Mirador

Jesús entró en Jerusalén a lomos de un borrico.

Toda la gente salió a la calle, y lo aclamaba.

"¡Bendito el que viene en nombre del Señor!" -gritaba la multitud-. ¡Bendito sea el enviado del Padre!

Hombres y mujeres agitaban palmas a su paso.

Jesús vio entre la muchedumbre a un hombre que lo seguía caminando por la orilla de la calle. No dejaba de seguirlo. Iba como acompañándolo.

Lo conmovió la devoción de aquel hombre que lo seguía sin apartarse de él.

Cuando Jesús llegó al final de su camino el hombre se le acercó y le dijo:

-Ya no vas a necesitar el burro, Señor. ¿Me lo regalas?

¡Hasta mañana!...