Padawan Solo
Lectora, lector querido: usted sabe que de cuando en cuándo es mi gusto hablar de temas personales. Así será hoy, por lo que siéntase en la libertad de irse si no le gusta. Nos vemos el martes que entra, no hard feelings.
Si alguien decidió romper el molde en esta casa que habito, fue sin duda, nuestro hijo menor, Padawan Solo. El chico decidió nacer cuando se le dio la gana, que fue poco después de lo que había predicho el doctor. No tenía prisa en salir, ni ganas de dañar, así que su parto lo sentí suavecito, sin mayor drama. Desde entonces, Padawan Solo ha seguido su vida en esa tónica: hace las cosas a su ritmo y fluye con las circunstancias de una manera tan natural que da envidia.
Su padre y yo somo más bien secos: no se nos dan los azúcares de los apapachos, ni los abrazos a destajo. En ese mismo tenor va también el carácter del primogénito. Nos queremos a muerte, pero no destilamos miel de agave. Sin embargo, Padawan Solo, es espontáneo y abundante en abrazos, besos y apapachos. Sin motivo pide y da caricias. Ni parece hijo nuestro; hasta que de pronto saca a flote la terquedad heredada de su padre y el genio de los mil demonios de su madre. Discutir con él, es saber que estamos discutiendo con una versión infantil de nosotros mismos, pero corregida y aumentada y pedirle a Dios que nos agarre confesados.
Padawan Solo es listo. Tiene chispa para captar detalles que al resto nos pasan desapercibidos y recuerda pequeños momentos que quizá sean intrascendentes para el resto del mundo, pero que de pronto nos comparte haciendo que lo creíamos recordar cobre otro sentido. Sin embargo, es experto en distraerse en momentos donde su habilidad para cazar detalles debería estar presente, pero no. Si él no lo considera trascendente, le importa un reverendo cacahuate lo que opine el resto del mundo.
Nuestro benjamín es hábil para dibujar, bueno para hablar y apasionado para leer. Su creatividad le lleva a crear mundos de ficción detalladamente descritos y coherentemente construidos. Creo que en algún momento comenzará a escribir y yo, ilusamente, pensaré que algo tuve que ver. Sin embargo, bien sabré que no fui yo, sino que el chico decidió entrar a las letras en el momento que se dio cuenta que éstas bien podrían cargarlo, hacerle la vida ligera o ayudarle a sortear tempestades. Así ha pasado cuando ha tenido que convalecer debido a su natural curiosidad, que le ha hecho ser diestro en el manejo de muletas o aprender a vestirse cabestrillo en brazo, justo como lo hizo hoy por la mañana. Uno podría pobretearlo y tirarlo a la tragedia, pero jamás he visto a un enfermo (o herido) con tan buena actitud como él, aprendiendo a reírse de sí mismo y bromear con doctores, enfermeras o radiólogos. Él ha entendido que para conocer la vida, a veces hay que darse de golpes, pero también a morirse de risa sin restricciones ante lo inevitable.
Padawan Solo nació sabiendo que su mamá escribe en el periódico y por eso cada que puede da pequeñas probadas previas a la columna mientras tecleo. Sabe que su identidad en estas páginas tiene mucho que ver con el carácter aventurero y descarado de Han Solo, pero a nivel de aprendiz. Creo que esto le divierte. Me hace comentarios, le dan risa mis puntadas y pregunta cualquier cosa que no entiende. Siempre pregunta. Una vez, sin restricción, se le ocurrió afirmar sin pena, que él dudaba de la existencia de un ser supremo. No tenía lógica. Lo preguntó en plena clase de religión. Su maestra, lejos de correrlo de clase, entendió que aquello iba a requerir poquito más que un dogma de fe. Así es con él: nunca queda satisfecho a la primera si no se le muestra claramente el nexo causal entre su duda y lo que los adultos decimos que es la respuesta. Admiro su capacidad para evitar la autocensura y la tenacidad que tiene para no soltar lo que considera importante.
Hoy ese ser complejo, sensible, amoroso, inteligente y curioso al que por casualidad la genética nos dio como hijo, cumple 12 años. No me canso de decirle que me cae re bien el tipo de chavo en el que se está convirtiendo y él se ríe de mí, así como diciéndome que no podría ser de otra manera; porque el chico ha sabido desde siempre lo que a muchos les lleva una vida por entender: uno siempre puede decidir quien es y quién será.
Por eso quise escribirle esto, para que un día, en este espacio de letras que ambos amamos, se reencuentre con el niño que es hoy, se ría y platique consigo mismo con la ligereza que tiene ahora y que espero conserve siempre. Te veré siempre en las páginas de un libro. Larga vida, a ti, pequeño, enorme hijo.



