Olvidos y encuentros

El año pasado, el niño Dios se perdió. Padawan Solo, que es el que más espíritu navideño tiene en esta familia, lo estuvo buscando por cuanto lugar se le ocurrió. El esfuerzo resultó en vano. El niño Dios no apareció. Acordamos que se había ido de vacaciones a alguna playa exótica, alejándose del mundanal ruido y del frío entumecedor. Hay años que hasta Dios necesita descanso. Total, que lo tomamos como señal divina y no pusimos ningún resquicio navideño en la casa. No hubo árbol, ni esferas, ni lucecitas, ni escarchas, ni menos nacimientos. Faltando el protagonista, no le vimos el caso. Mi amiga Mireya, que sospecho en su vida pasada fue un duendecillo del Polo Norte y trabajaba directamente bajo las órdenes de Santa Claus, se debatía entre la risa y la consternación al ver la casa pelona.
Este año el mismo Padawan Solo, fue el impulsor de rescatar con tiempo desde las profundidades del olvido, las cajas con los tres adornos navideños que tenemos. Ahora, apareció todo. Menos los nacimientos. Así, en plural. En algún momento, coleccionamos artesanías de ese tema. Supusimos que se habían ido a acompañar al niño Dios. Nadie los culpó. Hubieran invitado y nos hubiéramos largados todos juntos. Así como mis amigos, Jaime y Lolis, con quienes nos une una amistad cimentada, principalmente, en el amor compartido que tenemos por la tragadera. Mandaron una foto, los muy desconsiderados, desde algún lugar del estado de México, a las faldas del Popocatépetl, de una olla de barro con sabe que guiso verde apetitoso y la leyenda “Desearíamos que estuvieran aquí”. Sentí una ráfaga de envidia. Nos hubieran invitado, y estaríamos allí, tragoteando juntos. Pero no.
Tengo una amiga que decidió hoy no estar. Sus hijos pasarán navidad con su papá, cosa que no es nada trágico. Ella optó por aprovechar la calma de la ausencia y, sin drama alguno, me contó que se pondrá la pijama cuando la luz se vaya, sacará los chupifritos varios que compró desde hace unos días para degustar esta noche, y verá con toda la calma del mundo Roma en Netflix. Cuando le de sueño se va a ir a dormir sin presión alguna. Bien por ella.
Caso distinto el de un conocido de Facebook, de Matamoros, Tamaulipas, quien quería seguir estando en su trabajo, pero lo acaban de correr. Al chavo, con esposa y dos niños pequeños, le notificaron la semana pasada que había sido de los cesados en el caso de despidos del Sistema de Administración Tributaria. Llevaba, según cuenta, seis años trabajando para la institución. La semana pasada lo citaron para comunicarle que ya no tendría trabajo en enero. Él y su esposa decidieron quedarse en casa. No están de ánimo para salir de fiesta. “Lo bueno es que ya teníamos los regalos de los chaparros”, escribió.
Me cimbró ver la publicación de justo debajo de mi amigo norteño, en mi muro de Facebook. Un amigo posó con su familia frente a un árbol de navidad iluminado, todos vestidos con suéteres en tonos rojos y verdes. Muy gringa la cosa. Abajo, una leyenda de deseos de buena ventura para esta noche. Deseé que, aunque no se conocen entre ellos, que los buenos deseos se le peguen al pobre cuate que quedó desempleado, aunque sea por ósmosis de red social.
Marcos y los Padawanes pusieron el árbol hace días. El resto se quedó a medias, en cajas, hasta hoy, 24 de diciembre. En la mañana nos vimos obligados a poner todo. Ni modo de dejar el tiradero. Colgamos en la casa unas piñatas de mediano tamaño para adornar la escalera. Luego acomodamos dos o tres monitos navideños esparcidos y recordamos que esta casa y sus habitantes, no tienen vocación de decoradores de interiores. Se ve razonablemente navideño y párenle de contar. Cuando nos disponíamos a retirarnos, hubo una nueva búsqueda de nacimientos, nomás por no dejar. Ahí estaban, donde no debían y con todo y niño Dios. Fue como un milagro, que me hizo recordar las cosas que no están, pero aparecen… como esta columna, que debí de haber enviado desde la mañana al periódico y que yo, por atarantada, había olvidado siquiera escribir.
Y aquí me tienen, a las cinco cincuenta y tres de la tarde, tecleando a lo bestia, y pensando en la pobre gente de la redacción de Pulso, que anda acomodando notas para el periódico de mañana que nadie leerá, incluyendo esta columna navideña redactada nomás por pura disciplina y para que esas pobres personas que trabajan hoy, tengan que poner en la esquina de página que usualmente ocupo. Por eso y porque, bueno, habrá quien mañana esté aburridísimo y de pura chiripada le llegue esta columna de olvidos y encuentros.

Envío: a mi amiga Marcela, que ayer perdió a su abuela físicamente, pero que estoy segura se encontrará con ella en cada sueño que la necesite.