No existe
Afirmar que tiempos pasados fueron mejores, es caer presas de una tentación sumamente atractiva, pero muy poco verídica, por reescribir los procesos históricos. Decir, por ejemplo, que las elecciones de antes eran mejores porque eran menos polarizadas, es dejar de lado toda una serie de acontecimientos y personajes que bien pueden levantarse de sus tumbas para recordarnos no pocas personas perdieron la vida por defender el derecho a disentir.
Lo cierto es que si recordamos únicamente las elecciones presidenciales de los años sesenta para acá, bien podemos afirmar que ni siquiera en aquellas épocas donde el PRI hacía y deshacía a su gusto, los presidentes tenían cien por ciento asegurado que sus delfines fuesen a acabar ocupando la silla donde ellos se sentaban. El problema no era tanto la votación, sino el momento previo, cuando se elegía candidato.
Jorge Castañeda se encargó bien, a través de entrevistas con los protagonistas, de señalar que, por ejemplo, Díaz Ordaz eligió a Echeverría sobre Corona del Rosal porque no tenía a otro mejor. Echeverría a López Portillo porque siempre lo quiso, pero, lo más importante, no se le cayó en el camino. López Portillo eligió a De la Madrid porque entre el gabinete no había nadie que le complaciera más, vaya, eligió al que el creyó era el menos peor. De la Madrid a Salinas igual que Echeverría a López Portillo, siempre lo quiso y nunca se cayó. Salinas a Colosio igual, pero ya vimos lo que pasó y acabó de bateador emergente Zedillo. Zedillo a Labastida, fue más bien cosa de descarte, porque en ese entonces, ya había implementado en su partido el sistema de asambleas nacionales y Labastida se supo mover, aunque el presidente hubiese preferido a José Ángel Gurría.
Todo se partió en el año 2000, cuando Fox entró a la presidencia, pero eso no impidió que aunque el presidente azul tuviera en sus preferencias Santiago Creel, se moviera mejor Felipe Calderón y acabó silenciando los deseos del presidente. Tan sabía Calderón que no era el elegido de Fox, que llamó a su autobús de campaña “El hijo desobediente”, recordando un corrido cuyo protagonista se llama Felipe. Jugada hábil en aquél entonces, para un candidato de la derecha, hacerse fama de rebelde.
Desde entonces, nada ha sido tan terso. Vázquez Mota le acabó jugando igual a Calderón y la tuvo que aceptar como candidata sobre Ernesto Cordero. Del lado del PRI, aun moviéndose con todo lo que tenía, Beltrones tuvo que levantarle la mano a Peña Nieto.
Entonces, el simple recuento nos hace inferir que los procesos de selección no son tan unipersonales como pareciese, sino que más bien, salvo contadas excepciones, se tiene que negociar y atender otras voces, porque el poder absoluto no existe.



