver a sus agresores pagando las ofensas y sentirían el regreso de sus almas a sus cuerpos.
Imaginé que fueran mis hijas o mis amigas y el dolor me recorrió el cuerpo, y callada crucé la plaza hasta la Caja Real en donde ya eran menos, lugar desde donde iniciarían su despliegue para hacernos ver a todos, y no solo a las autoridades, cuan desprotegidas estaban. Lo invisible que habían sido para los demás; sus experiencias y la indolencia de quienes deberían haber velado por ellas.
La flor de las jacarandas las adornó en algunos tramos hermanándose con ellas, uniéndose a través del color y la coincidencia emblemática con las flores de ese árbol que cada primavera nos infunde vida. Una vida que todavía puede ser mejor si hacemos nuestro su dolor.
Desde estos renglones, las acompaño y aunque no me veo pintando muros o incendiando puertas, no siento la necesidad de reprobar su conducta, la de las de esta marcha en San Luis o en alguna otra ciudad del México o del mundo, esperando que su voz y su color, nos hagas más conscientes para evitar tanto sufrimiento.
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