Nueva dirigencia en Morena
Morena tendrá nueva dirigencia en la entidad potosina, luego de la elección de sus consejeros distritales que, a su vez, integrarán un Congreso Estatal que definirá, el domingo 14 de agosto, a la presidencia y secretaría general del Comité Ejecutivo Estatal. Entre militantes y simpatizantes se especula con distintos nombres que pudieran ocupar dichos cargos directivos. No es una responsabilidad menor del Congreso Estatal para resolver quién encabezará los esfuerzos organizativos de Morena en San Luis Potosí, y poner al instituto político en condiciones de enfrentar el proceso comicial de 2024 que, como se sabe, representa un desafío mayor, toda vez que se juega la continuidad, en todo el país, de la Cuarta Transformación.
El proceso de institucionalización de cualquier organización es complejo. Implica reacomodo de fuerzas internas, desterrar actitudes que normalizan prácticas antidemocráticas, inclusión de cuadros políticos de recambio generacional, formación de liderazgos con principios éticos y programáticos que promuevan una actuación consecuente, entre otros cambios que, por supuesto, no se dan de la noche a la mañana, y menos si se viene de una tradición autoritaria, amén de una crisis de credibilidad en “la política” en general, y particularmente de la denominada “clase política”, esa que los clásicos como Gaetano Mosca referían como una minoría organizada para someter los intereses de una mayoría, por añadidura, no organizada, frecuentemente guiada más por emociones que por racionalidad en sus acciones.
Plutarco Elías Calles encuadró la lucha de facciones triunfantes de la Revolución Mexicana en lo que sería el PNR primero, luego el PRM y, finalmente el PRI, en una muestra clara de ese proceso de larga duración que implica forjar una nueva institucionalidad, en este caso de tipo partidista. En ese proceso, los incentivos selectivos marcaron la pauta organizativa de la actividad política por sobre los intereses colectivos, aunque la longevidad del sistema tuvo mucho que ver con la capacidad de aflojar amarras cuando los excesos del autoritarismo ponían en riesgo la mínima legitimidad de los actores involucrados, señaladamente de una élite que terminaría por aceptar que, más temprano que tarde, pasaría a competir con otras élites partidistas, en lo que Pablo González Casanova caracterizaría como “democracia de pocos, para pocos y por poco tiempo”.
Pero en todo ese trayecto el pueblo estuvo siempre ausente. Se actuaba en su nombre, de manera retórica, alegando que esa era la “forma del fondo”. Como es bien sabido y experimentado, la crisis de legitimidad, representación y de discurso para ofrecer un mínimo de credibilidad, llevaron al agotamiento del sistema, actualizando en 2018 un memorial de agravios tan grande que, para la mayoría de la sociedad mexicana, era inexorable cambiar, sobre todo por la imposibilidad de soportar a los mismos de siempre con promesas “gatopardianas” de simular para seguir igual.
Morena capitalizó las precondiciones que se fueron incubando para un cambio socio-político que no podía esperar más. El eje se concentró en el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador y, ahora, la transformación institucional del país exige que el partido-movimiento consolide su hegemonía, en términos de la representación del pueblo entendido como la expresión pluriversa de todos los sectores sociales, señaladamente los más vulnerables e históricamente olvidados. Tener claro lo que ha significado ganar el poder para beneficio popular y dotar de rumbo a un movimiento socio-político amplio para consolidar una transformación institucional de largo aliento, es lo que se espera de un nuevo liderazgo. La actual Delegada del Comité Nacional, Rita Ozalia Rodríguez, se perfila por la capacidad de generar consensos en temas fundamentales que orientan los esfuerzos políticos de Morena ya señalados.



