Mi ciudad

“No amo a mi patria. Su fulgor abstracto es inasible.” Así comienza José Emilio Pacheco su poema Alta Traición. Yo, como él, tampoco amo a la patria inasible. No amo a la patria que me enseñaron en primaria. El México perfecto, claramente dividido en bandos históricos donde unos son los buenos y otros los malos. Españoles contra indígenas. Insurgentes contra realistas. Reformistas contra conservadores. Revolucionarios contra porfiristas.
La patria inasible, la que tiene héroes de bronce y villanos de azúcar me perturba. La patria perfecta me aleja por impoluta y yo, llena de imperfecciones, temo contaminarla si la toco.
En cambio, al igual que Pacheco, “daría la vida por diez lugares suyos, cierta gente…”
Mis diez lugares comienzan y terminan en esta ciudad nuestra. Mía. Comienzan quizá, en el primer recuerdo del que tengo memoria con claridad: una baldosa de cantera en la banqueta de la calle, una reja de malla pintada de blanco, una enredadera trepando la puerta y mi mamá tomándome de la mano, mientras entrábamos a la que fue mi casa (la segunda en que viví), en la calle Sor Juana Inés de la Cruz, a unas cuantas cuadras del jardín de Tequis. Mi recuerdo huele al Chanel número 5 que hasta la fecha usa mi mamá y ella, con sus ojos verdes, viste una blusa roja con pequeñas flores azules en el cuello y trae puestos sus aretes brocados de plata de Taxco, los que compró en unas vacaciones cuando estaba aún soltera y le robaron hace algunos años, cuando unos desgraciados vaciaron su casa.
Conocí muchos de mis diez lugares en el Volkswagen de mi tía Irma, en donde nos empacaban a los primos por las tardes, después de hacer la tarea y nos llevaban a visitar a Malena, la amiga de mi abuela, a su departamento en el corazón de San Miguelito, donde siempre olía a galletas de mantequilla.
Mis lugares tienen el olor a incienso de las visitas a los siete altares que hacíamos con mi abuela en Semana Santa. Comenzábamos en La Compañía, seguíamos a lado, con la Capilla de Loreto, nos pasábamos a Catedral, luego el Carmen y acabábamos en el Sagrado Corazón, la Tercera Orden y cerrábamos debajo del candil de barco en la iglesia de San Francisco. Luego, nos compraban una charamusca o un algodón de azúcar y la ciudad se llenaba de un olor dulce que aparece cada año por la misma época.
Mi ciudad está llena de magnolias en las plazas del centro, esas que pocos saben están ahí a instancias de doña Gloria Cossío de Algara, quien insistió a su marido, Ignacio Algara y su hermano, Francisco Cossío, encargados de remodelar gran parte del centro en la década de los cuarenta, que pusieran árboles verdes todo el año y que tuvieran la flor blanca que a ella le gustaba. Pero en mi ciudad, también habitan los eucaliptos en el parque de Morales y vive permanentemente el color lila de las jacarandas de la placita de San Francisco.
Mi ciudad tiene la fortaleza de la cantera rosa del Edificio Central de la Universidad, que alguna vez permitió escuchar el sonido de las jacarandas, de su fuente y los pájaros que viven en sus techos. Tiene la altura de la cortina de la presa de San José, la sencillez de la plaza de Fundadores, la invitación a caminar de los arcos Ipiña, el lugar dispuesto a recibirnos por horas del parque Tangamanga.
Mi ciudad sigue teniendo el ánimo bravío del viento rojo de los guachichiles, el señorío con el que cabalgó capitán Caldera, la fe inexplicable de Fray Diego de la Magdalena. Mi ciudad ha librado batallas que no están en los episodios bélicos de los libros de historia, pero sí en la memoria cívica de los anaqueles liberales.
Mi ciudad cumplió 426 años y bien vale la pena escribir sobre ella para homenajearla y desearle una larga vida, porque gracias a ella, la patria se hace tangible.